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Hábitos cotidianos que pueden elevar silenciosamente el riesgo de cáncer

ENFERMEDADES
Agencias / El Tiempo
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El cáncer afecta cada año a millones de personas en Estados Unidos. De acuerdo con el National Cancer Institute, alrededor de 2 millones de nuevos casos son diagnosticados anualmente en ese país y aproximadamente 39% de la población desarrollará algún tipo de cáncer a lo largo de su vida.

Aunque existen factores de riesgo que no pueden modificarse, como la edad o ciertos antecedentes familiares, también hay comportamientos cotidianos que pueden influir en las probabilidades de desarrollar determinados tipos de cáncer.

Algunos de estos hábitos forman parte de la rutina diaria y, precisamente por ser tan comunes, pueden pasar desapercibidos.

El oncólogo Wishwdeep Dhillon explica que determinados riesgos relacionados con el cáncer pueden encontrarse en actividades que las personas realizan de manera automática. Desde su perspectiva, la prevención no depende de una sola decisión, sino de la acumulación de elecciones que se mantienen durante muchos años.

Entre los factores que han despertado mayor interés se encuentran el consumo de alcohol, el sedentarismo, la ingesta frecuente de carnes procesadas y dormir menos de lo necesario.

Tener alguno de estos hábitos no significa que una persona necesariamente vaya a desarrollar cáncer, pero conocer su posible relación con la enfermedad puede ayudar a tomar decisiones más saludables.

1. Consumir alcohol regularmente

El consumo de bebidas alcohólicas es uno de los factores relacionados con el cáncer que todavía genera dudas entre muchas personas.

La relación se debe principalmente al etanol, componente presente en las bebidas alcohólicas. La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer lo clasifica como carcinógeno del Grupo 1, lo que significa que existe evidencia suficiente de que puede causar cáncer en seres humanos.

Esta categoría también incluye al tabaco, aunque compartir la misma clasificación no significa que ambos productos tengan exactamente el mismo nivel de riesgo.

Cuando el organismo procesa el alcohol, genera acetaldehído, una sustancia tóxica que puede dañar el ADN y afectar diferentes procesos celulares relacionados con la reparación de tejidos y el aprovechamiento de determinados nutrientes.

El National Cancer Institute ha relacionado el consumo de alcohol con cánceres de boca, garganta, laringe, esófago, hígado, mama y colon.

Incluso un consumo que podría parecer moderado puede influir en el riesgo. En mujeres, por ejemplo, beber aproximadamente una bebida alcohólica al día se ha asociado con un incremento en la probabilidad de desarrollar cáncer de mama.

Tampoco parece existir una excepción basada en el tipo de bebida. Vino, cerveza y otras bebidas contienen etanol, por lo que el riesgo está relacionado principalmente con el alcohol y no con que se trate de una bebida específica.

La American Cancer Society señala que no existe una cantidad de alcohol que pueda considerarse completamente libre de riesgo frente al cáncer. Para las personas que deciden beber, recomienda limitar el consumo a una bebida al día para las mujeres y hasta dos para los hombres.

2. Permanecer sentado durante demasiado tiempo

Pasar gran parte del día sentado también puede convertirse en un factor que merece atención.

Los datos de los Centers for Disease Control and Prevention muestran que aproximadamente una cuarta parte de los estadounidenses no realiza suficiente actividad física.

El sedentarismo no solamente está relacionado con la condición física o el peso. Diferentes investigaciones han encontrado asociaciones entre permanecer inactivo durante periodos prolongados y un mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer, incluidos los de colon, mama, endometrio y esófago.

En contraste, realizar actividad física de manera regular puede ayudar a mantener un peso saludable, favorecer la regulación hormonal, disminuir procesos inflamatorios y contribuir al funcionamiento adecuado del sistema inmunitario.

Incrementar el movimiento diario tampoco requiere necesariamente comenzar con entrenamientos extenuantes.

Una opción es aumentar gradualmente la actividad hasta acercarse a las recomendaciones del National Cancer Institute, que contemplan 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico de intensidad moderada y al menos dos sesiones de entrenamiento de fuerza por semana.

Caminar a un ritmo rápido, andar en bicicleta o realizar otras actividades aeróbicas pueden formar parte de esta meta. Para el entrenamiento de fuerza pueden utilizarse pesas, bandas de resistencia o ejercicios realizados en casa.

Más que concentrarse exclusivamente en acudir a un gimnasio, el objetivo consiste en disminuir los periodos prolongados de inactividad e incorporar movimiento de manera constante durante el día.

3. Comer carnes procesadas con frecuencia

La alimentación también puede influir en el riesgo de determinados tipos de cáncer.

Entre las carnes procesadas se encuentran productos como tocino, salchichas, jamón, embutidos y diferentes carnes frías.

Estos productos están clasificados por la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer como carcinógenos del Grupo 1, debido principalmente a la evidencia existente sobre su relación con el cáncer colorrectal.

Durante su fabricación pueden utilizarse procesos como el curado, ahumado y salado, además de determinados conservadores. Estos procedimientos pueden favorecer la formación de compuestos capaces de producir daños en el ADN.

Sin embargo, es importante interpretar correctamente la clasificación. Que las carnes procesadas pertenezcan al mismo grupo que el tabaco no significa que comerlas ocasionalmente tenga un riesgo equivalente al de fumar. La clasificación indica la solidez de la evidencia científica sobre su capacidad carcinógena, no que todos los productos de esa categoría tengan la misma magnitud de riesgo.

El problema adquiere mayor relevancia cuando las carnes procesadas forman una parte importante y habitual de la alimentación.

Los especialistas recomiendan prestar atención al patrón alimentario completo y procurar que estos productos no desplacen alimentos como frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y otras fuentes de fibra.

Una alternativa sencilla es elegir con mayor frecuencia proteínas frescas o mínimamente procesadas y reservar los embutidos y carnes frías para ocasiones menos habituales.

4. Dormir menos de lo necesario

El sueño es otra parte de la salud que con frecuencia queda relegada cuando aumentan las obligaciones personales o laborales.

Dormir poco de manera ocasional no significa necesariamente que exista un problema grave. Sin embargo, mantener una falta de sueño durante largos periodos puede afectar diferentes procesos del organismo.

La falta crónica de descanso puede alterar el ritmo circadiano, el sistema biológico que ayuda a regular funciones como el sueño, las hormonas y diferentes procesos de reparación celular.

La relación entre las alteraciones del sueño y el cáncer todavía continúa siendo estudiada. Aunque la evidencia no permite establecer una explicación definitiva para todos los mecanismos involucrados, algunas investigaciones han encontrado una posible asociación entre las alteraciones prolongadas del ciclo circadiano y determinados tipos de cáncer.

El problema puede ser más relevante en personas que trabajan por turnos, mantienen horarios de sueño muy irregulares o acostumbran acostarse sistemáticamente a horas muy diferentes.

Procurar mantener horarios de descanso relativamente constantes y dormir aproximadamente entre siete y nueve horas por noche puede ayudar a conservar un ritmo circadiano adecuado.

Otros cambios que pueden favorecer la prevención

La prevención del cáncer no depende únicamente de evitar determinados hábitos. También existen otras medidas relacionadas con el estilo de vida que pueden contribuir a disminuir algunos factores de riesgo.

Uno de ellos es mantener un peso saludable. El exceso de grasa corporal se ha relacionado con al menos 12 tipos de cáncer, por lo que las personas que tienen dificultades para controlar su peso pueden beneficiarse de la orientación de un médico o un dietista registrado.

La calidad de la alimentación también desempeña un papel importante.

Una dieta que incluya una mayor cantidad de frutas, verduras, legumbres y cereales integrales proporciona fibra y diversos nutrientes y compuestos vegetales que forman parte de una alimentación saludable.

También es recomendable moderar el consumo de bebidas azucaradas. Refrescos, bebidas energéticas y cafés o tés con grandes cantidades de azúcar pueden aportar muchas calorías sin proporcionar un valor nutricional equivalente.

Elegir agua y bebidas sin azúcar puede ser una alternativa más saludable.

¿Los suplementos ayudan a prevenir el cáncer?

Los suplementos alimenticios tampoco deben considerarse automáticamente una estrategia para prevenir el cáncer.

Algunas personas pueden necesitarlos cuando existe una deficiencia nutricional o una indicación médica específica. Sin embargo, consumir dosis elevadas sin supervisión puede provocar efectos perjudiciales y no existe evidencia suficiente para recomendar suplementos de manera general como método de prevención del cáncer.

En ausencia de una indicación médica concreta, suele ser preferible obtener vitaminas, minerales y otros nutrientes mediante una alimentación variada y basada principalmente en alimentos poco procesados.

La prevención se construye con pequeños cambios

No existe una fórmula que pueda garantizar que una persona nunca desarrollará cáncer. La enfermedad puede aparecer por una combinación de factores genéticos, ambientales, biológicos y relacionados con el estilo de vida.

Sin embargo, reducir el consumo de alcohol, evitar el sedentarismo, limitar las carnes procesadas, dormir adecuadamente y mantener una alimentación equilibrada son cambios que pueden contribuir a disminuir determinados factores de riesgo.

La prevención, en este sentido, no consiste en alcanzar una rutina perfecta, sino en mantener hábitos saludables de manera constante durante el mayor tiempo posible.

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