— Francisco Valdés Ugalde 30/10/2026
En “Para el ciudadano medio del mundo, la democracia ha vuelto a los niveles de 1978. Los avances de la ‘tercera ola de democratización’, que comenzó en 1974 en Portugal, se han visto prácticamente anulados”. Esta es una de las conclusiones principales del informe V-Dem 2026. Entre 1970 y 2024 se registraron 149 episodios de democratización en 110 países, mientras que entre 2000 y 2025 se revirtió la tendencia con 105 episodios de autocratización en 75 países. El progreso logrado durante la “tercera ola” ha sido revertido.
En esta realidad se multiplican las polarizaciones de los extremos políticos. En algunos casos, países enteros parecen dividirse y los medios y las redes sociales amplifican los acentos divisivos de las confrontaciones. No siempre esas amplificaciones reflejan la realidad de las divisiones entre la ciudadanía. A menudo, son polarizaciones de grupos o partidos que se explotan como escándalos. Sin embargo, la polarización es distintiva del retroceso democrático.
Los motivos no son siempre los mismos, pero algunos se repiten. En Estados Unidos y Europa, la “migración” es uno de esos motivos, probablemente uno de los más difundidos en los medios. En el caso de Europa, a la migración se le añade un tinte religioso: el islamismo frente al cristianismo; un rechazo virulento a la presencia de cultos percibidos como ajenos a la tradición europea. En América Latina, la presencia de gobiernos de izquierda o de derecha suele ser el motivo de polarización más enconada. En Argentina, Brasil, Chile, Colombia y El Salvador ha crecido la popularidad de líderes que llaman a erradicar lo que consideran inaceptable: partidos y gobiernos que proponen reformas radicales al orden vigente. Por contraposición, Venezuela, Nicaragua, México, Bolivia son o han sido escenario del avance de opciones que se presentan como izquierda, varias de ellas con tintes mesiánicos y que han buscado “cambios de régimen” para sustituir la democracia liberal por instituciones que solo admiten al “pueblo” —definido por ellos a su gusto—, eliminar la competencia electoral, descalificar sistemáticamente al adversario y permanecer indefinidamente en el poder. En ambos casos, sean de derecha, de izquierda o de esa mezcla variopinta que acarrean las mareas populistas, la gran destrucción ocurre en el núcleo fundamental de la democracia, que es la conjunción entre la libertad y la igualdad políticas.
La polarización se produce cuando las fuerzas políticas extremas se presentan como la única opción para preservar valores esenciales e identidades existenciales irreductibles, presentándolas como formas excluyentes de legitimidad del orden social. Siempre va por delante el discurso que integra el conflicto letal (la evaporación del otro diferente) como algo indispensable para defender un valor absoluto que rechaza la coexistencia con otros, cuyos portadores deben ser suprimidos para que la comunidad sobreviva.
Así entendida, la polarización representa la muerte de la democracia. En esta forma de gobierno no pueden existir absolutos. Lo único que es absolutamente imposible es reconciliar todos los puntos de vista; por consiguiente, dicen los extremos, la única forma de lograr esa “reconciliación” es suprimir al polo opuesto y hacer que todos acepten la imposición del que sobrevive. La aspiración política de hacerlo se llama absolutismo político, que siempre va atado al absolutismo filosófico que postula, como Platón, que solo una es la verdad y que todo lo demás es equivocación que debe suprimirse. Si la democracia recupera su vitalidad, no puede admitir que alguien “encarne” al pueblo en su conjunto, ni imponga “la verdad”. Su función es solo alcanzar compromisos entre los intereses de las personas existentes.
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