Mario Vélez, 103 años con el silbido del tren en el corazón

— Daniela Cordova 07/11/2026

Desde los 16 años entregó su vida al ferrocarril, siguiendo una tradición familiar que marcó generaciones en Frontera.

A sus 103 años, Mario Vélez García todavía guarda en la memoria el sonido de las locomotoras, los largos recorridos por las vías y aquellos días en que el ferrocarril era mucho más que un trabajo: era el orgullo de una familia y el motor de una ciudad. Nació y creció entre rieles, y desde muy joven supo que su destino estaría ligado a los trenes que dieron identidad a Ciudad Frontera.

Su historia comenzó el 14 de febrero de 1940. Tenía apenas 16 años y ocho meses cuando recibió su primera oportunidad laboral, en el área de tripulaciones, donde se encargaba de organizar al personal que saldría en los trenes. Aquella jornada trabajó de cinco de la tarde a medianoche, sin imaginar que ese sería el primer capítulo de una trayectoria que abarcaría décadas.

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Una herencia que venía de familia

Ser ferrocarrilero no fue una elección ajena a sus raíces. Su padre, sus abuelos y varios de sus tíos también dedicaron su vida a las vías. Incluso, algunos de sus familiares participaron en el manejo de trenes militares durante los años de la Revolución Mexicana.

Su padre ascendió a conductor en 1917, a los 22 años, y Mario encontró en él el ejemplo que marcaría su propio camino. Sus hermanos Leandro y Luis también formaron parte de aquella tradición: uno como jefe de patio y otro como garrotero de camino.

Mario comenzó desde abajo, pero su disciplina le permitió avanzar. En 1941 llegó a garrotero de patio y en 1944 ascendió a garrotero de camino. Antes de cumplir 30 años aprobó el examen para convertirse en conductor, una responsabilidad que asumió con respeto y orgullo.

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Entre kilómetros y silbidos

Desde entonces recorrió distintas rutas que conectaban a Frontera con Barroterán, Sabinas, Paredón, Saltillo, Piedras Negras y otros destinos, incluso hacia Chihuahua. Cada viaje representaba jornadas de trabajo, paisajes y responsabilidades que nunca tomó a la ligera.

Al recordar aquellos años, destacó que nunca trató mal a sus ayudantes y siempre procuró trabajar con respeto. La responsabilidad era indispensable: no le gustaba presentarse bajo los efectos del alcohol y prefería mantenerse atento durante cada recorrido. También recordó las antiguas locomotoras que funcionaban con carbón, alimentadas por los fogoneros, así como los vagones y cabuses donde los conductores llevaban sus herramientas y provisiones.

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El tren también llevó bienestar a los hogares

Entre sus recuerdos más entrañables están los días de pago. Aunque al principio recibía entre 60 y 70 pesos por quincena, con los años llegaron mejores remuneraciones por los recorridos y las distancias trabajadas. Todavía sonríe al recordar cuando le contó a su padre que había recibido 430 pesos, una cantidad que sorprendió al hombre, que también había sido conductor. Para Mario, aquellos ingresos significaron una mejor vida y la posibilidad de construir un hogar.

Se casó a los 21 años con una joven que estaba por cumplir 17. Aunque ella ya descansa en el cielo, recuerda con cariño la felicidad que compartieron y el apoyo que le brindó en sus décadas como ferrocarrilero.

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Una vida rodeada de los suyos

Hoy, sus tres hijos, nietos, bisnietos y tataranietos representan su mayor alegría. Aunque reconoce que los años comienzan a pesar en su memoria, conserva la lucidez para contar su historia y la gratitud por seguir disfrutando de su familia. "Pienso que ya tengo poca vida, pero no tengo ganas de morirme todavía. Quiero estar vivito unos años más", expresó con una sonrisa que refleja sus ganas de seguir disfrutando cada día.

Este 7 de noviembre, Día del Ferrocarrilero, Don Mario representó una memoria viva de la época en que los trenes impulsaban la economía, conectaban comunidades y daban identidad al norte del país.En Ciudad Frontera, conocida como la ciudad del ferrocarril, su historia es también la de generaciones que encontraron entre los rieles un oficio, un sustento y una forma de vida. A sus 103 años, Mario Vélez García sigue llevando aquellos silbidos en el corazón, como quien nunca se ha bajado del tren que acompañó toda su existencia.

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