Alergia y migraña: qué tienen en común y por qué la ciencia estudia su vínculo

La migraña es una enfermedad neurológica crónica que se caracteriza por la aparición de episodios de dolor de cabeza de intensidad moderada a fuerte. Generalmente, el dolor tiene una sensación pulsátil, suele localizarse en un solo lado de la cabeza y puede estar acompañado de náuseas, vómitos y una mayor sensibilidad frente a la luz y los sonidos.
En algunos casos, antes o durante el episodio, las personas presentan aura, un conjunto de alteraciones visuales o sensoriales que pueden incluir destellos luminosos, zonas sin visión, hormigueos o dificultades para expresarse.
Los ataques pueden extenderse desde algunas horas hasta varios días y afectar de manera importante la calidad de vida, ya que interfieren con las actividades cotidianas, el desempeño laboral y las relaciones personales. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), también pueden aparecer síntomas antes del dolor, como cambios en el estado de ánimo, antojos de determinados alimentos, cansancio o rigidez en el cuello. Después del episodio pueden presentarse confusión y problemas para concentrarse.
Aunque todavía no se conoce con exactitud la causa de la migraña, los especialistas consideran que surge por una combinación de factores genéticos y ambientales. Durante una crisis ocurre una alteración en la actividad de las señales nerviosas, sustancias químicas y vasos sanguíneos del cerebro.
Entre los factores que pueden desencadenar los episodios se encuentran los cambios hormonales, el estrés, las alteraciones del sueño, ciertos alimentos y las variaciones climáticas. Puede afectar a personas de cualquier edad, aunque es más frecuente en mujeres y suele comenzar entre la adolescencia y la etapa adulta media.
¿Existe una relación entre la migraña y las alergias?
Durante años, investigadores y especialistas han estudiado una posible conexión entre la migraña y los trastornos alérgicos. Muchas personas que sufren dolores de cabeza recurrentes también presentan problemas como alergias respiratorias, reacciones cutáneas o sensibilidad a ciertos alimentos, lo que ha generado interés sobre una posible relación entre ambas condiciones.
Según una revisión publicada en el Journal of Clinical Medicine, esta asociación es compleja y todavía no se ha establecido una explicación definitiva. Sin embargo, diversos estudios poblacionales han encontrado que las personas con migraña presentan una mayor frecuencia de enfermedades alérgicas, como rinitis alérgica, asma y dermatitis atópica, en comparación con quienes no padecen este trastorno neurológico.
La evidencia científica sugiere que un posible punto de conexión podría estar relacionado con la inflamación y alteraciones del sistema inmunitario. En particular, el sistema histaminérgico —encargado de regular la liberación y acción de la histamina— podría participar en los mecanismos que intervienen tanto en las alergias como en la aparición del dolor de cabeza.
Algunas investigaciones han encontrado niveles elevados de histamina en la sangre de personas con migraña, especialmente durante los ataques. Esta sustancia podría influir en determinadas áreas cerebrales relacionadas con la percepción del dolor y la sensibilidad de las neuronas.
Por otro lado, el National Institute of Neurological Disorders and Stroke señala que los episodios de migraña pueden estar relacionados con la liberación de sustancias inflamatorias alrededor de los nervios y vasos sanguíneos de la cabeza, un proceso similar al que ocurre durante algunas respuestas alérgicas.
Además, la OMS indica que ciertos factores ambientales, como los cambios de estación, la exposición a alérgenos y las alteraciones del sueño, pueden actuar como desencadenantes tanto de crisis de migraña como de manifestaciones alérgicas.
Cómo prevenir los episodios de migraña
La prevención de la migraña se basa principalmente en identificar los factores que desencadenan los ataques y adoptar estrategias individuales para disminuir su frecuencia e intensidad.
De acuerdo con el National Institute of Neurological Disorders and Stroke, una de las primeras recomendaciones es llevar un registro de los episodios, anotando posibles desencadenantes como determinados alimentos, cambios hormonales, estrés, problemas de sueño o exposición a luces intensas. Esta información permite detectar patrones y evitar situaciones que favorecen la aparición de las crisis.
La Organización Mundial de la Salud también destaca la importancia de mantener hábitos regulares relacionados con el descanso, la alimentación y la actividad física. Dormir adecuadamente, mantener horarios constantes para comer y realizar ejercicio moderado pueden ayudar a reducir la frecuencia de los episodios.
Asimismo, la OMS recomienda limitar el consumo de alcohol y evitar el uso excesivo de medicamentos para el dolor de cabeza, ya que el abuso de analgésicos puede favorecer la transformación de la migraña en un problema crónico.
Por su parte, BMJ Best Practice señala que las técnicas para controlar el estrés, como ejercicios de relajación, meditación o terapia cognitivo-conductual, pueden ser útiles para muchas personas con migraña.
En algunos casos, cuando los ataques son frecuentes o incapacitantes, los médicos pueden indicar tratamientos preventivos. Entre las alternativas disponibles se encuentran los betabloqueantes, anticonvulsivos, medicamentos dirigidos contra el péptido relacionado con el gen de la calcitonina (CGRP) y la toxina botulínica, siempre bajo supervisión de un profesional de la salud.
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