Norma Alicia Moreno: 40 años de impunidad

— Agencias 20/09/2026

El meteorológico avisó desde temprano. El 17 de julio de 1986 sería un día bien caliente en Matamoros, Tamaulipas: los termómetros ya marcaban 28 grados cuando aún no eran ni las 07:00 de la mañana.

David López del Cid, jefe de Redacción de El Popular, caminaba a esa hora rumbo a las oficinas del diario. Una camioneta tocó el claxon a su paso. Ernesto y Norma lo saludaron y agitaron levemente sus manos. Yo también iba en camino hacia el periódico. Me había entretenido en casa y llevaba un retraso de 10 minutos. Llegaría tarde, después de las 07:00 de la mañana, la hora de entrada a un vespertino que debía circular en las calles a las 12:30. Bajé de la pesera en la calle Primera, en la ruta que llega hasta el Puente Internacional con Brownsville, Texas. Un inusual silencio se percibía, poca gente caminando: apresuré el paso para cubrir los 100 metros que faltaban. A la distancia, alcancé a ver que sobre la calle Vizcaya estaba la pequeña camioneta Ford Bronco del director Ernesto Flores Torrijos, con la puerta del copiloto abierta. También la de él.

En el exterior yacían los cuerpos de Ernesto y de Norma Alicia Moreno Figueroa, la jefa de Información de El Popular. Él estaba bocarriba, con los brazos extendidos; ella quedó acurrucada, pegada a la llanta trasera. Cuando corrí hacia la camioneta, el subdirector José Ángel Leal me detuvo: "No te puedes acercar, ya viene la policía: están muertos".

La policía informó más tarde que dos hombres vestidos con ropa deportiva los esperaban; al verlos llegar se dirigieron hacia ellos y los asesinaron: a él, con 23 impactos; a ella, con 12, ambos con tiro de gracia. Utilizaron armas calibre 45 y .9 mm.

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Minutos después del asesinato, la redacción se encontraba en shock. Los reporteros sollozábamos; apenas conversábamos, sin entender lo que estaba pasando. Una sensación de frustración y miedo se extendía por la oficina.

López del Cid, el jefe de Redacción, recorría los escritorios y nos alentaba a que continuáramos escribiendo en las enormes máquinas Remington: "Hay que seguir, el periódico tiene que salir".

Minutos antes, el subdirector Leal y López del Cid se habían reunido con Amelia Flores, la esposa de Ernesto Flores, y habían acordado que el vespertino debía salir ese jueves. "Aunque sea tarde, es lo que Ernesto hubiera querido y no les vamos a dar el gusto de callar", repetía. Ese día se imprimió la edición 957.

El Popular salió a las calles a las 16 horas con fotografías que mostraban explícitamente los dos cuerpos. Ernesto y Norma se sumaban a una pequeña lista de periodistas asesinados que no pararía de crecer hasta 2026, cuando los nombres se acumulan y suman más de 181 sólo del año 2000 a la fecha. El caso de Norma tendría una característica particular: ella, una joven de 24 años, sería la primera mujer periodista en México víctima de violencia letal.

Cuarenta años han pasado desde entonces... 40 años de plena impunidad.

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El 16 de mayo de 1986, Norma Alicia había terminado un tercer cigarrillo y la quinta nota del día con un dejo de fastidio. La jefa de Información de El Popular concluía la mitad de su jornada en el vespertino y se dirigía a almorzar a uno de sus lugares preferidos: "Aquí es Don Simón", en la calle Primera y Terán, a 10 minutos del periódico y a pocos metros de la casa de sus padres.

Como parte de mi entrenamiento como reportera, esa semana me tocaba acompañarla. "Vamos a pasar a ver a mi mamá", me dijo Norma. Laurentino Moreno y Margarita Figueroa tuvieron seis hijos, de los cuales Norma Alicia era la mayor. Vivían en el centro de Matamoros. Él se dedicaba a la pesca y la madre era ama de casa.

Ese día, Norma subió a su Renault color azul y tomó la calle Primera. Unas cinco cuadras más adelante, a la altura de la Central de Autobuses, las paredes empezaron a estar inusualmente llenas de anuncios de papel. Al avanzar, crecía el número de volantes. A medida que nos acercábamos a la casa de sus padres, la cantidad aumentó enormemente.

Cientos de volantes en postes, en paredes, en los aparadores de comercios. Finalmente, detuvo el auto y pudimos ver de cerca las hojas: se reconoció con sus facciones serias, su cabello corto y su camisa blanca. El panfleto decía: "Conózcala, es una mala persona, se dice periodista y además es lesbiana".

La ruta de los panfletos terminaba en casa de sus padres. Quedé impactada. Sentí dolor y vergüenza por lo que acababa de leer.

Ella decidió no bajar a saludar a sus padres y sólo me dijo: "Te voy a regresar al periódico". A partir de ese momento, Norma dejó de visitar a su familia y amigos; los compensaba con llamadas. Le preocupaban en particular sus tres hermanas y sus dos hermanos.

A partir del primer aviso, la seriedad de Norma se convirtió en hosquedad y tristeza. Doña Margarita contaba que su hija evitaba el contacto: "Cuando aparecieron los volantes pegados en las paredes, fue un golpe terrible para mí y para mi hija. A ella le dolía lo que se dijera por sus hermanos, por nosotros. Desde esa fecha sentí una angustia, le pedía a Dios que no le fuera a pasar nada a mi hija, que sólo quedara en eso", compartió en una entrevista con la revista Gente en julio de 1992, seis años después del homicidio.

Los panfletos, de acuerdo con el testimonio de reporteros de aquel entonces, se elaboraron en la imprenta municipal que dependía de la oficina de Comunicación Social del ayuntamiento de Matamoros, encabezado en ese momento por Jesús Roberto Guerra Velasco, sobrino de Juan Nepomuceno Guerra Cárdenas, Don Juan, fundador del Cártel de Matamoros.

Los panfletos dejaron un rastro. No sería el único. En junio de 1986, tres semanas después de la pega de los panfletos, la intentaron secuestrar. Mientras circulaba por la calle Primera, a una cuadra del periódico El Bravo, un grupo de jóvenes le cerró el paso a su auto; ella se bajó y corrió a refugiarse en las instalaciones del diario.

El acecho aumentaba sobre Norma y sobre El Popular, cuyo director le había comentado a su esposa unos 15 días antes del asesinato que tanto él como la jefa de Información recibían llamadas telefónicas de amenazas.

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Era 1978 y Norma Alicia se embarcaba en el periodismo, al ingresar al diario El Bravo con sólo 16 años, aunque estuvo poco tiempo. Cubría eventos sociales y eso no le agradaba.

Luego de un par de años, retomó el periodismo: se incorporó como reportera en la estación XEEW Radio, propiedad del empresario y político Jorge Cárdenas, exdiputado federal y dos veces alcalde de Matamoros.

Le asignaron la cobertura de la fuente política, pero las restricciones y la censura que le imponían los directivos la forzaron a buscar nuevamente una salida.

Se encontró entonces con Ernesto Flores, quien había fundado El Popular y le ofreció irse a trabajar con él. Ya corría 1984 y Norma Alicia tenía sólo 22 años. "Ernesto le insistía en que fuera a trabajar, pero ella le decía que si aceptaba tenía que ser bajo sus condiciones, o sea que no le fueran a cortar lo que ella escribía", contó doña Margarita.

Norma Alicia aceptó la oferta. Aparte de ser jefa de Información del vespertino, escribiría una columna política, titulada Buscando Caminos, desde la cual hacía críticas a las autoridades locales, particularmente al alcalde Guerra Velasco; se hacía eco de denuncias de corrupción en las aduanas y en la policía; abordaba la manera en que los grupos criminales dedicados al narcotráfico actuaban con impunidad en el estado, por ejemplo.

Aunque es casi imposible encontrar más de un puñado de sus columnas, unos días después de su asesinato el corresponsal de Proceso en Matamoros dejó constancia de qué trató la última columna de Norma. En ella apuntó directamente a la Policía Municipal: del jefe de ese cuerpo dijo que había "conseguido el puesto sólo por ser el chofer del alcalde" y del subjefe comentó que era un "delincuente y matón a sueldo".

Para su familia no pasaban inadvertidos los riesgos que corría: pero Norma, comentó su madre, quería cambiar las cosas, "quería que los políticos rindieran cuentas; por eso criticaba muy abierto, muy directo".

La madre le pedía que escribiera con seudónimo, pero la respuesta de Norma no dejaba mucho margen: "Me contestaba que eso no iba con ella, que eso era de cobardes".

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