Por qué los olores de la infancia despiertan recuerdos tan vívidos y emotivos

Un grupo de investigadores del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS) descubrió cómo los olores experimentados durante la infancia dejan marcas permanentes en el cerebro y por qué son capaces de despertar recuerdos y emociones incluso varias décadas después.
El estudio, publicado en PLOS Biology, relacionó este fenómeno con neuronas que se forman en las primeras etapas de la vida y con la reexposición posterior a esos mismos aromas.
El olor del pan recién horneado, la fragancia de un jardín durante el verano o el aroma del mar en las vacaciones escolares son ejemplos de estímulos capaces de transportar a muchas personas a momentos de su niñez. Este fenómeno, conocido como la magdalena de Proust, en referencia a la célebre escena de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido, ha sido objeto de investigación en el campo de la neurociencia durante muchos años.
Investigaciones anteriores ya habían demostrado que los recuerdos activados por los olores suelen remontarse con mayor frecuencia a los primeros años de vida, en comparación con aquellos desencadenados por estímulos visuales o auditivos. Además, estas memorias suelen estar acompañadas de una carga emocional especialmente intensa.
Qué descubrió el estudio sobre la memoria olfativa
Los científicos del CNRS lograron identificar los mecanismos cerebrales que explican este fenómeno. Según sus hallazgos, las experiencias olfativas vividas durante la infancia dejan una huella persistente en el cerebro, capaz de reactivar tanto el contexto como las emociones asociadas al recuerdo original a lo largo de toda la vida.
Nathalie Mandairon, investigadora del Centro de Neurociencias de Lyon y coautora principal del estudio, explicó a Scientific American que los olores constituyen una de las señales más eficaces para acceder a los recuerdos autobiográficos. Asimismo, el trabajo señala que este efecto no suele originarse por una única experiencia, sino por la repetida asociación de un mismo aroma con momentos agradables durante la infancia.
El papel de las células granulares
El hallazgo se centra en las células granulares, un tipo de neurona ubicada en el bulbo olfativo, la primera región cerebral encargada de procesar la información proveniente del sentido del olfato. Lo que hace especiales a estas células es que la mayoría se genera durante el período neonatal, alcanzando su máxima producción en el primer día de vida.
De acuerdo con el estudio, estas neuronas maduran mientras el individuo experimenta sus primeras vivencias olfativas, lo que las convierte en candidatas ideales para almacenar los recuerdos asociados a esos olores tempranos. Para comprobar esta hipótesis, los investigadores emplearon dos estrategias complementarias.
En primer lugar, realizaron una encuesta en línea con 647 participantes. Los resultados mostraron que la mayoría de los recuerdos olfativos infantiles estaban vinculados con aromas agradables y con experiencias repetidas en más de cinco ocasiones, en lugar de acontecimientos aislados.
Con base en esa información, desarrollaron un modelo experimental en ratones. Durante una etapa equivalente a la primera infancia humana, los animales fueron expuestos a olores atractivos en un entorno enriquecido y asociado al juego.
Al llegar a la edad adulta, los ratones manifestaron una clara preferencia por esos aromas conocidos desde su infancia. Sin embargo, cuando los investigadores inhibieron mediante optogenética —una técnica que permite activar o desactivar neuronas específicas utilizando luz— las células granulares formadas el primer día de vida, esa preferencia desapareció.
Los autores concluyeron que la inhibición de estas neuronas impide recuperar la memoria olfativa infantil, lo que confirma su papel fundamental tanto en la formación como en la evocación de estos recuerdos.
Cómo evoluciona esta red cerebral con el paso del tiempo
El estudio también analizó cómo cambian estos recuerdos conforme avanza la edad. En ratones adultos jóvenes, la reaparición del olor de la infancia activaba principalmente las células granulares originadas en el período neonatal y fortalecía la conexión entre las áreas cerebrales responsables de la memoria y las relacionadas con el sistema de recompensa.
Con el envejecimiento, esa organización cerebral experimenta una transformación. Las células granulares dejan de ser el principal soporte del recuerdo y la conectividad funcional se desplaza hacia el sistema límbico, el conjunto de estructuras cerebrales encargado del procesamiento de las emociones.
Según el comunicado del CNRS, esta reorganización provoca que el recuerdo quede progresivamente integrado en los circuitos emocionales, lo que ayuda a explicar tanto su permanencia como la intensidad afectiva con la que suele experimentarse.
De acuerdo con los investigadores, este proceso ofrece una explicación neurobiológica de por qué los recuerdos infantiles asociados a determinados olores pierden parte de sus detalles con el tiempo, pero adquieren una mayor carga de nostalgia y emoción.
La importancia de volver a percibir esos olores
El estudio identificó además un requisito para que estas memorias se mantengan durante toda la vida: la necesidad de reencontrarse periódicamente con el mismo olor. La encuesta realizada en humanos reveló que el 82 % de los participantes había vuelto a percibir el aroma relacionado con su infancia en diferentes momentos de su vida.
Los experimentos con ratones respaldaron esta observación. Aquellos que no volvieron a estar expuestos regularmente al olor durante la adultez fueron perdiendo gradualmente la preferencia por ese aroma. En cambio, los animales que sí tuvieron reencuentros periódicos conservaron viva esa memoria.
No obstante, la base neuronal del recuerdo cambió con el paso del tiempo. En lugar de depender de las células granulares neonatales, la memoria pasó a sustentarse en una red cerebral más amplia, centrada en la interacción entre el sistema olfativo y el sistema límbico.
Finalmente, los investigadores señalaron que estos hallazgos plantean nuevas preguntas. Entre ellas, si las experiencias olfativas tempranas también pueden asociarse a recuerdos negativos y cuáles son los mecanismos precisos mediante los cuales estas memorias se transfieren, con el paso de los años, desde las neuronas del bulbo olfativo hacia circuitos cerebrales de mayor complejidad.
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