La inversión extranjera directa en México: los grandes bemoles de los récords anunciados
Víctor M. Cuevas AhumadaEn el comunicado de la Secretaría de Economía del 24 de agosto de 2026, se informó que el país había alcanzado un “máximo histórico” en materia de inversión extranjera directa (IED), pues al cierre del primer semestre de 2026 esta ascendió a 34,968 millones de dólares (mdd). Asimismo, el comunicado enfatiza que, desde 2020, la IED correspondiente al primer semestre ha venido aumentando de manera sostenida. Aunque los datos presentados validan esta conclusión, conviene hacer una serie de precisiones para matizar el tono celebratorio del anuncio.
El primer gran bemol tiene que ver con un cambio desfavorable en la composición de la IED, pues esta se integra por tres tipos de recursos. El primero es la reinversión de utilidades, que ocurre cuando una empresa extranjera con operaciones en México decide no repatriar a su país de origen las ganancias obtenidas, sino mantenerlas dentro del país para destinarlas a distintos fines, como la compra de maquinaria y equipo, la ampliación de instalaciones o el financiamiento de capital de trabajo.
El otro componente son las nuevas inversiones, que representan recursos aportados por inversionistas foráneos y que pueden destinarse a echar a andar nuevas empresas o a desarrollar nuevos proyectos productivos en México. Cuando estos recursos se emplean para crear instalaciones y capacidad productiva desde cero, se habla de inversiones greenfield. Sin embargo, las nuevas inversiones extranjeras también comprenden aportaciones de capital a empresas mexicanas ya existentes o la adquisición de participaciones accionarias en ellas. Y el último componente básico de la IED corresponde a las cuentas entre compañías, que representan transferencias de recursos, como préstamos y créditos, entre empresas de un grupo corporativo o entre una casa matriz y sus filiales.
En este contexto, entre 2006 y 2022, la participación promedio anual de las nuevas inversiones en la IED total ascendió a 39.7 %. Es decir, casi 4 de cada 10 dólares de IED correspondieron, en promedio, a nuevas inversiones. Sin embargo, a partir de 2023 se produjo un cambio drástico en la composición de la IED: entre 2023 y 2025, la participación promedio anual de las nuevas inversiones en el total fue de apenas 14.1 %. Esto significa que, en promedio, de cada 10 dólares de IED apenas 1.4 correspondieron a nuevas inversiones. Esta tendencia se acentuó marcadamente al cierre del primer semestre de 2026, puesto que las nuevas inversiones representaron apenas 7.8 % del total. En otras palabras, de cada 10 dólares de IED que ingresaron entre enero y junio de 2026, menos de 80 centavos correspondieron a nuevas inversiones. Cabe señalar que todos estos cálculos fueron realizados por el autor con base en los datos proporcionados por la propia Secretaría de Economía. De esta manera, los elevados niveles recientes de la IED han respondido cada vez menos a la llegada de nuevos capitales foráneos y cada vez más a la permanencia de empresas que ya operan en el país y deciden reinvertir en México una parte de las utilidades generadas aquí mismo.
El segundo gran bemol tiene que ver con el hecho de que, según la Secretaría de Economía, los 34,968 mdd de IED reportados durante el primer semestre de 2026 resultaron 2.1 % superiores a los 34,265 mdd del mismo periodo de 2025. Sin embargo, si se considera que la inflación en Estados Unidos, medida a través del Índice de Precios al Consumidor, fue de alrededor de 3.3 % entre ambos periodos, la IED no solo no aumentó, sino que, en términos reales, disminuyó aproximadamente 1.2 %.
Por ello, la afirmación del propio comunicado de que la IED del primer semestre de 2026 “constituye el mayor nivel de IED registrado para un primer semestre desde que se tiene registro” debe interpretarse con cautela. Muchas variables expresadas en términos nominales, como los salarios, los ingresos empresariales y la recaudación tributaria, tienden a alcanzar máximos históricos con el paso del tiempo, pero esto es en parte atribuible al aumento general de los precios. De seguir ese criterio, la inflación, tanto en México como en Estados Unidos, tendría que llevarse parte del crédito a la hora de anunciar récords históricos.
El tercer gran bemol tiene que ver con otro comunicado de la Secretaría de Economía, de fecha 25 de febrero de 2026, en el que se señala que “México alcanza cifra histórica de Inversión Extranjera Directa en 2025: 40,871 millones de dólares”. Cabe preguntarse entonces: ¿qué pasa si comparamos la IED del primer año calendario completo de los últimos cuatro sexenios? Considerando la actualización posterior de la cifra de 2025 y expresando todos los montos en millones de dólares de 2025, la IED ascendió a 50,332 en 2007, 66,873 en 2013, 43,849 en 2019 y 41,917 en 2025. Los dos valores más bajos de esta comparación corresponden a 2019 y 2025. Desde esta perspectiva, la lectura de los datos resulta bastante menos triunfalista.
Si hacemos el mismo ejercicio para las nuevas inversiones, la comparación resulta todavía más desfavorable frente al optimismo oficial. En millones de dólares de 2025, las nuevas inversiones ascendieron a 28,010 en 2007, 30,481 en 2013, 17,327 en 2019 y 7,010 en 2025. Esto significa que, en términos reales, las nuevas inversiones de 2025 fueron aproximadamente 75 % menores que las de 2007, 77 % menores que las de 2013 y 60 % menores que las de 2019.
Esto contrasta claramente con el hecho de que México fue presentado como uno de los países con mayores posibilidades de beneficiarse del llamado nearshoring. Como es bien sabido, el nearshoring es un proceso que, por su propia naturaleza, tiende a traducirse en la llegada de nuevas inversiones y en la ampliación de la capacidad instalada de los países receptores.
De acuerdo con el informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), titulado La Inversión Extranjera Directa en América Latina y el Caribe 2026, “las nuevas inversiones (greenfield) y las fusiones y adquisiciones transfronterizas de empresas nacionales se contabilizan en los aportes de capital, que pueden considerarse el mejor indicador del interés de nuevas empresas extranjeras en localizar inversiones en la región” (p. 36). En este contexto, según datos de dicho informe, en 2025, los aportes de capital representaron 34 % de la IED recibida por América Latina y el Caribe. Sin embargo, en México la participación de los aportes de capital para ese año fue de apenas 17 %, lo cual es especialmente revelador, pues equivale aproximadamente a la mitad del promedio regional.
El que las empresas extranjeras establecidas en México decidan reinvertir sus utilidades es sintomático de confianza, pero estos datos sugieren un rezago considerable de México en la atracción de nuevos inversionistas globales, lo que limita el potencial de la IED tanto para detonar nuevos proyectos como para ampliar la capacidad instalada del país.
De este modo, el cuarto bemol radica en que, a pesar de la cercanía e integración económica con Estados Unidos y de su amplia red de tratados comerciales, México no está aprovechando en la medida esperada la oportunidad histórica del nearshoring. Entre los factores que ayudan a explicar este resultado se encuentran la persistencia de problemas como la inseguridad, los cuellos de botella en infraestructura, las deficiencias en el suministro de agua y electricidad, y la falta de certidumbre jurídica y regulatoria. A la luz del conjunto de consideraciones aquí formuladas, convendría matizar considerablemente el optimismo oficial.
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