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No Hagas Cosas Buenas… Entre IMSS y salarios, difícil ser optimista

Enrique Irazoqui Morales

México se encamina a 2027 con una disyuntiva que merece atención si quiere continuar en la ruta de mejorar los ingresos de los trabajadores sin generar presiones inflacionarias insostenibles ni comprometer unas finanzas públicas que enfrentan necesidades crecientes de financiamiento en su gasto corriente.

El aumento global de 8% aprobado para los trabajadores sindicalizados del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) es parte de esta discusión. El acuerdo contempla 4% al salario tabular y 4% a la ayuda para renta de casa habitación. Aunque representa una mejora para los trabajadores, su costo total para el Instituto dependerá de la nómina elegible, las prestaciones asociadas y las cargas patronales. No debe perderse de vista que la inflación roza el 4%. 

El Instituto sostiene que puede absorber el incremento mediante eficiencias y economías. El reto será demostrar que esos ahorros no se traducen en menores recursos para medicamentos, consultas, cirugías e infraestructura hospitalaria. Lo cual suena hoy imposible. El sistema de salud nacional está deteriorado en la actualidad al punto que los propios trabajadores del propio IMSS están marchando para protestar por la carencia hasta de lo mínimo indispensable para realizar sus labores.

El segundo frente será el salario mínimo. Si en enero de 2027 se autorizara otro aumento de 8%, el mínimo general pasaría de 315.04 a aproximadamente 340.24 pesos diarios. En la frontera norte subiría de 440.87 a unos 476.14 pesos. Se trata de un escenario hipotético, pues el porcentaje definitivo todavía no está aprobado. Me parece que lo otorgado a la base laboral del IMSS será referente para el incremento al mínimo, con lo que ello signifique. 

Aumentar por encima de la inflación tendría dos caras. Por una parte, fortalecería el ingreso de millones de trabajadores y podría impulsar el consumo interno. Por otra, elevaría los costos de empresas intensivas en mano de obra, particularmente en comercio, restaurantes, transporte, agricultura y servicios. Además, podría generar negociaciones salariales en niveles superiores al mínimo.

Es importante señalar con claridad que los gobiernos denominados neoliberales sostenían que aumentar el salario mínimo por encima de la inflación sería contraproducente. Evidentemente eso era equivocado e injusto, incluso hasta cruel. Hay que reconocer el gran acierto de Andrés Manuel López Obrador en este punto.

Sin embargo, no puede continuar infinitamente esta política sin sustento económico. Aunque de darse un hipotético aumento en los salarios del 8%, eso significaría que la inflación aumentará 8%? De ninguna manera. El efecto y márgenes, y cuánto trasladen a los precios. Si el ajuste salarial supera persistentemente el crecimiento de la productividad, surgirían presiones inflacionarias, especialmente en servicios. En un escenario favorable, el consumo crecería sin desanclar las expectativas; en uno adverso, los precios podrían erosionar parte de la mejora salarial y obligar al Banco de México a mantener una política monetaria restrictiva. Hoy es iluso no tener claro que si no se impulsa la inversión privada y condiciones más favorables para la competitividad, el escenario lejos puede ser optimista en el corto plazo para México.

La tercera pieza es el Paquete Económico de 2027. La propuesta gubernamental contempla ingresos federales por aproximadamente 10.64 billones de pesos y requerimientos de financiamiento equivalentes a 3.9% del producto interno bruto (PIB). Asimismo, plantea una autorización de endeudamiento interno neto para el Ejecutivo de hasta 1.7 billones de pesos.

La deuda pública, medida mediante el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público, se sitúa en una trayectoria cercana a 55% del PIB en las proyecciones presupuestarias. El más alto de la historia.

La preocupación fiscal no consiste en que cada aumento salarial tenga que financiarse con deuda, sino en que los compromisos permanentes crezcan más rápido que los ingresos públicos. Cada peso adicional destinado a obligaciones recurrentes reduce, si no aumenta la recaudación o la eficiencia, el margen para invertir en infraestructura, salud y educación.

¿Qué escenario entonces enfrenta México? Si los aumentos salariales se acompañan de productividad, inversión y empleo formal, pueden fortalecer el mercado interno y mejorar el bienestar. Si los costos crecen sin un aumento equivalente de la producción, podrían debilitar la inversión, presionar los precios y dificultar la consolidación fiscal.

El desafío por tanto, no es elegir entre mejores salarios y estabilidad económica. Es lograr que ambos objetivos sean compatibles. Para ello, el Gobierno necesita transparentar el costo de sus compromisos, ampliar los ingresos permanentes y contener las necesidades de financiamiento, particularmente su apetito de incrementar los apoyos sociales que en muchas ocasiones no es más que transferencia de dinero público que sostiene una clientela electoral.  Por otro lado, el gobierno tiene que generar las condiciones para que las empresas elevan su productividad.

Así entonces. En 2027, la prueba no será cuánto aumenten los salarios en términos nominales, sino cuánto mejoren realmente el poder adquisitivo y la calidad de vida sin hipotecar la estabilidad económica futura. Qué difícil con muchas de las decisiones económicas que se han estado tomando.

 

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