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Los 5 pilares recomendados por Harvard para una longevidad saludable

ENFERMEDADES
Agencias / El Tiempo
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Cada día, millones de personas revisan en sus teléfonos datos como la cantidad de pasos que dieron, las calorías consumidas o las horas que durmieron. Sin embargo, existe un aspecto relacionado con la salud que muchas veces queda fuera de ese seguimiento: la calidad de las relaciones personales.

Harvard Health Publishing, la plataforma de divulgación médica de la Escuela de Medicina de Harvard, señala que los vínculos sociales pueden tener un impacto en la longevidad comparable al de otros factores ampliamente conocidos y que pocas personas suelen evaluar.

La institución identifica cinco pilares fundamentales para un envejecimiento saludable: actividad física, alimentación equilibrada, sueño adecuado, manejo del estrés y conexión social. Según los especialistas, estos factores pueden influir incluso más que la genética en la cantidad de años que una persona vive con buena salud.

Para David Barzilai, médico especialista en longevidad y profesor de Harvard, el objetivo no es simplemente vivir más tiempo, sino conservar la autonomía y el bienestar durante esos años. Como explica el especialista, la mayoría de las personas no busca sumar años de vida si estos están acompañados de fragilidad o dependencia.

Aunque la herencia genética tiene influencia sobre la esperanza de vida, los estudios científicos sobre longevidad han encontrado de manera constante que ciertos hábitos y patrones de comportamiento tienen un papel determinante.

Los cinco pilares de Harvard para una vida más larga y saludable

1. Movimiento: una señal clave para el organismo

La actividad física es uno de los pilares más importantes para la longevidad. Según Barzilai, el ejercicio funciona como una especie de señal general para el cuerpo, ya que beneficia múltiples sistemas al mismo tiempo.

Moverse con regularidad mejora la sensibilidad a la insulina, favorece la salud cerebral, ayuda a conservar la densidad ósea y fortalece la capacidad cardiorrespiratoria, un indicador asociado con el riesgo de mortalidad.

La recomendación práctica consiste en combinar ejercicios de fuerza al menos dos veces por semana con alrededor de 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada o 75 minutos de ejercicio intenso, siguiendo las recomendaciones internacionales de salud.

Sin embargo, los beneficios no dependen únicamente de entrenamientos estructurados. Harvard Health Publishing destaca que incluso interrumpir largos periodos sentado con pequeños momentos de movimiento de dos o tres minutos puede mejorar de manera medible la respuesta de la glucosa y la presión arterial.

2. Nutrición: el ambiente donde funcionan las células

La alimentación determina el entorno metabólico en el que trabajan las células diariamente. Lo que una persona come influye en los niveles de glucosa, la inflamación y la capacidad del organismo para reparar tejidos.

Barzilai recomienda evitar la búsqueda constante de dietas milagrosas y centrarse en principios respaldados por años de investigación: consumir alimentos naturales o poco procesados, incluir suficiente proteína —especialmente importante con el paso de los años— y evitar aumentos bruscos de glucosa provocados por carbohidratos refinados consumidos sin acompañamiento.

En la práctica, los especialistas sugieren que cada comida incluya una combinación de proteínas, grasas saludables y fibra.

Un estudio publicado en JAMA Network Open respaldó esta orientación al encontrar que las mujeres que seguían más estrechamente un patrón alimentario similar a la dieta mediterránea presentaban un 23% menos de riesgo de muerte por cualquier causa en comparación con aquellas que no seguían este modelo.

3. Sueño: el periodo de reparación del organismo

Dormir no representa un tiempo de inactividad, sino una etapa esencial en la que el cuerpo realiza procesos de mantenimiento. Durante el sueño, el organismo elimina residuos metabólicos del cerebro, consolida recuerdos y regula hormonas relacionadas con el apetito y el estrés.

Los expertos recomiendan que los adultos duerman entre siete y ocho horas cada noche. No obstante, Harvard señala que la regularidad del horario también es importante.

Mantener una hora estable para despertar, incluso durante los fines de semana, puede mejorar la calidad del descanso. Según Barzilai, este es uno de los hábitos más accesibles porque no requiere herramientas especiales ni grandes cambios.

4. Estrés crónico: un desgaste silencioso

El estrés ocasional tiene una función útil, ya que prepara al organismo para responder ante situaciones de peligro. El problema aparece cuando esta respuesta permanece activada durante largos periodos.

El estrés crónico mantiene al cuerpo en un estado constante de alerta que, con el tiempo, puede afectar el sistema cardiovascular, las defensas, el sueño y el metabolismo, además de acelerar algunos procesos relacionados con el envejecimiento.

Barzilai señala que muchas personas buscan soluciones únicamente en aplicaciones de relajación, pero pasan por alto estrategias más simples y respaldadas por evidencia, como hacer ejercicio, dormir adecuadamente, exponerse a la luz natural durante el día y convivir con personas de confianza.

La actividad física regular, en particular, ha demostrado ser una herramienta eficaz para reducir el estrés y mejorar el estado de ánimo.

5. Conexión social: el factor más ignorado

El último pilar, y posiblemente uno de los más olvidados, es mantener relaciones sociales saludables.

Barzilai destaca que muchas personas controlan con precisión sus hábitos alimentarios o su actividad física, pero no prestan la misma atención a sus vínculos personales, pese a que la evidencia sobre la relación entre conexiones sociales y supervivencia es muy significativa.

La recomendación no consiste en realizar cambios drásticos, sino en crear encuentros frecuentes y sostenibles. Algunas opciones pueden ser establecer una llamada semanal con alguien cercano, participar en actividades grupales o realizar caminatas donde exista interacción con otras personas.

Según datos de la Oficina del Cirujano General de Estados Unidos, el aislamiento social y la soledad están asociados con un aumento del riesgo de muerte prematura de entre 26% y 29%.

Los especialistas sugieren enfocarse en acciones pequeñas pero constantes: una caminata programada, una conversación semanal, un horario regular de sueño o cualquier hábito repetible que fortalezca la salud física y emocional.

 

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