Cómo ayudar a un niño a dejar de chuparse el pulgar y por qué es importante

Chuparse el pulgar es un comportamiento habitual en bebés y niños pequeños. Sin embargo, cuando se mantiene más allá de los primeros años de vida, puede afectar el desarrollo de los dientes, el habla y la estructura de la boca.
De acuerdo con Cleveland Clinic, la mayoría de los niños abandona este hábito de forma espontánea entre los 2 y los 4 años. No obstante, si persiste con frecuencia o intensidad, puede ser necesaria una intervención para prevenir alteraciones dentales y problemas funcionales.
La pediatra Kimberly Churbock y la logopeda Meghan Mingee señalaron que, en estos casos, la succión prolongada del pulgar puede modificar la alineación de los dientes, favorecer trastornos odontológicos y afectar funciones relacionadas con la alimentación, la respiración y el desarrollo del lenguaje.
Mingee explicó que este comportamiento comienza incluso antes del nacimiento, ya que muchos bebés se chupan el dedo dentro del útero. Durante los primeros años de vida es una conducta completamente normal y, según Churbock, además de estar relacionada con la alimentación, también funciona como una forma de consolarse, relajarse o facilitar el sueño.
La succión prolongada puede modificar la mordida
Cuando el pulgar permanece constantemente dentro de la boca, el paladar puede volverse más estrecho y alto. Este cambio reduce el espacio disponible para la lengua y puede alterar su posición al hablar o al comer.
Desde el punto de vista dental, la presión continua del dedo puede desplazar los dientes delanteros hacia adelante o impedir que los dientes superiores e inferiores encajen correctamente.
Las alteraciones más frecuentes son la sobremordida y la mordida abierta, condiciones en las que los dientes anteriores no hacen contacto adecuado al cerrar la boca.
Estas modificaciones aumentan la probabilidad de requerir tratamiento de ortodoncia en el futuro. Además, cuando los dientes superiores sobresalen más de lo normal, quedan más expuestos a fracturas o astillamientos provocados por caídas o golpes.
También puede afectar el habla y la alimentación
Las consecuencias no se limitan a los dientes.
Mingee explicó que, cuando la lengua no puede colocarse correctamente para producir determinados sonidos, tiende a desplazarse hacia adelante para expulsar el aire, favoreciendo alteraciones en la pronunciación, como el ceceo.
Asimismo, la especialista indicó que este hábito puede interferir con la alimentación. Los movimientos utilizados para chuparse el dedo son diferentes de los necesarios para masticar y tragar alimentos sólidos, por lo que algunos niños desarrollan patrones de movimiento de la lengua que dificultan estas funciones.
Favorece la respiración por la boca
Otro efecto relacionado con la succión prolongada del pulgar es la tendencia a respirar por la boca en lugar de hacerlo por la nariz.
Este patrón puede favorecer congestión nasal, sequedad bucal, infecciones de los senos paranasales y ronquidos.
Con el paso del tiempo, la respiración bucal también puede influir en el desarrollo facial, favoreciendo un rostro más estrecho y una mandíbula o barbilla retraídas.
Mayor exposición a gérmenes e irritación de la piel
Los especialistas también advierten que chuparse el dedo facilita la entrada de microorganismos a la boca, ya que todo aquello que el niño toca con las manos puede terminar siendo ingerido.
Además, la fricción constante puede irritar la piel del pulgar y del área que rodea la boca, provocando grietas, fisuras y queilitis angular. Estas lesiones aumentan el riesgo de desarrollar infecciones.
Cómo ayudar al niño a dejar el hábito
Las especialistas recomiendan evitar castigos, regaños o humillaciones.
Según Churbock, las estrategias punitivas suelen ser poco efectivas. En su lugar, aconseja reforzar positivamente los momentos en los que el niño no se chupa el dedo y reconocer sus avances.
También es importante enseñarle otras formas de autorregularse.
Mingee explicó que la succión produce un efecto calmante sobre el sistema nervioso, por lo que pueden ofrecerse alternativas como ejercicios de respiración profunda, un peluche, una manta favorita o rutinas relajantes antes de dormir.
Cuando el hábito aparece por aburrimiento, mantener las manos ocupadas con una pelota antiestrés o un juguete manipulable puede ayudar a disminuir la necesidad de chuparse el dedo.
Además, se recomienda conversar con los niños pequeños utilizando un lenguaje sencillo y explicarles que dejar el hábito contribuirá a cuidar su sonrisa y a que los dientes permanentes crezcan correctamente.
Cuándo consultar a un especialista
Cleveland Clinic señala que el pediatra puede supervisar el desarrollo dental y del habla, recomendar recursos como esmaltes de sabor amargo, dispositivos orales o programas para eliminar el hábito y, si es necesario, derivar al niño a un logopeda u otros especialistas en función oral.
Churbock recomienda iniciar el seguimiento alrededor del primer año de vida o dentro de los seis meses posteriores a la aparición del primer diente de leche, especialmente cuando el niño mantiene el hábito de chuparse el pulgar de forma frecuente.
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