— Azucena Uresti 08/10/2026
Morena tiene derecho a sumar políticos de cualquier procedencia, pero que no quiera entonces monopolizar la virtud y la ética.
Muchos cuadros, pero son los mismos de siempre. Morena presume músculo territorial, millones de afiliados y una cantera inagotable de políticos, pero cuando llegó el momento de escoger a quienes encabezarán sus trabajos rumbo a la renovación de 17 gubernaturas en 2027, optó por desempolvar y reutilizar una buena parte de sus cartas provenientes de los partidos que hoy tanto descalifica.
Resulta que 10 de los 17 coordinadores estatales que hoy ostentan la bandera guinda tienen sus orígenes en el PRI, PAN o el PRD. Específicamente seis provienen del "Sol Azteca", dos del blanquiazul y dos más del tricolor. Es decir, más de la mitad de los elegidos para convertirse en candidatos de la autollamada "Cuarta Transformación" comenzaron su trayectoria bajo otras siglas, acarreando con ello credenciales que hoy lucen caducas —y muchas veces incongruentes— frente a los ideales que pregona el oficialismo.
Claro que se puede cambiar de partido; los tránsfugas y chapulines son figuras perpetuas dentro de la política mexicana. Las personas pueden modificar sus convicciones, romper con sus dirigencias o encontrar otro proyecto político que más acomode a sus intereses —o que los salve del desempleo—, pero entonces Morena no puede presentarse como un partido de renovación si, en la práctica, hoy representa la continuidad de políticos formados en las estructuras que ahora señala como responsables de todos los males.
En Nuevo León, Morena eligió a Clara Luz Flores Carrales, exalcaldesa priista —que abandonó a su partido tras 22 años— y su candidata derrotada a la gubernatura en 2021.
En Campeche, a Pablo Gutiérrez Lazarus, quien llegó —la primera de tres ocasiones— a la presidencia municipal de Carmen con el PAN.
En Chihuahua, a Cruz Pérez Cuéllar, panista en sus orígenes, a los 46 años migró a Movimiento Ciudadano para buscar —y perder— la gubernatura del estado, y tres años después se fue a Morena con quien ganó dos veces la alcaldía de Ciudad Juárez.
La lista de origen perredista incluye a Nora Ruvalcaba (Aguascalientes), Beatriz Mojica (Guerrero), Carlos Torres (Michoacán), Imelda Castro (Sinaloa), Lorenia Valles (Sonora) y Ana Lilia Rivera (Tlaxcala). En el caso de Nayarit, Jasmine Bugarín pertenece hoy al Partido Verde, pero llegó al Congreso inicialmente con el PRI.
¿Qué explica que la mayoría de las coordinaciones recaiga en políticos formados en otros partidos? La dirigencia podrá responder que escogió a los mejor posicionados, y con ello asumir que más que capacidad o congruencia se busca ganar, y para ello Morena considera especialmente útiles a figuras con experiencia, reconocimiento y estructuras heredadas de sus adversarios.
Pero en el camino hay muchos heridos, como los militantes que organizaron comités, tocaron puertas y esperaron una oportunidad, o algunos cuadros políticos que apoyaron a Andrés Manuel López Obrador desde su campaña. Ahí está Tatiana Clouthier, quien construyó una buena parte de la aceptación de AMLO en el norte de la República y luego fue su secretaria de Economía. Y ahora… nada.
Morena tiene derecho a sumar políticos de cualquier procedencia, pero que no quiera entonces monopolizar la virtud y la ética mientras recicla a personajes del sistema que condena con tanta vehemencia. Usa a conveniencia el pasado partidista para descalificar al adversario, pero si uno de los perfiles aparece en el lado de su boleta automáticamente queda, según ellos, redimido.
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