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Qué ocurre cuando el hogar deja de ser un refugio para la salud mental infantil

ENFERMEDADES
Agencias / El Tiempo
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Crecer junto a un adulto con un consumo problemático de sustancias puede hacer que un niño aprenda demasiado pronto a estar pendiente de señales que otros pasarían por alto.

La llegada de un padre o una madre a casa, el sonido de unas llaves, la manera de caminar, el tono de voz o incluso una mirada pueden convertirse en indicadores que el menor utiliza para intentar anticipar qué ocurrirá esa noche.

Sin conocer términos como hipervigilancia o ansiedad anticipatoria, muchos niños desarrollan estrategias para sentirse un poco más seguros dentro de un ambiente impredecible.

Niños que aprenden a anticipar el peligro

En familias donde existe consumo problemático de alcohol, cocaína, cannabis, medicamentos u otras sustancias, la dinámica familiar puede comenzar a organizarse alrededor de los cambios que experimenta el adulto.

Los niños pueden aprender a identificar pequeños detalles: cómo se abre una puerta, cómo se escuchan los pasos, el volumen de la voz o cuánto tarda alguien en llegar.

Estas señales adquieren un significado especial porque permiten intentar anticipar el estado emocional del adulto y decidir cómo actuar.

Algunos aprenden cuándo es mejor hablar, cuándo permanecer en silencio, esconderse, distraer a un hermano o tratar de no llamar la atención.

Con el tiempo, esta necesidad constante de anticiparse puede convertirse en un estado persistente de alerta y tensión.

Cuando la tranquilidad nunca parece completamente segura

El organismo puede acostumbrarse a permanecer preparado para una posible situación de emergencia.

Incluso cuando no ocurre nada, el niño puede tener dificultades para relajarse porque ha aprendido que los momentos tranquilos pueden cambiar repentinamente.

Esta hipervigilancia no significa que el menor esté exagerando. Puede representar una adaptación a un entorno que percibe como impredecible.

El problema aparece cuando esa estrategia deja de ser necesaria, pero permanece durante mucho tiempo y afecta la forma en que la persona experimenta la seguridad, las relaciones y sus propias emociones.

El consumo problemático puede afectar a cualquier familia

Las adicciones y los consumos problemáticos no están limitados a un determinado nivel socioeconómico.

En hogares con menos recursos, las dificultades pueden agravarse cuando existen pocas redes de apoyo, dificultades para acceder a tratamiento o ausencia de espacios seguros.

En familias con mayores recursos, en cambio, el problema puede permanecer oculto durante más tiempo. El trabajo, la escuela y las actividades cotidianas pueden continuar con aparente normalidad mientras dentro de casa existe una situación que los niños viven en silencio.

Por eso, tener estabilidad económica no significa necesariamente que exista seguridad emocional.

Un padre o una madre puede estar físicamente presente y, al mismo tiempo, encontrarse emocionalmente ausente o poco disponible para responder a las necesidades de sus hijos.

El silencio también puede convertirse en una carga

Uno de los elementos que puede complicar estas experiencias es el secreto familiar.

Cuando los adultos niegan, minimizan o esconden un problema de consumo, los niños pueden percibir que existe algo que no debe mencionarse, aunque nadie se los haya dicho explícitamente.

A medida que crecen, pueden guardar silencio por diferentes razones: vergüenza, miedo, lealtad, amor o temor a las consecuencias de revelar lo que ocurre.

Algunos evitan llevar amigos a casa, inventan explicaciones para determinadas situaciones o intentan ocultar las consecuencias del consumo.

De esta manera, pueden terminar asumiendo responsabilidades que no corresponden a su edad.

Amor y miedo pueden coexistir

Una de las características más complejas de estas situaciones es que los sentimientos no son sencillos ni contradictorios.

Un niño puede amar a su padre y tener miedo de que llegue a casa. Puede estar enojado con su madre y, al mismo tiempo, intentar protegerla. Puede querer alejarse de una situación dolorosa y sentirse culpable por hacerlo.

Hablar sobre lo que ocurre también puede percibirse como una traición hacia el adulto al que el niño quiere proteger.

Además, puede existir temor a que contar la verdad provoque consecuencias todavía más graves, como la separación de la familia o el deterioro de la situación en casa.

Poner en palabras lo ocurrido puede ayudar

Cuando estas experiencias llegan a la terapia, una parte importante del trabajo consiste en dar significado a aquello que durante años permaneció confuso o silenciado.

Reconocer que determinadas conductas familiares estuvieron relacionadas con una adicción, una enfermedad, una pérdida o la falta de disponibilidad emocional puede ayudar a que el adulto comprenda que muchas de las experiencias que vivió durante la infancia no fueron responsabilidad suya.

Hablar de lo ocurrido no elimina automáticamente las consecuencias, pero puede permitir reorganizar los recuerdos, validar emociones que fueron ignoradas y comprender mejor la historia familiar.

La recuperación de los vínculos puede requerir tiempo y, en algunos casos, acompañamiento profesional. Pero romper el silencio puede ser un primer paso para que los niños dejen de cargar con responsabilidades que pertenecen a los adultos.

La infancia no debería estar organizada alrededor del miedo

Cuando un hogar se encuentra condicionado por el consumo problemático de una persona adulta, los niños pueden terminar adaptándose a una realidad que nunca deberían haber tenido que controlar.

Los hijos no son responsables de vigilar, rescatar, proteger ni tratar de controlar el consumo de sus padres.

Reconocer lo que ocurre, buscar apoyo y generar espacios seguros puede ayudar a devolverles algo fundamental: la posibilidad de vivir su infancia sin tener que permanecer constantemente en estado de alerta.

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