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Cerebro e intestino, una conexión bajo la lupa: qué revelan los estudios

ENFERMEDADES
Agencias / El Tiempo
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El intestino no solo cumple la función de procesar los alimentos. En sus paredes se encuentra una extensa red de células nerviosas que mantiene una comunicación permanente con el cerebro y participa en distintos procesos relacionados con la digestión y otras funciones del organismo.

Esta conexión, conocida como eje intestino-cerebro, ha despertado un creciente interés científico debido a su posible relación con problemas como la ansiedad, la depresión y otras alteraciones de la salud.

El intestino, conocido como el “segundo cerebro”

De acuerdo con Johns Hopkins Medicine, el sistema nervioso entérico (SNE) está compuesto por dos capas que contienen más de 100 millones de células nerviosas y que recorren el aparato digestivo desde el esófago hasta el recto.

Por esta razón, popularmente se le ha denominado el “segundo cerebro”. Sin embargo, esto no significa que el intestino pueda realizar procesos de pensamiento como los que lleva a cabo el cerebro.

Su función principal está relacionada con el funcionamiento del sistema digestivo. El SNE participa en procesos que comienzan con la deglución y continúan con la liberación de enzimas encargadas de descomponer los alimentos. También interviene en la regulación del flujo sanguíneo necesario para absorber nutrientes y en la eliminación de los desechos.

Una conexión que funciona en ambas direcciones

Uno de los aspectos que más interés genera entre los investigadores es la comunicación constante entre el intestino y el sistema nervioso central.

Durante mucho tiempo se consideró principalmente que problemas psicológicos como la ansiedad y la depresión podían contribuir al desarrollo o empeoramiento de determinadas molestias gastrointestinales. Sin embargo, la evidencia científica también apunta hacia una posible relación en sentido contrario.

La irritación o alteración del sistema gastrointestinal puede enviar señales hacia el sistema nervioso central y generar modificaciones relacionadas con el estado de ánimo.

Esta interacción se estudia especialmente en personas con síndrome de intestino irritable y otros trastornos funcionales intestinales, que pueden manifestarse mediante estreñimiento, diarrea, inflamación, dolor o molestias abdominales.

Johns Hopkins Medicine estima que entre el 30 % y el 40 % de la población puede experimentar algún tipo de problema intestinal funcional en algún momento de su vida.

Este conocimiento también ayuda a comprender por qué algunos tratamientos para el síndrome de intestino irritable incluyen determinados antidepresivos y terapias dirigidas a la conexión entre mente y cuerpo, como la terapia cognitivo-conductual y la hipnoterapia médica.

El uso de ciertos antidepresivos no significa necesariamente que estos trastornos sean exclusivamente psicológicos. En algunos pacientes, estos medicamentos pueden ayudar a disminuir determinados síntomas debido a su efecto sobre las células nerviosas presentes en el intestino.

El papel de la microbiota intestinal

La comunicación entre el aparato digestivo y el cerebro no depende únicamente de las células nerviosas. La microbiota intestinal también ocupa un lugar importante dentro de las investigaciones relacionadas con el eje intestino-cerebro.

Información difundida por el Gobierno de España sobre los trabajos de Yolanda Sanz, investigadora que dirige el grupo de Ecología Microbiana, Nutrición y Salud del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos, señala que el estudio de los microorganismos intestinales ha permitido ampliar el conocimiento sobre los mecanismos involucrados en esta conexión.

La comunicación entre ambos sistemas se produce mediante vías endocrinas, inmunitarias y neuronales. En estos procesos participan los microorganismos presentes en el intestino y diferentes sustancias generadas durante la digestión, entre ellas neurotransmisores, sus precursores y ácidos grasos de cadena corta.

La microbiota también desempeña funciones relacionadas con la protección frente a factores ambientales adversos, como dietas inadecuadas, determinados medicamentos y agentes infecciosos. Además, interactúa con distintos órganos y sistemas y participa en procesos metabólicos, inmunitarios y neuronales.

Cuando la composición de la microbiota se altera, puede romperse parte de este equilibrio y favorecer distintos problemas de salud. Las investigaciones estudian su posible participación no solo en enfermedades intestinales, sino también en trastornos metabólicos, inmunitarios y relacionados con la salud mental.

¿Puede la microbiota influir en el estado de ánimo?

Una de las líneas de investigación más interesantes consiste en identificar microorganismos intestinales que puedan tener efectos beneficiosos para la salud.

En 2020, el equipo de Yolanda Sanz patentó Christensenella minuta, una bacteria encontrada en el intestino de personas sanas, con el objetivo de estudiar su posible utilidad en la prevención o tratamiento de alteraciones del estado de ánimo, entre ellas la ansiedad y la depresión.

La patente fue posteriormente licenciada a la compañía biotecnológica francesa LNC Therapeutics.

Estos avances reflejan el creciente interés científico por comprender cómo interactúan el intestino, la microbiota, el sistema inmunitario, las señales hormonales y el cerebro. Aunque todavía queda mucho por investigar para determinar exactamente hasta qué punto estas conexiones pueden utilizarse para prevenir o tratar enfermedades, el eje intestino-cerebro se ha convertido en una importante área de estudio de la medicina moderna.

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