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Cempasúchil, la flor que ilumina el recuerdo

Cempasúchil
Daniela Cordova

Entre generaciones, una familia de Lamadrid conserva el cultivo de las flores que cada noviembre honran la memoria de los difuntos.

Porque en Lamadrid el cempasúchil no solamente se siembra para adornar los panteones. Se cultiva para que el amor encuentre una forma de expresarse, para que las ausencias tengan color y para que, al menos una vez al año, quienes se adelantaron en el camino vuelvan a florecer en la memoria de quienes los siguen amando.

Cada noviembre, cuando el aroma de estas flores comienza a extenderse por los hogares y los cementerios, México revive una de sus tradiciones más entrañables: recibir simbólicamente a sus difuntos y hacerles saber que, aunque ya no estén físicamente, siguen teniendo un lugar en la familia. Sus pétalos amarillos y anaranjados son mucho más que un adorno; representan los recuerdos que se niegan a marchitarse y los afectos que ni siquiera el tiempo consigue borrar.

En Lamadrid, Coahuila, esa tradición comienza mucho antes de que las familias visiten las tumbas de sus seres queridos. Comienza entre surcos, bajo el sol del verano, con manos que preparan la tierra y cuidan pacientemente cada planta. Allí, donde los campos se tiñen de colores y el aire adquiere el perfume característico de noviembre, una herencia familiar continúa dando vida a una costumbre que ha pasado de generación en generación.Una historia que comenzó con los abuelos.

Cempasúchil
Cempasúchil

Entre quienes mantienen vivo este legado se encuentra Ildefonso Mata Verduzco, conocido cariñosamente como Poncho Mata, quien lleva 38 años dedicado al cultivo de cempasúchil y mano de león.

Su historia, sin embargo, comenzó mucho antes de que él tomara las riendas de los sembradíos. Las tierras donde actualmente florecen estas plantas pertenecieron a sus abuelos, quienes también cultivaban cempasúchil y crisantemos. De ellos recibió algo más valioso que una propiedad: los conocimientos, el cariño por el campo y una tradición que hoy permanece entre sus manos.

Ingeniero agrónomo de profesión, Poncho es actualmente el único integrante de su familia que continúa trabajando aquellos terrenos. Lo que alguna vez comenzó como una actividad de sus antepasados se convirtió en parte de su propia historia, con el deseo de que algún día las nuevas generaciones encuentren motivos para continuarla.

Cempasúchil
Cempasúchil

Meses de trabajo para unos días de recuerdo.

Aunque las flores alcanzan su mayor protagonismo durante las celebraciones del Día de Muertos, su historia comienza en pleno verano. La mano de león se siembra entre el 7 y el 14 de julio, mientras que el cempasúchil comienza a cultivarse entre el 7 y el 10 de agosto.Desde entonces, cada planta requiere cuidados constantes: preparar la tierra, regar, fertilizar, retirar la hierba y proteger los cultivos de las plagas. Durante sus primeras etapas, una hectárea puede necesitar entre cuatro y cinco trabajadores para procurar que las flores crezcan sanas.

Después viene el corte y la preparación de los manojos, un trabajo que representa el resultado de meses de dedicación. Para Poncho, contemplar los sembradíos florecidos es una de las mayores satisfacciones de cada temporada, especialmente porque mantener esta actividad no resulta sencillo. Actualmente, solamente seis productores de Lamadrid continúan dedicándose a estos cultivos.

Flores que acercan a quienes ya no están.

En la cultura mexicana, el cempasúchil guarda un significado profundamente ligado a la muerte y al amor familiar. Su nombre proviene del náhuatl y se relaciona con la expresión «veinte flores». Su tonalidad representa el sol y, de acuerdo con la tradición, sus pétalos y aroma ayudan a guiar a las almas hacia las ofrendas preparadas en su honor.La mano de león, también conocida como terciopelo, acompaña esta celebración con sus particulares formas y tonalidades. Juntas, ambas flores llenan de vida los altares y cementerios, donde cada ramo se convierte en una ofrenda para aquellos a quienes ya no es posible abrazar.

Para Poncho existe una emoción especial al saber que las flores que cuidó durante meses terminarán sobre las tumbas de personas que alguien todavía extraña. “Me agrada ver los panteones con los cempasúchil que uno sembró y los que las compran a sus difuntos hacen memoria de sus antepasados”, expresó.

Al preguntarle qué representa esta tradición, su respuesta es sencilla, pero encierra el sentimiento de millones de mexicanos: “Yo creo que es darle vida a un difunto un día, recordarlo”.

Quizá por eso cada noviembre las familias regresan a los cementerios con flores, fotografías y veladoras. Porque recordar también es una manera de permanecer cerca, de volver a pronunciar los nombres de quienes hicieron parte de nuestras vidas y de conservarlos en ese rincón donde el amor nunca termina de despedirse.

Cempasúchil
Cempasúchil

En cada ramo también florece el esfuerzo.

Cuando llega la cosecha, hombres y mujeres participan en el corte y preparación de las flores. Poncho reconoce especialmente la labor de las mujeres, quienes acomodan cuidadosamente los tallos para formar los manojos que después llegarán a los hogares y panteones. Cada uno puede reunir entre 25 y 30 tallos y alrededor de 60 flores, dependiendo de su tamaño y abundancia. El precio directamente con el productor es de 100 pesos por manojo.

Desde Monclova, Castaños, Cuatro Ciénegas, San Buenaventura y Abasolo llegan compradores hasta sus tierras, llevando consigo un pedacito de Lamadrid hacia distintos hogares de la Región Centro de Coahuila.Entre los sembradíos también aparecen las mariposas monarca, que durante octubre encuentran alimento en las flores antes de continuar su recorrido. Su presencia convierte estos campos en un pequeño refugio de vida justo cuando las plantas alcanzan su mayor esplendor.

Que las nuevas generaciones no olviden sembrar.

A pesar del cariño que Poncho siente por esta actividad, reconoce que el panorama para los agricultores es complicado. La falta de apoyos, maquinaria y sistemas de riego dificulta conservar los cultivos, mientras que el desinterés de los jóvenes amenaza con interrumpir una tradición que durante años ha pasado de abuelos a hijos.“

Tienes poco dinero, tienes poca cosecha.

Inviertes poco, ganas poco”, reconoce sobre las dificultades económicas. Sin embargo, su convicción permanece intacta: “¿Qué haríamos sin la agricultura? ¿Qué comeríamos? El campo es primero”.

Su deseo es que las nuevas generaciones aprendan de sus padres y abuelos, que no pierdan el vínculo con la tierra y comprendan que detrás de cada cosecha existe un trabajo indispensable.Los terrenos donde cultiva conservan el nombre de Quinta Ninfa, como acostumbraba llamarlos su abuela. Quienes deseen adquirir cempasúchil y mano de león pueden encontrar a Poncho sobre la calle Miguel de la Madrid, frente a la secundaria de Lamadrid.

Antes de despedirse, deja una invitación para todas las familias que durante estos días acudirán a los cementerios:

«Que las sembramos con mucho gusto las flores, que se las lleven a sus difuntos con mucho gusto, que honren su memoria».

Y quizá esa sea la parte más hermosa de esta historia: que mientras algunas familias compran flores para recordar a sus muertos, hay otras que llevan meses cultivándolas para que esa memoria nunca se quede sin color.

En cada cempasúchil que sale de los campos de Lamadrid viajan los recuerdos de unos abuelos, 38 años de trabajo y el cariño de un hombre que se niega a dejar morir lo que recibió de sus antepasados.Porque en Lamadrid el cempasúchil no solamente se cultiva para adornar las tumbas; se siembra para que los recuerdos tengan aroma, las ausencias tengan color y quienes ya partieron sigan floreciendo, aunque sea una vez más, en el corazón de quienes los aman.

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