— Daniela Cordova 17/10/2026
Lejos de su familia, el joven colombiano enfrenta una travesía difícil, sostenido por la fe y la ilusión de cumplir sus sueños.
A sus 22 años, Andrés Felipe Torres permanece en la Casa del Migrante de la parroquia del Verbo Encarnado, en Ciudad Frontera, Coahuila, a la espera de que su amigo se recupere de una fractura para continuar juntos el camino hacia Estados Unidos. Detrás de esa pausa hay una historia de sacrificios, una familia que lo espera en Colombia y un sueño que se niega a abandonar: triunfar en la música.
Andrés salió de Santa Marta, Colombia, cuando tenía 20 años. No llevaba grandes recursos ni la certeza de lo que encontraría, pero sí la convicción de buscar oportunidades para desarrollar su talento musical.
Durante cuatro o cinco años había cultivado su gusto por el reguetón, el trap y los corridos, influenciado por los amigos de su barrio, donde comenzó a descubrir que cantar podía convertirse en algo más que una afición.
“Yo hago música, yo canto. En Colombia no hay tantas oportunidades como tal”, comparte. Su aspiración de progresar, sumada a la relación con un amigo productor musical en Estados Unidos, lo impulsó a emprender el viaje.

Una travesía llena de dificultades
Su recorrido comenzó hace dos años. Pasó por Guatemala, llegó a Tapachula y posteriormente se trasladó a Monterrey, donde permaneció durante dos años antes de decidir continuar hacia la frontera de Coahuila.
El plan era llegar a Piedras Negras y cruzar a Estados Unidos, pero un accidente cambió sus planes: su amigo cayó del tren y se fracturó un pie. Ahora, ambos esperan en Ciudad Frontera mientras reúnen las condiciones para retomar el camino.
La falta de dinero, las dificultades para trabajar y los riesgos de trasladarse en tren forman parte de una realidad que Andrés conoce de cerca. Aun así, procura que el miedo no lo paralice, aunque reconoce que viajar de esa manera es extremadamente peligroso.

La familia que lo espera
Lejos de su madre, su padre, sus abuelitos y el resto de sus seres queridos, el joven encuentra fortaleza en la fe y en las personas que los han ayudado durante su recorrido. Agradece el respaldo de la iglesia y del refugio, donde han encontrado apoyo durante estos días de espera. Para quienes migran sin recursos suficientes, la solidaridad puede representar una oportunidad para continuar cuando el camino parece detenerse. A su familia le pide que confíe en él y lo espere. No sabe cuándo llegará a su destino ni cuándo podrá regresar a casa, pero mantiene la esperanza de que sus esfuerzos tengan recompensa.
Andrés todavía tiene mucho camino por recorrer. Por ahora, su sueño permanece en pausa, no abandonado. Mientras espera la recuperación de su amigo, se aferra a la música y a la voluntad de salir adelante, con la esperanza de que algún día pueda volver a Santa Marta y demostrar que aquella decisión de partir tuvo un propósito.


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