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Frases que pueden afectar la autoestima de los niños

ENFERMEDADES
Agencias / El Tiempo

Las palabras que los adultos utilizan con los niños pueden influir en la forma en que interpretan sus emociones, sus capacidades y la relación que tienen con quienes los cuidan.

Aunque una frase aislada no determina por sí misma la salud mental de un menor, ciertos patrones de comunicación repetidos pueden favorecer inseguridad, miedo al fracaso o dificultades para expresar lo que sienten.

Por eso, los especialistas recomiendan evitar expresiones que comparen, etiqueten o condicionen el afecto, y sustituirlas por una comunicación que establezca límites sin menospreciar al niño.

Comparar con los hermanos puede generar inseguridad

Frases como “deberías aprender de tu hermano” pueden hacer que un niño perciba que sus capacidades son inferiores a las de otro integrante de la familia.

Cada menor desarrolla habilidades a su propio ritmo. En lugar de establecer comparaciones, es preferible reconocer sus avances y trabajar específicamente en aquello que necesita mejorar.

Por ejemplo, en lugar de señalar que otro niño lo hace mejor, puede hablarse directamente de la conducta: “Sé que puedes mejorar esto; vamos a practicar juntos”.

“No llores” puede dificultar la expresión emocional

Decir “no llores por eso”, “no es para tanto” o “los niños grandes no lloran” puede transmitir que determinadas emociones son incorrectas o deben esconderse.

La tristeza, el enojo y el miedo forman parte del desarrollo emocional. Validar una emoción no significa permitir cualquier conducta relacionada con ella. Un adulto puede reconocer lo que el niño siente y, al mismo tiempo, establecer límites.

Frases como “entiendo que estás enojado, pero no está bien pegar” ayudan a separar la emoción del comportamiento.

Exigir perfección puede aumentar el miedo a equivocarse

Comentarios como “podrías haberlo hecho mejor” cuando aparecen constantemente pueden hacer que el niño asocie sus resultados con su propio valor personal.

Los errores son una parte normal del aprendizaje. Reconocer el esfuerzo, la perseverancia y aquello que puede mejorarse ayuda a que el menor entienda que equivocarse no significa ser incapaz.

En lugar de exigir resultados perfectos, puede ser más útil preguntar: “¿Qué aprendiste?” o “¿Qué podrías intentar diferente la próxima vez?”

Cuidado con las etiquetas

Decirle repetidamente a un niño “eres muy tímido”, “eres flojo” o “eres malo” convierte una conducta o característica momentánea en una supuesta definición de su personalidad.

Una alternativa es describir la conducta concreta. No es lo mismo decir “eres desordenado” que “hoy dejaste tus juguetes fuera de su lugar”.

De esta manera, el niño recibe un mensaje claro sobre aquello que debe modificar sin interpretar que existe algo defectuoso en su identidad.

El chantaje emocional tampoco es una buena herramienta

Frases como “me vas a enfermar si sigues portándote así” pueden hacer que un niño se sienta responsable de emociones o problemas que corresponden a los adultos.

Los límites pueden establecerse sin recurrir a la culpa. En lugar de utilizar el miedo para conseguir obediencia, es preferible explicar las consecuencias de una conducta y mantener reglas claras y consistentes.

Las amenazas que nunca se cumplen deterioran la confianza

Amenazar repetidamente con castigos que después no se aplican puede generar confusión y hacer que las reglas pierdan credibilidad.

La disciplina funciona mejor cuando las consecuencias son claras, razonables y consistentes. También es importante evitar amenazas desproporcionadas que puedan provocar miedo innecesario.

Los niños necesitan saber qué pueden esperar de los adultos que los cuidan.

Nunca condicionar el amor

Una de las expresiones que conviene evitar es “si haces eso, ya no te voy a querer”.

Los padres y cuidadores pueden desaprobar una conducta sin convertir el afecto en una recompensa. El mensaje debe ser que la conducta puede tener consecuencias, pero el vínculo afectivo no depende de que el niño sea perfecto o siempre obedezca.

Puede decirse: “Lo que hiciste no está bien y tendrá una consecuencia, pero te sigo queriendo y vamos a solucionar esto juntos”.

¿Qué debería sustituir a estas frases?

La comunicación positiva no significa permitir todo ni evitar cualquier corrección. Se trata de poner límites sin humillar, reconocer emociones sin justificar conductas inapropiadas y corregir acciones sin atacar la identidad del niño.

Algunas estrategias útiles son:

Hablar de la conducta concreta y no etiquetar al menor.

Evitar comparaciones entre hermanos.

Reconocer sus emociones antes de corregir.

Valorar el esfuerzo y el aprendizaje, no únicamente el resultado.

Mantener reglas y consecuencias consistentes.

Evitar utilizar el miedo o la culpa como herramientas de disciplina.

Reafirmar el afecto incluso cuando sea necesario establecer límites.

La crianza no exige utilizar siempre las palabras perfectas. Todos los adultos pueden perder la paciencia ocasionalmente. Lo importante es que los patrones de comunicación predominantes proporcionen al niño seguridad, límites claros y la confianza de que puede equivocarse, aprender y seguir siendo valorado.

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