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Azúcar: cómo daña tu cerebro, hígado y corazón sin que lo notes

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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El consumo elevado de azúcar no solo influye en el aumento de peso, sino que impacta de manera profunda el funcionamiento de órganos esenciales como el cerebro, el hígado, el páncreas y los riñones.

Desde mecanismos de dependencia similares a los de sustancias adictivas hasta inflamación persistente y envejecimiento acelerado, estos son algunos de los efectos más perjudiciales del exceso de azúcar y las razones por las que disminuir su ingesta es fundamental para la salud.

Alteración del sistema de recompensa Cada vez que consumes azúcar, el cerebro libera grandes cantidades de dopamina, el neurotransmisor vinculado al placer y a las adicciones. Esto activa el circuito de recompensa, lo que explica la dificultad para detenerse tras probar algo dulce. Con el tiempo, el cerebro desarrolla tolerancia, necesitando porciones mayores para obtener la misma sensación, lo que modifica la química cerebral y favorece una relación dependiente con los alimentos ultraprocesados.

Acumulación de grasa en el hígado La fructosa, presente en muchos azúcares añadidos, se metaboliza principalmente en el hígado. Cuando su consumo excede la capacidad de procesamiento, se transforma en grasa. Este mecanismo puede desencadenar hígado graso no alcohólico, una afección silenciosa que inflama el órgano y puede evolucionar hacia daños más severos si no se controla la ingesta de azúcares y jarabes industriales.

Estrés pancreático y resistencia a la insulina Al ingerir azúcar, el páncreas libera insulina para regular la glucosa en sangre. Sin embargo, el consumo constante obliga a este órgano a trabajar en exceso. Con el tiempo, las células se vuelven menos sensibles a la insulina —lo que se conoce como resistencia a la insulina—, un paso previo al desarrollo de diabetes tipo 2, donde los niveles elevados de glucosa comienzan a afectar distintos órganos.

Impacto en las arterias y el corazón Aunque comúnmente se culpa a las grasas, el azúcar también representa un riesgo importante para la salud cardiovascular. La elevación crónica de glucosa e insulina favorece la inflamación y el endurecimiento de las arterias, lo que incrementa la presión arterial y el riesgo de infarto o accidente cerebrovascular.

Glicación y envejecimiento cutáneo El exceso de azúcar participa en un proceso llamado glicación, en el cual las moléculas de glucosa se adhieren al colágeno y la elastina de la piel, volviéndolos más rígidos y frágiles. Esto acelera la aparición de arrugas y flacidez, además de empeorar afecciones inflamatorias como el acné debido al estado inflamatorio generalizado que generan los carbohidratos refinados.

Altibajos de energía y estado de ánimo El conocido “subidón” de azúcar es pasajero. Tras el aumento rápido de glucosa, sobreviene una caída brusca que provoca cansancio, irritabilidad y dificultad para concentrarse. Estos ciclos repetidos afectan la estabilidad emocional y fomentan el deseo de consumir más azúcar para recuperar energía, perpetuando el malestar.

Sobrecarga en los riñones La hiperglucemia sostenida obliga a los riñones a filtrar mayores cantidades de glucosa, lo que deteriora progresivamente los pequeños vasos sanguíneos encargados de la filtración. Este daño puede avanzar hacia enfermedad renal crónica si no se controla el consumo de azúcar.

Desequilibrio en la salud bucal El azúcar modifica el ecosistema bacteriano de la boca. Las bacterias que se alimentan de residuos dulces producen ácidos que erosionan el esmalte dental. Además, este desequilibrio favorece inflamación en las encías, que puede tener repercusiones sistémicas al extenderse a través del torrente sanguíneo.

Inflamación en articulaciones y tejidos Un consumo elevado de azúcares refinados estimula la liberación de sustancias proinflamatorias que incrementan la sensibilidad al dolor y la inflamación en articulaciones. Esto puede agravar problemas como la artritis y dificultar la recuperación física, manteniendo al organismo en un estado constante de estrés inflamatorio.

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