Pan blanco y otros refinados: su impacto en el hígado graso

El consumo frecuente de harinas refinadas puede dificultar el control del hígado graso, por lo que organismos de salud recomiendan priorizar alimentos integrales.
Las recomendaciones para personas con hígado graso incluyen limitar los carbohidratos refinados, como el pan blanco, y priorizar cereales integrales, frutas y verduras como parte de una alimentación saludable.
Harinas blancas: qué relación tienen con el hígado graso
El consumo habitual de harinas blancas y otros cereales refinados es un aspecto que debe vigilarse dentro de la alimentación de las personas con enfermedad del hígado graso. Organismos como el Instituto Nacional de la Diabetes y las Enfermedades Digestivas y Renales de Estados Unidos (NIDDK) recomiendan elegir alimentos con menor índice glucémico, incluidos los cereales integrales, y limitar opciones como el pan y el arroz blancos.
La alimentación es uno de los factores que forman parte del manejo de esta enfermedad, junto con el control del peso y la actividad física. El NIDDK señala que mantener un peso saludable y realizar cambios en la dieta puede ayudar a prevenir o tratar el hígado graso.
¿Por qué se recomienda limitar las harinas refinadas?
Los alimentos elaborados con granos refinados, como el pan blanco, tienen un índice glucémico más alto que muchas alternativas integrales. El NIDDK recomienda consumir más alimentos de bajo índice glucémico, entre ellos frutas, verduras y cereales integrales, porque tienen un menor impacto sobre la glucosa en sangre.
La recomendación no significa eliminar todos los carbohidratos de la alimentación. El objetivo es mejorar su calidad y sustituir productos refinados por opciones con mayor contenido de fibra y nutrientes.
El propio NIDDK señala que los granos no son necesariamente perjudiciales y que sustituir productos refinados por granos integrales puede ser una alternativa más saludable. Entre las opciones se encuentran el pan integral, la pasta integral, la avena y el arroz integral.
Hígado graso y alimentación
La enfermedad del hígado graso se caracteriza por la acumulación de grasa en este órgano. Puede estar relacionada con condiciones como obesidad, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2 y síndrome metabólico.
Por ello, las recomendaciones alimentarias buscan reducir factores que pueden favorecer el exceso de peso y las alteraciones metabólicas.
El NIDDK aconseja limitar también los alimentos y bebidas con grandes cantidades de azúcares simples, especialmente fructosa, además de reducir las grasas saturadas y trans y favorecer las grasas insaturadas.
Cereales integrales, una alternativa
Una de las principales recomendaciones consiste en sustituir alimentos elaborados con harinas refinadas por cereales integrales.
Entre las alternativas se encuentran el pan integral, arroz integral, avena y pasta integral, alimentos que aportan más fibra que sus versiones refinadas.
La elección de estos productos debe formar parte de una alimentación equilibrada y considerar las necesidades individuales de cada persona.
Pérdida de peso también forma parte del tratamiento
En personas con sobrepeso u obesidad y diagnóstico de hígado graso, la reducción gradual del peso puede disminuir la cantidad de grasa acumulada en el hígado y mejorar la inflamación y la fibrosis. El NIDDK señala que una pérdida de 3% a 5% del peso corporal puede reducir la grasa hepática, mientras que en algunos casos se requiere perder entre 7% y 10% para mejorar la inflamación y la fibrosis.
La actividad física también puede aportar beneficios, incluso cuando no existe una pérdida de peso importante, según esta institución.
La alimentación debe adaptarse a cada persona
Aunque reducir las harinas refinadas puede formar parte de una alimentación recomendada para el hígado graso, no existe un único alimento responsable de la enfermedad.
El manejo depende de factores como el peso, alimentación, actividad física, resistencia a la insulina y otras condiciones metabólicas. Por ello, las modificaciones de dieta deben realizarse de acuerdo con las necesidades de cada persona y, cuando existe un diagnóstico, con orientación de un profesional de la salud.
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