El estreñimiento crónico podría estar relacionado con el “segundo cerebro” del intestino

Tener un tránsito intestinal normal y sin molestias suele ser algo que las personas dan por hecho, hasta que aparecen alteraciones que terminan afectando la vida cotidiana.
Se estima que aproximadamente el 15% de la población mundial presenta estreñimiento crónico, una condición que forma parte de su día a día.
Sin embargo, el estreñimiento no representa una sola enfermedad, sino un conjunto de trastornos con diferentes causas, mecanismos y síntomas. Entre sus variantes se encuentra el estreñimiento de tránsito lento (ETL), una alteración relacionada con una disminución del movimiento intestinal y que podría estar asociada con problemas en los nervios del sistema nervioso entérico, encargado de regular la peristalsis, es decir, las contracciones musculares que permiten el desplazamiento de las heces por el intestino.
Un estudio reciente publicado en la revista científica Frontiers in Immunology planteó que algunos casos de ETL podrían estar relacionados con alteraciones en el eje intestino-cerebro, una red de comunicación que participa en procesos como la regulación emocional, el funcionamiento digestivo y posiblemente ciertos procesos relacionados con el deterioro cognitivo.
El papel del “segundo cerebro” intestinal
De acuerdo con los investigadores, el desequilibrio del eje intestino-cerebro puede surgir por la interacción constante entre la microbiota intestinal, la capa mucosa del aparato digestivo y el sistema nervioso entérico (SNE), conocido como el “segundo cerebro” del organismo debido a la gran cantidad de neuronas que contiene.
Los especialistas indicaron que existe evidencia que relaciona los cambios en la microbiota intestinal con el estreñimiento, aunque aclararon que la información disponible todavía es limitada. Gran parte de los datos provienen de estudios en humanos de tipo observacional y de modelos experimentales, por lo que aún no existe una demostración directa de todos los mecanismos involucrados.
Por ello, propusieron un modelo teórico que busca explicar cómo las señales provenientes de los microorganismos intestinales podrían relacionarse con cambios en el sistema inmunitario y en los mecanismos neuromusculares responsables del movimiento intestinal.
El modelo “Disparador-Puerta-Centro-Efector”
Los investigadores plantearon un esquema denominado “Disparador-Puerta-Centro-Efector”, con el objetivo de organizar los posibles procesos que participan en el desarrollo del estreñimiento funcional.
Este modelo describe cuatro etapas:
1. Disparador: alteraciones en la microbiota intestinal
El primer elemento sería la disbiosis, es decir, un cambio en la composición o actividad de las bacterias intestinales.
Estas modificaciones podrían estar relacionadas con factores como:
La alimentación. El consumo de ciertos medicamentos. Hábitos del estilo de vida.
Como consecuencia, las bacterias pueden producir diferentes cantidades de metabolitos, sustancias químicas capaces de influir en el ambiente intestinal.
Entre estos compuestos se encuentran:
Ácidos grasos de cadena corta, generados durante la fermentación de la fibra y relacionados con beneficios para la salud intestinal. Derivados de los ácidos biliares. Lipopolisacáridos asociados con procesos inflamatorios. Sustancias relacionadas con la producción de metano. Metabolitos derivados del triptófano, un aminoácido involucrado en la producción de serotonina.
Los autores señalaron que estos cambios probablemente no causan directamente el estreñimiento, pero podrían generar un ambiente que favorezca alteraciones posteriores en la barrera intestinal, la respuesta inmunitaria y la comunicación con el sistema nervioso entérico.
La “puerta”: la barrera intestinal
Dentro del modelo, la segunda fase corresponde a la barrera epitelial intestinal, que funciona como una protección entre el contenido del intestino y los tejidos internos del organismo.
Cuando esta barrera pierde estabilidad, las señales producidas por microorganismos o procesos inflamatorios podrían alcanzar zonas más profundas del intestino y modificar la actividad de diferentes células.
El “centro”: integración de señales inmunológicas y nerviosas
La tercera etapa representa el punto donde diferentes células procesan la información recibida. Entre ellas se encuentran:
Macrófagos presentes en el músculo intestinal. Mastocitos. Células gliales entéricas. Neuronas intestinales.
La interacción entre estas estructuras podría generar un estado de estrés neuroinmunológico alrededor del sistema nervioso entérico.
Según la revisión, una alteración prolongada en esta comunicación podría afectar la muscularis externa, una capa de músculo liso encargada de impulsar el contenido intestinal mediante los movimientos peristálticos.
El “efector”: el sistema nervioso entérico
La última fase del modelo se centra en el sistema nervioso entérico, donde podrían reunirse las señales provenientes de la microbiota, el sistema inmunitario, la mucosa intestinal y las células gliales.
Los investigadores plantearon que estas alteraciones podrían relacionarse con:
Pérdida de neuronas intestinales. Cambios en sustancias químicas encargadas de la comunicación nerviosa. Alteraciones en las células intersticiales de Cajal, estructuras que funcionan como “marcapasos” y generan los impulsos eléctricos necesarios para coordinar la peristalsis.
Estas modificaciones podrían ser especialmente relevantes en personas con estreñimiento de tránsito lento grave o resistente a tratamientos convencionales.
No obstante, los especialistas aclararon que todavía existen pocos estudios que demuestren directamente en humanos una cadena completa que conecte las alteraciones de la microbiota con problemas del sistema nervioso intestinal. Por ello, consideran este modelo como una hipótesis que debe seguir investigándose.
Posibles tratamientos derivados de este enfoque
Debido a que el estreñimiento funcional puede tener múltiples causas, los investigadores consideran necesario desarrollar estrategias terapéuticas combinadas.
Entre las alternativas mencionadas se encuentran:
Probióticos, que aportan microorganismos beneficiosos. Prebióticos, sustancias que favorecen el crecimiento de bacterias saludables. Modulación de la microbiota mediante terapias como los trasplantes fecales, que han mostrado resultados prometedores en algunos trastornos intestinales.
También se plantea la posibilidad de intervenir sobre la respuesta inmunitaria para disminuir procesos inflamatorios, así como proteger las neuronas intestinales y las células encargadas de regular los movimientos del intestino.
Estas estrategias podrían combinarse con tratamientos tradicionales, como los laxantes que ayudan a mejorar la hidratación de las heces o estimular la movilidad intestinal.
Los autores concluyeron que este enfoque abre la puerta a tratamientos más personalizados basados en la regulación de la microbiota, el control de respuestas inmunológicas y la conservación de la función neuromuscular intestinal.
El intestino como “segundo cerebro”
La idea de considerar al intestino como un “segundo cerebro” surge porque el sistema nervioso entérico contiene una gran cantidad de neuronas y puede controlar muchas funciones digestivas incluso sin depender directamente del cerebro central.
Además, la microbiota intestinal parece desempeñar un papel importante en la relación entre el aparato digestivo y el sistema nervioso, mediante mecanismos que podrían involucrar la permeabilidad intestinal, la inflamación y la comunicación a través del eje intestino-cerebro.
En este contexto, la revisión publicada en Frontiers in Immunology propone una explicación integradora sobre cómo podrían interactuar la microbiota, la barrera intestinal, el sistema inmunitario y el sistema nervioso entérico en trastornos como el estreñimiento de tránsito lento.
Los investigadores destacan que serán necesarios más estudios realizados en humanos para confirmar estos mecanismos y desarrollar tratamientos más específicos y efectivos.
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