— Jean Meyer 18/10/2026
Marc Bloch, el santo patrón de los historiadores, escribía en 1935 en una carta a su amigo Lucien Febvre: “Sueño con escribir un artículo sobre el cine. Sí, quiero a las imágenes. Lo que pienso es que el cine es uno de los más curiosos fenómenos de nuestro tiempo y uno de los más maravillosos barómetros culturales y sociales a nuestra disposición”. Sabemos que fue un gran cinéfilo que frecuentaba las salas oscuras tan populares entonces.
Noventa años más tarde, a finales de 2025, el Papa León XIV manifestó el mismo interés. Había ya recibido a Al Pacino, Robert de Niro y Martín Scorsese, autor del documental “Aldeas. El último sueño del Papa Francisco”, y les había alentado en perseverar en su papel artístico y social. Había dicho que, entre muchas otras, cuatro películas figuran entre sus preferidas, en orden cronológico: “Qué bella es la vida”, de Frank Capra, con el inolvidable James Stewart; “Sonrisas y lágrimas” de Robert Wise con Julia Andrews; “Gente corriente” de Robert Redford, y “La vida es bella” de Roberto Benigni.
Empezó su breve y contundente discurso de unos diez minutos recordando que, 130 años antes, los hermanos Lumière habían realizado la primera proyección pública, un 28 de diciembre de 1895, en París. Estaban presentes Mario Bellochio, Mónica Bellucci, Cate Blanchett, Emir Kusturica, Spike Lee, Viggo Mortensen, Gus van Sant y otros más para escucharlo hablar del Séptimo Arte como taller de esperanza, lenguaje de paz y lazo social. El Papa los saludó como “peregrinos de la imaginación, buscadores de sentido, narradores de esperanza, mensajeros de humanidad”. Celebró la dimensión comunitaria de la labor cinematográfica, “una obra coral en la que nadie se basta a sí mismo”, evocando “la dedicación silenciosa de cientos de profesionales”, sin olvidar a nadie, al lado del director y de los actores. Por cierto, estaban presentes 160 actores, directores y técnicos de todos los gremios.“El cine es un arte popular en el sentido más noble, que nace para todos y habla a todos… Cuando se enciende en la oscuridad la linterna mágica del cine, se inflama al mismo tiempo la mirada del alma porque el cine sabe unir lo que parece ser solo entretenimiento con la narración de nuestra aventura espiritual (…) Me alegra pensar que el cine no es solamente moving pictures; es poner en movimiento la esperanza”. Más adelante dijo que “el cine cuando es auténtico, no solo consuela, interpela (…) el misterio de la experiencia humana que ustedes atraviesan con una mirada penetrante, capaz de reconocer la belleza en los pliegues del dolor, la esperanza dentro de las tragedias de la violencia y de las guerras”.
Manifestó su preocupación por el futuro de las salas de cine, lugares de encuentro social y de comunión emocional. “Son estructuras culturales, corazones palpitantes de nuestros territorios, porque contribuyen a su humanización. Si una ciudad está viva, es también gracias a sus espacios culturales”. “Pero sufren una preocupante erosión que las arrebata a ciudades y barrios (…) Invito a las instituciones a no resignarse y a cooperar para afirmar el valor social y cultural de esta actividad”.
Tiene toda la razón, porque ver las películas en las pantallas digitales, en su casa, es perder la experiencia comunitaria de la sala oscura. “El cine es mucho más que una simple pantalla: es un cruce de deseos, memorias e interrogantes, una búsqueda sensible en la que la luz perfora la oscuridad y la palabra se encuentra con el silencio”.
Sólo en sala, puedes sentir, escuchar “la belleza del viento moviéndose entre los árboles”. Así León XIV cita al pionero del cine, David W. Griffith, antes de prolongarlo con el evangelista Juan: “El viento sopla donde quiere y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va.” “Queridos maestros, antiguos y nuevos, hagan del cine un arte del Espíritu”.
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