Sucesos... ¿Hacia donde va México? Parte I
José Mariano Orozco TenorioAún y cuando nuestra Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece en su artículo 40 que es “Voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, laica y federal, compuesta por estados libres y soberanos…” con los movimientos impulsados en los últimos años por el partido en el poder, todo parece indicar que hemos dado un brusco giro en el rumbo del país. La modificación de fondo del poder judicial, la desaparición de varias instituciones simbólicas, la pérdida de autonomía de importantes organismos, el lamentable estado de los servicios de salud pública, la deplorable calidad de la educación, los escandalosos casos de corrupción, la pérdida de transparencia, así como la escasa rendición de cuentas, son claros indicadores que el país ha modificado su camino. Seguramente para algunos ha sido para bien y para otros no tanto, pero el caso es que no queda claro que tipo de país queremos. Por 70 años, México estuvo gobernado por un partido (Partido Revolucionario Institucional, PRI); a partir del 2000 la gobernanza cambió al Partido de Acción Nacional (PAN), que duró hasta el 2012, para entonces regresar al PRI y a partir del 2018 está bajo el gobierno del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).
MORENA es un partido que se identifica de izquierda, que promulga la igualdad social, la distribución equitativa de la riqueza, lucha por la disminución de la brecha económica entre las clases sociales, porque impere una lucha social para evitar una sobre explotación de la clase obrera, para que haya salarios dignos, así como que predomine la inclusión de las mujeres y de los grupos originarios y los vulnerables. En fin, se trata de que el Estado controle y maneje el bienestar del pueblo; de hecho, para la izquierda el pueblo es primero.
Por el contrario, hay que recordar que la doctrina conocida como de derecha postula el libre comercio, estimula la competencia económica, confiere la autonomía de sus instituciones, orienta su legislación para facilitar el libre mercado, sienta las bases necesarias para fomentar el sindicalismo que proteja a la clase obrera, estimula la transparencia y rendición de cuentas como valores indispensables del crecimiento económico, procura la internacionalización de su mercado para atraer inversiones productivas que van a generar empleo y fuentes de ingresos, defiende la propiedad privada y su base descansa en un marco de seguridad nacional.
En la práctica, es difícil encontrar países cuya clasificación encaje de manera pura en la izquierda o en la derecha; la mayoría contiene elementos que permiten flexibilizar su posición. Además, se habla de “Extrema Izquierda” o Extrema Derecha” para identificar aquellos países que han radicalizado su posición, aunque algunos prefieren denominarlas como “ULTRA”. Más bien, se reserva este término cuando se han presentado cambios estructurales profundos y donde es común que nieguen la injerencia de organismos internacionales.
En contraposición, se habla de un Gobierno de Centro para referirse a un gobierno moderado que respeta la libertad de los obreros y de las clases sociales bajo un libre mercado pero en un marco donde impere la justicia social. La actuación de los gobernantes es moderada y solo interviene para lograr un equilibrio de intereses; en palabras sencillas, se actúa con moderación.
En América Latina, los países considerados de Izquierda son: México, Brasil, Colombia, Uruguay, Chile, Guatemala, Honduras, Cuba, Venezuela y Nicaragua. Los países de Derecha son: Argentina, Ecuador, Paraguay, Perú, Bolivia, El Salvador, Costa Rica y Panamá. Estados Unidos y Canadá tienen rasgos de las dos, derecha e Izquierda, dependiendo del partido en el poder, pero es claro que su sistema económico es el capitalismo donde predomina el libre mercado (pero con programas sociales, sobre todo del área de la salud).
Ahora bien, los regímenes políticos que adoptan los países comprenden el conjunto de leyes mediante las cuales se organiza el poder y se regulan las relaciones entre gobernantes y gobernados. Su clasificación toma en cuenta el grado de libertad de sus ciudadanos, su participación en la toma de decisiones y su pluralismo y ejercicio del poder. También, en la práctica es difícil encontrar un sistema puro, sino más bien es común lograr rasgos de interconexión de un tipo de régimen con otro. Tenemos pues, la Democracia, donde supuestamente el poder emana del pueblo, quien por medio del voto elige a sus gobernantes, además de mantener la división de poderes y promueve el respeto a los derechos humanos, como inherentes al hombre. En cambio, el Régimen Autoritario, por el cual el poder se concentra en una sola persona o al menos en un grupo reducido para la toma de decisiones (como pudiera ser el ejemplo de una junta militar o un consejo ciudadano), que mantiene una simulación de democracia y en realidad hay una oposición muy limitada. En cuanto al Régimen Totalitario, donde el poder absoluto se concentra en una sola persona y se ejerce una represión sin límites que le permite mantener su hegemonía y control de las masas, por lo que desaparece cualquier viso de pluralismo. En el sistema de La Teocracia, el control y poder está en una sola persona con atribuciones divinas, como por ejemplo El Vaticano e Irán, cuyas leyes están basadas en preceptos de índole religiosos.
Mucha gente confunde o no distingue los sistemas presidenciales y los parlamentarios. La clave está entre la relación entre el poder ejecutivo y el legislativo. En el primero, los presidenciales los poderes se eligen por separado con períodos de terminación ya preestablecidos, en cambio en el sistema parlamentario el ejecutivo primero forma parte de un congreso, donde es nombrado después. En éste sistema el Jefe de Gobierno es el Primer Ministro y el Jefe de Estado es un nombramiento protocolario, simbólico, para eventos. Podemos decir que se trata de un sistema bicéfalo. El Pueblo elige el parlamento y éste selecciona a su primer ministro. El período del mandato es flexible y puede ser anticipado cuando se pierde la confianza. Por ejemplo Reino Unido (que tiene una monarquía parlamentaria), donde el pueblo elige a la Cámara de los Comunes y el líder del partido mayoritario se convierte en Primer Ministro. El caso de Alemania es diferente, no hay Rey, el Jefe de Estado es el Presidente Federal, cuyo papel solo es protocolario y en realidad quien ejerce el poder y ejercicio de gobernar es el Canciller Federal (Jefe de Gobierno).
Las dos formas de Gobierno más comunes son la República y la Monarquía y de ambas se derivan subformas del ejercicio del poder. Usualmente en la República el Presidente es elegido directa o indirectamente por el pueblo y se desempeña como Jefe de Estado y de Gobierno. Su término tiene un período limitado, y no es hereditario ni vitalicio. En el sistema Parlamentario el poder lo tiene el parlamento; también puede haber un Presidente pero solo para ceremonias o intermediación (Jefe de Estado) pero el ejercicio del poder radica en el Primer Ministro o Canciller (quien en la práctica se desenvuelve como Jefe de Gobierno), tal es el caso de Reino Unido, Italia, Grecia, India e Israel, entre otros países.
Un caso aparte es el sistema de Monarquía, en el cual el Monarca es un símbolo de Jefe de Estado, aunque carece de poder político. El ejercicio del poder también lo desempeña un primer ministro electo por un parlamento, como sucede en España, Japón, Países Bajos y Suecia. No hay que confundir con el régimen de Monarquía Absoluta, donde el Rey tiene el control y poder total y no está obligado a compartir o delegar poderes, tal y como sucede en Arabia Saudita, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Brunei y el Vaticano.
Bien sea sistema de régimen político o doctrina ideológica de gobierno, el hecho es que mayoritariamente predomina en la práctica una combinación de sistemas. Lo correcto sería revisar y comparar las constituciones, principios, valores, tradiciones y metas de cada país para poder identificar su forma de gobierno. Es común que en las muchas pláticas de café entre amigos y familiares se hable y discuta de estos temas sin que efectivamente haya bases para su manejo y, por ello, se caiga en debates sin fundamentos. Es normal que con el transcurso de los años lo que se proponía originalmente se vaya desviando y me temo que esto es lo que ha pasado en nuestro México; ahora la pregunta que surge de manera natural es ¿Hacia dónde vamos? Sospechamos que nadie tiene claro hacia dónde se dirige nuestro país.
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