La inflamación nos mantiene con vida, pero también nos está enfermando

Tradicionalmente, las enfermedades se han clasificado en categorías independientes: las infecciosas se distinguen de las no transmisibles; los eventos agudos, como los accidentes cerebrovasculares, de las enfermedades crónicas, como el asma; los trastornos caracterizados por el crecimiento celular descontrolado, como el cáncer, de aquellos asociados con la muerte de células, como el Alzheimer; e incluso se diferencian según el órgano o sistema del cuerpo que afectan. Esta forma de organización también ha dado origen a las distintas especialidades médicas.
Sin embargo, en los últimos años ha cobrado fuerza la idea de que los sistemas del organismo están profundamente interconectados. Cada vez más investigadores consideran que muchos padecimientos comparten un mismo mecanismo biológico: la inflamación. Como lo expresó Peter Libby, cardiólogo y profesor de la Facultad de Medicina de Harvard y de Mass General Brigham: "Todos estudiamos la misma enfermedad", aludiendo al papel central que desempeña la inflamación en numerosos trastornos.
La inflamación como punto de encuentro entre múltiples enfermedades
Esta nueva perspectiva ha impulsado a investigadores de diversas áreas a explorar con mayor profundidad la relación entre la inflamación y las enfermedades que estudian. Al mismo tiempo, el creciente interés científico ha favorecido el auge de una industria del bienestar que promueve productos, dietas y recomendaciones supuestamente destinados a combatir la inflamación.
Hoy es frecuente encontrar titulares que prometen reducir la inflamación mediante determinadas frutas, hábitos saludables o cambios en el estilo de vida. También abundan publicaciones que analizan si controlar la inflamación podría disminuir el riesgo de demencia o depresión.
En redes sociales y plataformas como TikTok y Reddit, miles de usuarios intercambian consejos sobre cómo eliminar la llamada inflamación crónica mediante estrategias como el ayuno, baños de agua fría, ejercicios de respiración, suplementos o péptidos. Asimismo, recomiendan evitar alimentos ultraprocesados, plásticos, contaminación ambiental, pesticidas, picaduras de garrapatas e incluso la soledad.
Existe evidencia, pero también simplificaciones
Aunque muchas de estas recomendaciones contienen elementos respaldados por la evidencia científica, los investigadores advierten que la realidad es mucho más compleja.
Diversos estudios sugieren que factores característicos de la vida moderna —como el estrés persistente, la contaminación ambiental, la alimentación poco saludable, la inactividad física y la falta de sueño— pueden favorecer la inflamación crónica. Con el paso del tiempo, estos procesos podrían incrementar el riesgo de desarrollar enfermedades relacionadas con el envejecimiento, entre ellas el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y diversos trastornos neurodegenerativos.
Un estudio comparó poblaciones con estilos de vida muy diferentes
Una investigación publicada el año pasado en Nature Aging analizó marcadores inflamatorios en poblaciones con estilos de vida muy distintos. Los investigadores compararon comunidades indígenas de regiones poco industrializadas de Bolivia y Malasia con habitantes de Italia y Singapur.
Los resultados mostraron que las personas de los países desarrollados presentaban el patrón esperado: los marcadores inflamatorios aumentaban con la edad y se asociaban con enfermedades crónicas.
En cambio, aunque las poblaciones indígenas también mostraban niveles elevados de esos mismos marcadores, estos permanecían relativamente estables durante toda la vida y no se relacionaban con un mayor desarrollo de enfermedades.
Estos hallazgos sugieren que factores modificables —como la alimentación, la actividad física, la calidad del sueño, el estrés y la exposición a contaminantes— podrían influir de forma más importante sobre la inflamación crónica de lo que anteriormente se pensaba.
Detectar la inflamación crónica no es sencillo
A pesar del creciente interés por este fenómeno, determinar si una persona presenta inflamación crónica sigue siendo una tarea complicada.
Los especialistas señalan que esta condición no puede identificarse simplemente observando la apariencia física o determinados movimientos corporales, como en ocasiones se ha afirmado públicamente. Tampoco existe una prueba única o un consenso sobre cómo medir de manera precisa el nivel de inflamación de una persona ni cómo interpretar sus cambios con el tiempo.
Esta incertidumbre puede generar preocupación y llevar a considerar la inflamación como un enemigo que debe eliminarse a toda costa.
Alan A. Cohen, profesor de Ciencias de la Salud Ambiental e investigador sobre envejecimiento de la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia, advierte que esta visión puede resultar equivocada.
La inflamación no siempre es perjudicial
Según Cohen, la inflamación no constituye una única entidad que pueda eliminarse mediante un medicamento específico. Más bien, representa una compleja red de mecanismos reguladores que indican que algo está alterando el equilibrio del organismo.
En sus palabras, "la inflamación es básicamente un conjunto de sistemas que dice que algo está funcionando mal".
Por ello, intentar suprimirla sin comprender la causa que la desencadena podría ocasionar más perjuicios que beneficios.
La inflamación aguda y la inflamación crónica son diferentes
En condiciones normales, cuando el sistema inmunitario elimina un microorganismo o repara una lesión, unas células llamadas macrófagos envían señales para finalizar la respuesta inflamatoria y permitir que el organismo vuelva a su estado habitual.
Las manifestaciones de esta inflamación aguda —como el dolor, la hinchazón o el enrojecimiento— suelen controlarse con medidas sencillas, como aplicar hielo o utilizar medicamentos antiinflamatorios, cuyos efectos son visibles en poco tiempo.
Sin embargo, cuando alguno de los mecanismos que regulan este proceso deja de funcionar adecuadamente, una parte de la respuesta inflamatoria permanece activa incluso después de haber desaparecido la amenaza inicial.
Ese estado persistente es lo que se conoce como inflamación crónica de bajo grado, y comprender por qué se mantiene activa constituye uno de los principales retos actuales para la investigación biomédica.
Un proceso biológico extremadamente complejo
La inflamación crónica involucra la participación de cientos de proteínas que interactúan entre sí en diferentes combinaciones, lo que dificulta enormemente su detección y seguimiento.
Además, la mayoría de las personas no dispone de herramientas que permitan monitorizar estos marcadores a lo largo del tiempo para determinar cuál sería un nivel saludable o preocupante en su caso particular.
La relación entre inflamación y envejecimiento
Aunque investigaciones previas ya habían mostrado que la inflamación participa en el desarrollo del cáncer, todavía quedaba por explicar por qué las células tumorales logran escapar del sistema inmunitario.
Al mismo tiempo, los científicos observaron que el riesgo de padecer cáncer, enfermedades cardiovasculares, trastornos metabólicos y enfermedades neurodegenerativas aumenta de manera importante con la edad.
En el año 2000, Claudio Franceschi y sus colaboradores, del Centro Nacional de Investigación sobre el Envejecimiento de Italia, propusieron el concepto de "inflamación asociada al envejecimiento" (inflammaging).
Su hipótesis plantea que, a lo largo de la vida, los macrófagos están expuestos continuamente a múltiples fuentes de estrés, como bacterias, virus, sustancias químicas, radiación, calor e incluso procesos cotidianos indispensables para vivir, como la alimentación y la actividad física.
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