¿Puede una guerra provocar progreso tecnológico?

— Agencias 04/10/2026

Una de las grandes preocupaciones hoy es que las máquinas sustituyan a los trabajadores.

Hace dos siglos, en Inglaterra, ocurrió algo parecido, aunque al revés: primero desaparecieron los trabajadores y luego llegaron las máquinas.

Entre 1793 y 1815 Gran Bretaña pasó buena parte del tiempo en guerra contra Francia y después contra Napoleón. La movilización fue enorme. En el punto más alto del conflicto, el ejército y la marina británica tenían más de 350 mil hombres empuñando armas, el equivalente a entre 10 y 14 por ciento de la fuerza laboral masculina adulta. Esos hombres, evidentemente, dejaron de trabajar en granjas, talleres y otros empleos civiles.

Tres economistas -Hans-Joachim Voth, Bruno Caprettini y Alex Trew- aprovecharon este episodio histórico para responder una pregunta que sigue siendo relevante: cuando el trabajo se vuelve escaso y caro, ¿las empresas reaccionan sustituyendo trabajadores por tecnología?

La idea parece obvia. Si contratar trabajadores cuesta más, comprar una máquina que haga parte de su trabajo se vuelve relativamente más atractivo. Pero demostrarlo no es tan fácil.

El problema es que los lugares que adoptan más tecnología pueden ser distintos desde el principio. Quizá tienen más dinero, mejores bancos, más inventores o mejores vías de comunicación. Si observamos que los salarios son altos y hay muchas máquinas, no podemos concluir automáticamente que los salarios altos provocaron la mecanización.

Los autores encontraron una forma ingeniosa de acercarse a la causalidad: la Royal Navy. Durante las guerras napoleónicas, la marina británica necesitaba una cantidad enorme de hombres. Antes de la guerra contaba con unos 16 mil marineros; en 1812 ya eran alrededor de 150 mil. Y no todos eran marineros experimentados: ante semejante necesidad de personal, la marina terminó reclutando también a hombres sin experiencia marítima, incluso mediante reclutamiento forzoso. Aquí entra la geografía.

Los grandes buques de guerra necesitaban aguas suficientemente profundas para acercarse a la costa. En algunos lugares podían fondear relativamente cerca; en otros, la poca profundidad los obligaba a mantenerse mucho más lejos. Eso hizo que ciertas comunidades fueran mucho más accesibles para la marina y, por tanto, estuvieran más expuestas al reclutamiento.

La profundidad del mar, desde luego, no fue decidida por los agricultores ingleses pensando en qué tan rápido querían mecanizar sus granjas.

Los investigadores utilizan precisamente esa diferencia geográfica para aislar el efecto del reclutamiento: comparan zonas costeras similares, pero con distinto acceso al mar profundo, controlando además por su distancia a la costa y por otras características económicas y geográficas. El resultado es bastante claro.

En los lugares donde la marina reclutó más hombres, quedaron relativamente menos hombres disponibles para trabajar y los salarios aumentaron. Los autores encuentran que pasar del percentil 25 al 75 de reclutamiento naval elevó los salarios agrícolas alrededor de 5 o 6 por ciento.

Y entonces llegaron las máquinas. Pero no cualquier máquina. Los economistas distinguen entre tecnologías que ahorran trabajo y tecnologías que permiten producir más sin necesariamente sustituir trabajadores. El reclutamiento militar está fuertemente asociado con la adopción de las primeras, pero no con las segundas. Cuando utilizan su estrategia basada en el acceso de los barcos al mar profundo, estiman que un aumento de una desviación estándar en el reclutamiento naval provocó un incremento de entre 0.6 y 1 desviación estándar en la adopción de maquinaria ahorradora de trabajo. Para las tecnologías que no ahorraban trabajo, el efecto no es estadísticamente significativo.

Si la guerra simplemente hubiera provocado más actividad económica o una ola general de modernización, esperaríamos encontrar más máquinas de todo tipo. Pero el aumento aparece precisamente en aquellas que sustituían el recurso que escaseaba: trabajadores.

El ejemplo más importante es la trilladora. Trillar -separar el grano de la paja- era una tarea intensiva en trabajo. Antes de la mecanización podía ocupar cerca de la mitad del trabajo agrícola durante los meses de invierno. Las nuevas trilladoras reducían drásticamente la cantidad de trabajo necesaria: testimonios de la época estimaban que una máquina podía hacer en dos meses lo que antes requería diez meses de trabajo humano.

En otras palabras, la guerra hizo más escasos a los trabajadores y esa escasez volvió más valioso reemplazar brazos por hierro. Hay, sin embargo, otra pieza importante de la historia. No basta con necesitar una máquina; alguien tiene que saber construirla, repararla, adaptarla y mejorarla.

Los autores encuentran que el efecto de la escasez laboral fue mayor en lugares donde ya existían más habilidades mecánicas: aprendices de oficios como herreros, relojeros y constructores de molinos, inventores locales y otros indicios de conocimiento técnico. Allí donde coincidieron la falta de trabajadores y la presencia de personas capaces de trabajar con maquinaria, la mecanización avanzó más rápido.

La necesidad, parece, puede ser la madre de la invención; pero ayuda bastante que haya alguien que sepa usar las herramientas. Esta es una lección para nuestros días: la inteligencia artificial tendrá mayores efectos ahí donde haya más personas que sepan sacarle provecho.

El efecto no terminó con Napoleón. Cuando las guerras acabaron y los hombres regresaron, las máquinas no desaparecieron. La mecanización continuó. Los lugares donde se habían adoptado antes más tecnologías ahorradoras de trabajo posteriormente mostraron maquinaria más productiva y una salida más rápida de trabajadores de la agricultura, aunque los propios autores son más cautos al interpretar causalmente estos efectos de largo plazo.

La historia tiene cierta ironía interesante. Las guerras napoleónicas retiraron trabajadores de la economía británica precisamente cuando el país comenzaba su transformación industrial. Uno podría imaginar que semejante escasez de mano de obra habría frenado el crecimiento. En algunas partes de Inglaterra ocurrió lo contrario: el encarecimiento del trabajo creó incentivos para mecanizarlo.

Dos siglos después seguimos discutiendo la relación entre tecnología y empleo, aunque normalmente desde el otro extremo: nos preocupa que los robots eliminen puestos de trabajo. La experiencia británica recuerda que la causalidad también puede ir en sentido inverso.

A veces las máquinas no llegan porque sobran. Llegan porque faltan manos.

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