Sheinbaum: ¿micromanager?

— Mario Maldonado 25/09/2026

En una reunión con empresarios, la presidenta Claudia Sheinbaum dejó claro su nivel de involucramiento en el gobierno. Sus interlocutores querían saber con quién resolver los trámites, permisos y problemas de agua y energía que frenaban sus proyectos. “Yo soy la jefa del Gabinete y me encargaré personalmente de que todo funcione”, respondió la mandataria. Los empresarios seguirían reuniéndose con ella y los secretarios y funcionarios recibirían las instrucciones.

Así funciona buena parte del gobierno federal. La Presidenta pide información, revisa avances, hace observaciones y toma decisiones. Ese método lo trasladó de la Jefatura de Gobierno capitalina a Palacio Nacional, con todo lo que eso significa. El seguimiento también tiene que ver con asuntos a cargo de colaboradores de toda su confianza.

Según información de su entorno, Sheinbaum se reúne con Paulina Silva, coordinadora general de Comunicación Social, para revisar uno por uno los presupuestos publicitarios de los medios. Analiza asignaciones, comportamiento de los periodistas y valora la estrategia de comunicación. Alfonso Brito opera después la relación con los medios. La decisión sobre los recursos se mantiene en el ámbito presidencial.

La Presidenta participa y toma decisiones en el gabinete de seguridad; también revisa con el canciller Roberto Velasco la política exterior. En su círculo reconocen que busca fortalecer los resultados diplomáticos. Con Marcelo Ebrard define la línea del T-MEC, el comercio y la política industrial. Los responsables presentan propuestas y ella toma la decisión final.

En Hacienda, Édgar Amador recibe las directrices de la política económica. La revisión del gasto llega directamente con Bertha Gómez Castro, subsecretaria de Egresos, y a Antonio Martínez Dagnino, jefe del SAT, tira línea con la recaudación de los grandes contribuyentes. Los impuestos y la miscelánea fiscal pasan por esa supervisión. La Presidenta busca conocer cómo se obtienen y utilizan los recursos públicos.Los gobernadores conocen la dinámica. Sheinbaum los llama, pide cuentas sobre proyectos de agua, electricidad, carreteras e infraestructura y señala prioridades. El seguimiento puede destrabar obras y coordinar las agendas federal y estatales. También implica que ajustes relevantes vuelvan a consultarse en Palacio Nacional.

Con los programas sociales ocurre algo parecido. Revisa el ejercicio de los recursos, los apoyos y las pensiones, que son prioridades de su gobierno. En las reuniones de seguimiento, los funcionarios llevan avances y propuestas. La decisión final queda en sus manos.

Ese estilo de microgestión se sigue también en la operación partidista. La Presidenta recibe aspirantes y coordinadores, revisa perfiles y participa en definiciones rumbo a 2027, según versiones de su entorno. Los dirigentes hacen sus cálculos, pero procuran conocer su opinión. Lo mismo sucede con los coordinadores parlamentarios para impulsar las prioridades presidenciales.

Su secretario particular, Carlos Augusto Morales, el jefe de la Oficina de la Presidencia, Lázaro Cárdenas Batel, y sus asesores conocen —y padecen— esa dinámica. Pueden plantear diferencias o sugerencias, pero la Presidenta conserva la última decisión. La cercanía no siempre implica autonomía para resolver.

El micromanagement, o microgestión, consiste en controlar de manera tan minuciosa el trabajo de los colaboradores que se reduce su autonomía para decidir. En un gobierno, esa práctica puede convertir a los secretarios en funcionarios pendientes de autorización, retrasar soluciones y desalentar opiniones que contradigan a la superior. También diluye responsabilidades. Siempre queda la explicación de que falta el visto bueno presidencial. El gabinete puede terminar más preocupado por anticipar lo que quiere escuchar la jefa que por advertirle lo que está saliendo mal.

Para una jefa de Estado, acumular decisiones puede hacer perder la brújula sobre lo verdaderamente importante. Cada hora dedicada a una asignación publicitaria, un trámite o una disputa entre aspirantes compite con el tiempo necesario para preparar una negociación comercial, atender una crisis diplomática o anticipar cambios en la relación con Estados Unidos. Los detalles pueden absorber la atención mientras los problemas estratégicos avanzan. Una Presidenta que concentra demasiadas decisiones corre el riesgo de llegar tarde a aquellas que nadie más puede tomar por ella.

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