Ejercicio: una herramienta clave contra las enfermedades crónicas

Enfermedades como la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión, la artritis y algunos tipos de cáncer representan importantes causas de discapacidad y mortalidad a nivel mundial. Su tratamiento suele combinar medicamentos, alimentación saludable, seguimiento médico y, cada vez con mayor frecuencia, actividad física regular.
Este enfoque, conocido como “ejercicio como medicina”, reconoce que el movimiento puede formar parte de la prevención y del tratamiento de numerosas enfermedades crónicas.
¿Cómo beneficia el ejercicio?
La actividad física produce efectos positivos en diferentes sistemas del organismo. En personas con diabetes tipo 2, por ejemplo, puede mejorar la sensibilidad a la insulina y favorecer un mejor control de la glucosa, además de contribuir a disminuir el riesgo de algunas complicaciones.
En quienes tienen enfermedades cardiovasculares, el ejercicio puede mejorar la capacidad funcional, ayudar a controlar la presión arterial y favorecer un perfil cardiovascular más saludable cuando se realiza de manera adecuada.
En pacientes con artritis, mantenerse físicamente activo ayuda a conservar la movilidad y la función de las articulaciones. Dependiendo del tipo y gravedad de la enfermedad, actividades de bajo impacto pueden facilitar el movimiento sin someter a las articulaciones a una carga excesiva.
Beneficios que van más allá de una enfermedad específica
Los efectos de la actividad física no se limitan a un solo órgano. El ejercicio contribuye al control del peso corporal, mejora la capacidad cardiorrespiratoria y muscular y puede tener efectos favorables sobre diferentes procesos metabólicos e inflamatorios.
También puede beneficiar la salud mental, ya que la actividad física regular se ha relacionado con una reducción de los síntomas de depresión y ansiedad en diferentes poblaciones.
A nivel celular, el ejercicio estimula adaptaciones que mejoran la función de las mitocondrias, estructuras encargadas de producir energía. Además, favorece la circulación y desencadena cambios en distintos sistemas neuroquímicos relacionados con el estado de ánimo y la percepción del dolor.
No existe una rutina adecuada para todos
Una de las claves es adaptar la actividad física a las condiciones, capacidades, edad, objetivos y antecedentes médicos de cada persona.
Para algunos pacientes puede ser apropiado combinar ejercicio aeróbico con entrenamiento de fuerza. Para otros, especialmente quienes tienen limitaciones físicas o determinadas enfermedades, puede ser más conveniente comenzar con actividades de menor impacto, como caminar, nadar o realizar ejercicios de movilidad.
Incluso incrementar progresivamente el movimiento cotidiano puede ser un punto de partida útil para una persona sedentaria.
El ejercicio también forma parte del tratamiento
Cada vez más profesionales de la salud consideran la actividad física un componente importante de los planes de prevención y tratamiento. Iniciativas como Exercise is Medicine, impulsada por el American College of Sports Medicine, promueven que los profesionales evalúen los niveles de actividad física de sus pacientes y los orienten para incorporarla de manera segura.
Sin embargo, el ejercicio no sustituye automáticamente a los medicamentos ni a otros tratamientos indicados. Su papel depende de la enfermedad y de las características de cada paciente.
Más que considerarlo un simple complemento, la evidencia actual respalda al ejercicio como una herramienta fundamental para mejorar la capacidad física, la calidad de vida y el control de diversos factores de riesgo asociados con las enfermedades crónicas.
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