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La leyenda de Otilio, el niño que sigue esperando una visita en el Panteón del Carmen

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Edith Gámez

Pedro Ángel Moncada Arzola cuenta el encuentro que tuvo con el pequeño Otilio de Hoyos Guerra, quien nació en 1910 y murió en octubre de 1918, cuando tenía apenas ocho años.

Entre tumbas centenarias, lápidas cubiertas por el paso del tiempo y el silencio de la medianoche, Pedro Ángel Moncada Arzola asegura haber vivido un encuentro que no ha podido olvidar. La aparición de un niño vestido con elegancia antigua, que decía sentirse solo y buscaba a su abuelita, se convirtió en una historia que cada Día de Muertos lo lleva de regreso a la tumba de Otilio de Hoyos Guerra.

Una noche de muertos que cambió su historia

El reloj marcaba aproximadamente las 12:05 de la noche del 2 de noviembre, hace cinco años, cuando Pedro Ángel Moncada Arzola se encontraba en el Panteón del Carmen de Castaños, donde durante la celebración del Día de Muertos se instalan puestos y pequeños negocios. Mientras convivía con otras personas, se dirigió hacia los baños del camposanto y ahí, en medio de una noche que parecía transcurrir como cualquier otra, asegura que se encontró con un niño que cambiaría para siempre su manera de mirar aquel lugar. Lo que comenzó como una conversación cotidiana terminó convirtiéndose en una de las experiencias más extrañas de su vida.

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Un niño elegante entre las sombras

Pedro recuerda que el pequeño se acercó para preguntarle si era la persona encargada de cobrar el acceso a los baños. Después de confirmar que sí, el niño entró y salió del lugar para pedirle ayuda con una misión que parecía sencilla: encontrar a su abuelita. Lo que llamó la atención del hombre fue su apariencia, pues lo describe como un niño de unos 8 años, de piel morena, ojos negros y pestañas largas, vestido con un elegante traje de otra época, como los que se utilizaban durante los años de la Revolución Mexicana. Su aspecto no correspondía con la ropa que se veía habitualmente, pero su expresión era la de un pequeño que necesitaba compañía.

Decía sentirse solo en su tumba

La conversación tomó un rumbo todavía más inquietante cuando Otilio le explicó que se sentía muy solo y que buscaba a su abuelita entre las tumbas. Pedro intentó explicarle que era muy tarde y que resultaba difícil localizarla entre tantas sepulturas cubiertas de flores, pero el niño insistió y preguntó si podía ayudarlo a encontrar, al menos, a su bisabuela. El hombre terminó por negarse, sin imaginar lo que ocurriría después. Según su relato, el pequeño se alejó lentamente hasta una zona donde comenzó a formarse una especie de neblina; de ella apareció una mujer de cabello largo, despeinado y cubierto de tierra, acompañada por otros dos niños. Otilio se acercó a ellos y, en cuestión de instantes, los cuatro desaparecieron entre la bruma.

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La tumba reveló el nombre del pequeño

Al día siguiente, un compañero que trabajaba en el panteón le aseguró a Pedro que conocía el lugar donde estaba sepultado aquel niño. Lo condujo hasta una tumba antigua en la que encontró el nombre de Otilio de Hoyos Guerra, quien nació en 1910 y murió en octubre de 1918, cuando tenía apenas ocho años. La coincidencia entre la edad, el nombre y la descripción del pequeño reforzó el impacto de aquella experiencia para Pedro, quien asegura que incluso otros trabajadores habían comentado haber visto a un niño sentado en las inmediaciones. Sin embargo, la causa de la muerte de Otilio permanece desconocida y el relato corresponde a la experiencia personal que comparte el entrevistado.

Flores, agua y una promesa que se repite cada año

Después de lo ocurrido, Pedro buscó orientación con un sacerdote y siguió las recomendaciones que recibió para encontrar tranquilidad. Desde entonces, regresó a la tumba para llevarle flores, agua, una veladora y un rosario, especialmente durante las celebraciones de noviembre. Asegura que no volvió a ver al pequeño, aunque conserva la sensación de que aquella petición de compañía tenía un significado especial. Para él, visitar la sepultura se convirtió en una tradición que va más allá del miedo o del misterio: es una forma de recordar a un niño que murió hace más de un siglo y cuya tumba, según cuenta, pocas personas visitaban.

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Una leyenda para recordar a los niños olvidados

Durante el recorrido por el Panteón del Carmen, mientras Pedro relataba los detalles de aquella noche frente a la tumba de Otilio, la historia adquirió el ambiente propio de estas fechas, cuando las familias regresan a los cementerios para honrar a quienes ya no están. Su relato también deja una invitación para el 1 y 2 de noviembre: acercarse a las sepulturas de niños que permanecen olvidadas y dejar una flor como muestra de cariño. En Castaños, la historia de Otilio se mantiene viva a través de quien asegura haberlo encontrado entre las sombras, un relato que mezcla la memoria, la tradición y el misterio que cada Día de Muertos vuelve a despertar entre las antiguas lápidas.

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