El ejercicio regular puede modificar el sistema inmunológico a nivel celular

— Agencias 30/09/2026

La actividad física regular tiene efectos que van mucho más allá de mejorar la condición cardiovascular o ayudar a controlar el peso.

Un estudio publicado en septiembre de 2026 en Science Advances encontró evidencia de que el ejercicio habitual se relaciona con cambios en la función y regulación de las células del sistema inmunológico.

Los resultados ayudan a explicar algunos de los mecanismos biológicos mediante los cuales mantenerse físicamente activo puede favorecer la salud. Sin embargo, los hallazgos no significan que el ejercicio vuelva al organismo inmune a las enfermedades ni permiten afirmar que estos cambios sean responsables por sí solos de una menor incidencia de enfermedades.

¿Cómo puede modificar el ejercicio al sistema inmunológico?

Los investigadores analizaron información del Chinese Immune Multi-omics Atlas (CIMA), que integra diferentes tipos de datos moleculares relacionados con el sistema inmunitario.

En un grupo de adultos jóvenes sanos se compararon personas con hábitos de actividad física con participantes sedentarios. Los investigadores identificaron diferencias en características moleculares y epigenéticas de determinadas células inmunitarias.

Los cambios epigenéticos se refieren a modificaciones que pueden alterar la actividad de determinados genes sin cambiar la secuencia del ADN. El hallazgo sugiere que la actividad física habitual puede contribuir a modificar la manera en que las células inmunitarias responden a diferentes estímulos.

Las células NK también podrían beneficiarse

Entre las células estudiadas se encuentran las células asesinas naturales o NK, un componente importante de la inmunidad innata.

Estas células participan en la identificación y eliminación de determinadas células infectadas por virus y células tumorales.

La actividad física puede modificar la distribución, metabolismo y función de las células NK. Otros estudios experimentales también han investigado cómo el entrenamiento puede mejorar su capacidad de utilizar energía y responder a determinadas señales inflamatorias.

Esto no significa que hacer ejercicio prevenga directamente el cáncer o las infecciones, pero ayuda a comprender uno de los mecanismos biológicos potencialmente relacionados con los beneficios de la actividad física.

Músculo, metabolismo e inmunidad están conectados

El músculo esquelético no funciona únicamente como tejido encargado del movimiento. Durante la actividad física libera diversas moléculas señalizadoras conocidas como mioquinas, además de otras sustancias que forman parte del conjunto de señales denominado exerquinas.

Estas moléculas participan en la comunicación entre el músculo y otros tejidos, incluido el sistema inmunológico y el tejido adiposo.

El ejercicio también modifica el metabolismo de la glucosa y los lípidos y puede influir en procesos relacionados con la inflamación. Por ello, sus efectos sobre la salud probablemente sean el resultado de la interacción de múltiples sistemas, y no de un único mecanismo.

¿Puede reducir las infecciones?

La evidencia disponible indica que las personas físicamente activas pueden presentar menor riesgo de algunas infecciones respiratorias en comparación con personas con bajos niveles de actividad. Sin embargo, la magnitud del efecto varía entre estudios y depende de factores como edad, intensidad del ejercicio, estado de salud y exposición a agentes infecciosos.

También es importante diferenciar los efectos de una sesión individual de los producidos por el entrenamiento habitual.

Después de una sesión de ejercicio pueden producirse cambios transitorios en la cantidad y distribución de distintas células inmunitarias en la sangre. El entrenamiento mantenido durante meses o años puede producir adaptaciones diferentes y más persistentes.

¿Cuánto ejercicio se recomienda?

Las recomendaciones generales para adultos suelen situarse alrededor de 150 a 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o 75 a 150 minutos de actividad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.

Caminar a paso rápido, andar en bicicleta o nadar pueden alcanzar una intensidad moderada en determinadas personas, mientras que correr o realizar actividades de mayor intensidad puede entrar en la categoría vigorosa.

No es necesario comenzar con estas cantidades si una persona es sedentaria. Incluso aumentar progresivamente la actividad física puede aportar beneficios.

La constancia parece ser más importante que los esfuerzos aislados

Los efectos sobre la salud no dependen de realizar entrenamientos extremos ocasionalmente. La actividad física mantenida a lo largo del tiempo se relaciona con beneficios cardiovasculares, metabólicos, musculares y potencialmente inmunológicos.

Por ello, una persona que actualmente es sedentaria puede beneficiarse de comenzar con períodos cortos de caminata y aumentar gradualmente la duración e intensidad según su condición física.

Más ejercicio no siempre significa más beneficios: entrenamientos excesivos sin recuperación adecuada pueden producir fatiga, lesiones y otros problemas.

¿Podría existir algún día un "ejercicio en una pastilla"?

Los mecanismos moleculares activados por la actividad física han despertado interés científico en el desarrollo de tratamientos que puedan reproducir algunos de sus efectos biológicos.

Las exerquinas y otras moléculas producidas durante el ejercicio son objeto de investigación, pero la idea de una "pastilla de ejercicio" todavía pertenece al terreno experimental.

Una intervención farmacológica difícilmente reproduciría todos los efectos de la actividad física, que incluyen adaptaciones musculares, cardiovasculares, metabólicas, neurológicas y psicológicas.

¿Qué significa esto para la salud?

La investigación aporta una pieza más para comprender por qué la actividad física se asocia con una mejor salud a largo plazo. El ejercicio puede modificar el metabolismo, la inflamación y determinadas características de las células inmunitarias, además de mejorar la función cardiovascular y muscular.

Pero estos hallazgos no convierten al ejercicio en un tratamiento contra las infecciones, el cáncer o las enfermedades autoinmunes, ni sustituyen las medidas preventivas y tratamientos médicos establecidos.

Para la mayoría de las personas, la conclusión práctica sigue siendo sencilla: incorporar actividad física de manera regular, progresiva y sostenible puede beneficiar numerosos sistemas del organismo.

En el caso de la población mexicana, donde enfermedades como obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular representan importantes problemas de salud pública, promover una mayor actividad física puede contribuir a reducir múltiples factores de riesgo.

El beneficio no depende de entrenar de manera extrema: caminar más, reducir el sedentarismo y realizar ejercicio aeróbico y de fuerza de forma constante son estrategias que pueden generar adaptaciones importantes a lo largo del tiempo.

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