No se “quema” ni desaparece: dónde va la grasa cuando el cuerpo adelgaza

Cuando una persona pierde grasa corporal como consecuencia de un déficit energético, esa grasa no desaparece mágicamente ni se transforma directamente en músculo. Sus componentes son procesados por el organismo y terminan convirtiéndose principalmente en dióxido de carbono y agua.
Una parte importante de esos productos metabólicos abandona el cuerpo a través de la respiración. De hecho, investigadores de la Universidad de Birmingham explican que aproximadamente el 84% de la masa de grasa oxidada puede terminar como dióxido de carbono, mientras que el resto se convierte principalmente en agua.
¿Cómo almacena grasa el organismo?
Las grasas que consumimos son procesadas durante la digestión y sus componentes pueden utilizarse para obtener energía o almacenarse. Cuando existe un exceso energético, una parte de los ácidos grasos se incorpora a moléculas llamadas triglicéridos, que se almacenan dentro de los adipocitos, las células especializadas en acumular grasa.
El organismo posee distintos depósitos de tejido adiposo. La grasa subcutánea se encuentra debajo de la piel, mientras que la grasa visceral está localizada alrededor de algunos órganos internos.
Estos depósitos funcionan como una reserva energética. Cuando el organismo necesita utilizar más energía de la que está recibiendo mediante los alimentos, comienza a movilizar parte de esas reservas.
Del tejido adiposo al dióxido de carbono
Uno de los procesos fundamentales involucrados es la lipólisis, mediante la cual los triglicéridos almacenados en los adipocitos se descomponen y liberan ácidos grasos.
Posteriormente, estos ácidos grasos pueden ingresar en las mitocondrias de las células, donde son degradados mediante un proceso conocido como beta-oxidación. Esta vía genera moléculas que pueden incorporarse al metabolismo energético y contribuir a la producción de ATP, la principal moneda energética de las células.
Durante este proceso metabólico se producen también moléculas de dióxido de carbono y agua.
El dióxido de carbono pasa a la sangre, llega hasta los pulmones y finalmente abandona el organismo con cada exhalación. El agua, por su parte, puede eliminarse mediante la orina, el sudor, la respiración y otros procesos fisiológicos.
Por eso, decir que la grasa "se convierte en aire" es una manera coloquial de describir un fenómeno real, aunque metabólicamente lo correcto es señalar que los átomos que componían la grasa terminan formando principalmente dióxido de carbono y agua.
¿El 84% de la grasa sale literalmente por los pulmones?
Los investigadores han estimado que alrededor del 84% de la masa de la grasa oxidada termina como dióxido de carbono, mientras que aproximadamente el 16% acaba como agua.
Estas cifras deben interpretarse como una estimación del destino de los átomos de la grasa, no como una medición universal que indique exactamente qué porcentaje de grasa pierde cada persona por la respiración.
Además, la cantidad de grasa que se oxida y el destino final de sus componentes dependen del metabolismo, la alimentación, la actividad física y el balance energético de cada individuo.
¿Cómo se favorece la pérdida de grasa?
La pérdida de grasa corporal ocurre cuando, durante un periodo sostenido, el organismo utiliza más energía de la que obtiene de los alimentos. Para lograrlo de manera saludable, la alimentación y la actividad física cumplen papeles complementarios.
Una alimentación con una cantidad de energía adecuada y basada en alimentos nutritivos puede facilitar la creación de un déficit energético. No se trata simplemente de comer lo menos posible, sino de establecer una reducción de energía que sea sostenible y compatible con una adecuada ingesta de proteínas, fibra, vitaminas y minerales.
El ejercicio también puede contribuir al aumentar el gasto energético. Además, el entrenamiento de fuerza resulta especialmente útil durante una etapa de pérdida de peso porque ayuda a preservar la masa muscular, sobre todo cuando se combina con una alimentación adecuada.
Respirar más no significa quemar más grasa
Uno de los errores más comunes es pensar que, si la grasa abandona el cuerpo mediante el dióxido de carbono, respirar más rápido provocará una mayor pérdida de grasa.
Esto no funciona así.
El dióxido de carbono es un producto del metabolismo energético, no el mecanismo que provoca la pérdida de grasa. Hiperventilar voluntariamente puede hacer que una persona expulse más CO₂ temporalmente, pero eso no significa que esté oxidando una cantidad equivalente de grasa corporal.
Para que los componentes de la grasa almacenada terminen convirtiéndose en dióxido de carbono y agua, primero tiene que producirse la movilización y oxidación de los ácidos grasos.
En otras palabras, no se pierde grasa por respirar más; se respira y se produce CO₂ porque el organismo está realizando procesos metabólicos que utilizan nutrientes como fuente de energía.
La clave está en el balance energético
La explicación puede resumirse de forma sencilla: cuando el organismo necesita cubrir un déficit de energía, puede recurrir a sus reservas de grasa. Los triglicéridos se movilizan, sus ácidos grasos son procesados y los átomos que los componen terminan formando principalmente dióxido de carbono y agua.
Por eso, cuando el número de la báscula disminuye debido a una reducción de grasa corporal, una parte considerable de esa masa termina literalmente abandonando el organismo por los pulmones en forma de dióxido de carbono.
El fenómeno no convierte la respiración en una estrategia para adelgazar. La pérdida de grasa depende del balance energético sostenido y de múltiples factores relacionados con la alimentación, la actividad física, el sueño, la composición corporal y la salud metabólica.
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