La importancia de tener un propósito después de los 50: impacto en la salud

Después de los 50 años, la ausencia de nuevas metas y la sensación de que los principales objetivos de la vida ya fueron alcanzados pueden tener efectos que van más allá del estado de ánimo.
Especialistas señalan que perder el sentido de propósito también puede afectar el bienestar físico y mental, además de influir en procesos relacionados con el envejecimiento.
A medida que aumenta la expectativa de vida, surge un desafío adicional: encontrar maneras de atravesar las siguientes décadas manteniendo motivaciones, proyectos, vínculos y razones para seguir mirando hacia el futuro.
Durante buena parte de la vida, las personas suelen organizarse alrededor de objetivos concretos: estudiar, trabajar, formar una familia o alcanzar estabilidad económica. Sin embargo, una vez cumplidas algunas de esas metas, puede aparecer una pregunta difícil: ¿qué sigue ahora?
El propósito como parte de un envejecimiento saludable
Para Alicia Rozenblum, licenciada en Ciencias de la Educación, psicopedagoga y coach ontológico, contar con un propósito vital es un elemento importante para alcanzar una longevidad con mayor bienestar y calidad de vida.
La especialista sostiene que cuidar la salud no implica únicamente prestar atención a la alimentación, el ejercicio y el descanso. También resulta importante desarrollar proyectos personales, cuidar los vínculos, planificar los aspectos económicos y encontrar una razón que motive a levantarse cada mañana.
Rozenblum describe este fenómeno como una nueva etapa de la longevidad: si las personas viven más años, también necesitan planificar cómo quieren vivir esas décadas adicionales.
Milagros Abud, licenciada en Psicología y especialista en Clínica de Adultos, explica que el propósito está relacionado con el sentido que cada persona encuentra en sus decisiones y actividades. No se trata únicamente de alcanzar objetivos, sino de comprender por qué se eligen determinadas acciones y qué significado tienen para cada individuo.
En este contexto, existe una diferencia entre propósito y metas. Las metas representan los pasos concretos para alcanzar algo, mientras que el propósito funciona como el sentido que orienta esas acciones. Las metas pueden modificarse con el paso del tiempo y, en determinadas etapas, también puede transformarse el propio sentido de vida.
El papel del ikigai y las relaciones sociales
Una de las ideas vinculadas con el propósito es el concepto japonés de ikigai, asociado con encontrar aquello que proporciona significado y motivación.
Este enfoque puede relacionarse con actividades como mantener vínculos sociales, participar en proyectos comunitarios, realizar voluntariado, desarrollar pasatiempos, aprender cosas nuevas o perseguir objetivos personales.
Estas actividades no solo pueden proporcionar satisfacción, sino que también mantienen a las personas mental y socialmente activas. La interacción con otras personas, el aprendizaje y cierta actividad física pueden contribuir al bienestar general y favorecer un envejecimiento más saludable.
La “falacia de llegada”
La sensación de que alcanzar determinados objetivos proporcionará una felicidad permanente se relaciona con la llamada “falacia de llegada”, concepto popularizado por el psicólogo Tal Ben-Shahar.
La idea plantea que las personas pueden imaginar que, una vez conseguido aquello que desean, finalmente alcanzarán una satisfacción duradera. Sin embargo, después de conseguir una meta, es habitual que el cerebro se adapte al nuevo escenario y la sensación de satisfacción disminuya.
Por ello, llegar a una determinada edad con la percepción de que “ya está todo hecho” puede favorecer sentimientos de apatía, tristeza, cansancio o falta de dirección.
Especialistas en envejecimiento han señalado que la ausencia prolongada de objetivos puede repercutir tanto en la salud mental como en la física. Cuando una persona conserva proyectos significativos, mantiene activa la motivación y encuentra razones para continuar participando en diferentes actividades.
En cambio, cuando desaparecen los desafíos, pueden reducirse las oportunidades de interacción, aprendizaje y actividad. Por eso, el propósito puede funcionar como un elemento que impulsa a mantener hábitos y conductas favorables para la salud.
La jubilación como una etapa de transformación
La jubilación representa uno de los momentos en los que este cambio puede hacerse más evidente.
El trabajo no proporciona únicamente ingresos. También estructura los horarios, las rutinas, las responsabilidades y buena parte de las relaciones sociales. Cuando esa estructura desaparece repentinamente, algunas personas pueden experimentar desorientación o incluso una pérdida temporal de identidad.
La situación adquiere mayor relevancia porque la jubilación actualmente puede dar paso a dos o tres décadas de vida activa. Por ello, especialistas plantean que el retiro laboral no necesariamente debería entenderse como el final de una etapa productiva, sino como una oportunidad para rediseñar la vida.
Después de jubilarse pueden surgir alternativas como estudiar, realizar cursos, participar en voluntariados, emprender, trabajar de manera diferente, recuperar antiguos intereses o desarrollar nuevas actividades.
En ese sentido, la vocación no necesariamente tiene que definirse durante la juventud. Una persona puede descubrir nuevos intereses y modificar su rumbo a los 50, 60, 70 años o incluso después.
Cómo encontrar nuevos propósitos
De acuerdo con el enfoque de Viktor Frankl, existen diferentes caminos para encontrar sentido en la vida. Uno de ellos consiste en observar qué puede crear o aportar cada persona al mundo.
La autoobservación permite identificar intereses, capacidades y valores que quizá habían quedado relegados por las obligaciones laborales o familiares.
Otro camino está relacionado con aquello que la vida ofrece mediante las experiencias, los vínculos y la propia historia personal. Las circunstancias vividas pueden convertirse en fuentes de aprendizaje y abrir nuevas posibilidades.
El tercer elemento es la actitud frente a la incertidumbre, las limitaciones y las dificultades. Aunque no siempre es posible modificar las circunstancias, sí puede cambiar la manera en que una persona decide enfrentarlas.
Este proceso requiere salir del piloto automático y cuestionar algunas ideas preconcebidas sobre cómo debería vivirse cada etapa. También implica reconocer que los objetivos pueden cambiar y que aquello que tenía sentido hace 20 años quizá ya no represente las mismas prioridades.
Reinventarse después de los 50
La reinvención puede producirse en diferentes dimensiones: personal, familiar, afectiva, laboral, social e incluso corporal. Un cambio en una de ellas suele repercutir en las demás, porque las distintas áreas de la vida están conectadas.
Por eso, encontrar un nuevo propósito no necesariamente significa realizar una transformación radical. Puede consistir en aprender algo nuevo, recuperar una pasión, fortalecer vínculos, ayudar a otras personas, participar en la comunidad o establecer objetivos personales que antes parecían secundarios.
Lo importante es que esas actividades tengan un significado auténtico para quien las realiza.
Vivir más años no garantiza automáticamente una mejor calidad de vida. La longevidad también plantea el desafío de decidir cómo utilizar ese tiempo adicional y qué significado darle.
Desde esta perspectiva, después de los 50 años no necesariamente comienza una etapa de pérdida o disminución de oportunidades. Puede ser, por el contrario, un momento para revisar prioridades, abandonar objetivos que ya no representan a la persona y construir otros nuevos.
El propósito no tiene que ser permanente ni extraordinario. Puede cambiar con el tiempo y adoptar diferentes formas. Lo fundamental es conservar la posibilidad de seguir aprendiendo, relacionándose, aportando y encontrando motivos para mirar hacia adelante.
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