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La FIFA y el cambio de horario que no fue

Mario Maldonado
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El rumor corrió como pólvora el viernes muy temprano. Un mensaje en redes sociales del narrador deportivo Andrés Vaca bastó para que se diera prácticamente por hecho que el partido entre México e Inglaterra, correspondiente a los cuartos de final del Mundial, dejaría de jugarse a las seis de la tarde y se adelantaría al mediodía. En cuestión de minutos la información se replicó en medios nacionales e internacionales y miles de aficionados comenzaron a ajustar sus planes, mientras otros se quejaban por el anuncio inesperado.

Pasaron las horas y la versión no fue desmentida. Ni la FIFA, ni la Federación Mexicana de Futbol, ni el comité organizador emitieron una aclaración. El silencio permitió que creciera la percepción de que el cambio ya estaba decidido y que únicamente faltaba el anuncio formal.

Esa impresión se fortaleció cuando el propio Javier Aguirre reaccionó públicamente. El técnico nacional lamentó la modificación porque, explicó, significaba perder alrededor de seis horas de preparación, alimentación, fisioterapia, descanso y trabajo táctico para sus jugadores. “Es una patada en el estómago”, dijo. Difícilmente un entrenador habría fijado esa postura si todo hubiera sido únicamente un rumor sin sustento.

Detrás de esa discusión existía una negociación real. De acuerdo con fuentes cercanas a las conversaciones, desde el jueves la FIFA analizaba modificar el horario junto con autoridades mexicanas, representantes del comité organizador, las selecciones involucradas y las televisoras que poseen los principales derechos de transmisión.

Sobre la mesa estaban varios factores. El primero era la seguridad. Apenas unos días antes, tras el partido de México, una estampida registrada en las inmediaciones del Ángel de la Independencia dejó cuatro personas fallecidas y decenas de lesionados, después de que cientos de miles de aficionados se congregaran sobre Paseo de la Reforma para celebrar el triunfo de la Selección. Las autoridades capitalinas consideraban que un partido concluido todavía con luz natural facilitaría los operativos de movilidad, desalojo y vigilancia.

También estaba el pronóstico meteorológico. Las previsiones anticipaban tormentas eléctricas y lluvias intensas para la tarde y noche del domingo, un escenario que ya había obligado a modificar actividades durante el torneo. Adelantar el encuentro reducía el riesgo de interrupciones y complicaciones logísticas tanto dentro como fuera del estadio.

Además, había un incentivo comercial. Un partido al mediodía en México permitiría una mejor ventana de transmisión para Europa, particularmente para el mercado británico, donde el encuentro sería visto en horario estelar y no cerca de la medianoche. En un Mundial, los derechos de televisión y la audiencia en horario primetime representa cientos o miles de millones.

Todo parecía encaminado hacia el cambio; sin embargo, las fuentes aseguran que la publicación anticipada de la nueva hora alteró la decisión. La FIFA tenía previsto comunicar cualquier modificación mediante sus propios canales una vez concluidas las consultas con los equipos y las autoridades. La filtración convirtió una deliberación interna en un asunto público antes de tiempo.

Miles de aficionados ya habían comenzado a cuestionar cómo cambiaría la logística de boletos, transportes, hospedajes y actividades previamente programadas para un encuentro anunciado desde hace meses a las seis de la tarde. Las críticas crecieron en redes sociales y el tema se convirtió en tendencia sin que existiera una postura oficial que ordenara la conversación.

Durante varias horas, en la sede de la FIFA en Suiza, continuó la deliberación. Lo que inicialmente parecía una decisión prácticamente tomada terminó reabriéndose. Finalmente prevaleció la alternativa menos disruptiva. El organismo decidió mantener el horario original y confirmar que México e Inglaterra jugarían el domingo a las seis de la tarde.

Más allá del desenlace, la pregunta es quién controló realmente la información durante esas horas. Porque no se trató de una especulación cualquiera. Hubo un cuerpo técnico que pensó en modificar su planeación, autoridades que trabajaban sobre un escenario distinto y un anuncio que, con absoluta seguridad, daba por hecho el cambio que efectivamente estaba siendo negociado.

La FIFA suele presumir que administra el Mundial con precisión absoluta y que ninguna decisión relevante escapa a sus protocolos. El viernes, una filtración y el seguimiento de esa noticia alteró la agenda pública, obligó al organismo a replantear una determinación que parecía inminente y terminó exhibiendo que, incluso en el evento deportivo más importante del planeta, el manejo de la información puede resultar tan decisivo como lo que sucede dentro de la cancha.

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