— Marco Orozco 20/10/2026
A sus 75 años, el relojero recuerda cómo comenzó a trabajar a los 14, cuando reparar relojes era un oficio indispensable y estas piezas acompañaban la vida cotidiana.
MONCLOVA, COAH.- Antes de que los teléfonos celulares se convirtieran en el principal recurso para consultar la hora, los relojes de pulso y de bolsillo ocupaban un lugar especial en la vida cotidiana. Detrás de su funcionamiento estaban personas capaces de desarmarlos, identificar sus fallas y devolverles la vida. Uno de ellos es Ernesto Arreola, quien a sus 75 años acumula aproximadamente 61 años de trayectoria en la relojería.
“Empecé como de los 14, más o menos”, recuerda al hablar de sus primeros años en un oficio al que dedicó gran parte de su vida.
Desde entonces, su trabajo ha pasado por distintas etapas. En sus mejores tiempos, la reparación de relojes representaba una actividad constante, con clientes que acudían para mantener en funcionamiento sus piezas, algunas de ellas de gran valor sentimental.
Su experiencia no se limitó a los relojes de pulso. También trabajó con relojes de bolsillo y mecanismos grandes de péndulo, además de realizar reparaciones de joyería.
Entre sus clientes estuvieron los ferrocarrileros, quienes llevaban sus relojes para recibir mantenimiento. Esos trabajos, recuerda durante la conversación, contribuyeron al crecimiento del negocio y permitieron consolidar una actividad que también se convirtió en sustento familiar.
El trabajo requería dedicación y largas jornadas. Su esposa recuerda que, cuando había reparaciones pendientes, Ernesto podía comenzar por la tarde y continuar hasta la madrugada para terminar los encargos.
“Empezaba desde la tarde hasta la madrugada, terminando los trabajos”, relata al recordar aquellos años en los que la reparación de relojes formaba parte de la rutina diaria.
Con el paso del tiempo, el negocio también incorporó otros productos, como ropa, con la intención de ofrecer variedad a los clientes y generar más ingresos.
EL CELULAR CAMBIÓ LA RELOJERÍA
La llegada de los teléfonos celulares transformó los hábitos de las personas y redujo la demanda de relojes tradicionales. Consultar la hora dejó de requerir un accesorio en la muñeca y comenzó a ser tan sencillo como sacar el teléfono del bolsillo.
“Los teléfonos bajaron bastante los relojes, digamos, de la venta”, reconoce Ernesto sobre los cambios que ha experimentado el oficio.
Actualmente, explica, las reparaciones han disminuido y buena parte de su actividad se concentra en el cambio de pilas y la atención de los relojes que todavía llegan al establecimiento.
Aun así, no todo está perdido para los relojes tradicionales. El propio Ernesto ha escuchado a clientes que, después de sufrir caídas o daños en sus teléfonos, deciden volver a utilizar uno para consultar la hora.
“Por andar con el celular y no tener reloj se les han caído, se les han roto los teléfonos”, comenta al recordar lo que le cuentan algunas personas que regresan en busca de un reloj.
Para él, estos casos muestran que, aunque la tecnología ha cambiado las costumbres, todavía hay quienes encuentran utilidad en llevar un reloj de pulso.
PIEZAS QUE CONSERVAN SU HISTORIA
Durante la entrevista, Ernesto muestra un reloj antiguo que calcula podría ser de alrededor de 1955. La pieza ha recibido varias reparaciones y conserva detalles que reflejan el trabajo minucioso que requiere mantener en funcionamiento un mecanismo de este tipo.
Al señalar una de sus partes, explica que tuvo que soldarla para darle mayor seguridad y evitar que volviera a desprenderse.
La experiencia adquirida durante décadas le permitió conocer distintas marcas y mecanismos, así como atender piezas que hoy son difíciles de encontrar en el mercado.
Aunque algunos modelos tradicionales prácticamente han desaparecido de la oferta habitual, todavía existen personas interesadas en conservarlos, ya sea por su funcionamiento, su diseño o el valor que tienen para sus propietarios.
A sus 75 años, Ernesto Arreola continúa ligado a una actividad que comenzó cuando era adolescente. Su historia es también la de un oficio que tuvo que adaptarse a los cambios tecnológicos sin perder por completo su lugar.
Después de aproximadamente 61 años entre relojes, reparaciones y clientes, su trayectoria deja constancia de una vida dedicada al trabajo y de una tradición que, aunque ya no tiene el mismo auge, sigue encontrando motivos para mantenerse vigente.
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