— Agencias 06/09/2026
La esperanza de vida no depende únicamente de la genética. Las decisiones cotidianas y los hábitos que se mantienen durante años también pueden influir de manera importante en la salud y en el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas.
Diversas investigaciones han relacionado determinados comportamientos con una mayor probabilidad de padecer problemas cardiovasculares, metabólicos, respiratorios y de salud mental. La buena noticia es que muchos de estos factores pueden modificarse.
A continuación, se presentan diez hábitos que conviene revisar para favorecer un envejecimiento más saludable.
1. Pasar demasiado tiempo sentado
La falta de actividad física y los periodos prolongados de sedentarismo se encuentran entre los factores relacionados con un mayor riesgo de enfermedad y mortalidad prematura.
Permanecer sentado durante muchas horas puede contribuir al aumento de peso y afectar negativamente distintos aspectos de la salud cardiovascular y metabólica. El riesgo puede ser mayor cuando el sedentarismo se combina con una actividad física insuficiente.
Por ello, no solo importa hacer ejercicio: también es recomendable interrumpir regularmente los periodos prolongados de estar sentado, caminar y mantenerse activo durante el día.
Incluso pequeños periodos de movimiento pueden ser útiles para reducir el tiempo sedentario acumulado.
2. Mantener una alimentación basada en ultraprocesados
Una alimentación con un consumo elevado de productos ultraprocesados puede favorecer el exceso de calorías, sodio, azúcares añadidos y grasas poco saludables, especialmente cuando desplaza a alimentos frescos o mínimamente procesados.
Diversos estudios han encontrado asociaciones entre un consumo elevado de ultraprocesados y un mayor riesgo de obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y otros problemas de salud.
Esto no significa que un alimento procesado ocasionalmente sea peligroso. El problema está principalmente en el patrón alimentario habitual.
Una alimentación variada, basada en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos, proteínas de buena calidad y otros alimentos mínimamente procesados puede contribuir a proteger la salud a largo plazo.
3. Fumar
El tabaquismo continúa siendo uno de los principales factores prevenibles asociados con enfermedad y muerte prematura.
El humo del tabaco contiene numerosas sustancias tóxicas capaces de dañar los pulmones y los vasos sanguíneos. Fumar aumenta el riesgo de cáncer, enfermedad pulmonar crónica, infarto y accidente cerebrovascular, entre otras complicaciones.
Abandonar el cigarrillo produce beneficios incluso después de años de consumo. Con el tiempo, disminuye el riesgo de desarrollar diversas enfermedades relacionadas con el tabaco.
Por eso, dejar de fumar es una de las decisiones con mayor impacto positivo sobre la salud y la expectativa de vida.
4. Consumir alcohol en exceso
El consumo elevado de alcohol puede afectar diferentes órganos y sistemas del organismo.
El hígado es uno de los principales afectados, pero las consecuencias también pueden involucrar al corazón, el cerebro y otros tejidos. El consumo excesivo y prolongado se ha relacionado con enfermedades hepáticas, hipertensión, algunos tipos de cáncer y trastornos relacionados con el consumo de alcohol.
Por ello, reducir el consumo puede disminuir determinados riesgos. Para algunas personas, especialmente aquellas con antecedentes o condiciones médicas específicas, evitar completamente el alcohol puede ser la opción más adecuada.
La cantidad, frecuencia y contexto del consumo son importantes, por lo que no es recomendable asumir que todas las personas presentan el mismo nivel de riesgo.
5. Dormir de forma insuficiente
El sueño cumple funciones esenciales para el organismo, incluyendo procesos relacionados con la memoria, la regulación metabólica, el sistema inmunitario y la recuperación física.
Dormir habitualmente menos de lo necesario puede asociarse con problemas de concentración, alteraciones del estado de ánimo y un mayor riesgo de determinados problemas metabólicos y cardiovasculares.
En los adultos, las necesidades pueden variar, pero generalmente se recomienda dormir alrededor de siete a nueve horas por noche.
Además de la cantidad, también importa la calidad del sueño. Mantener horarios relativamente regulares, limitar la exposición a pantallas antes de dormir y crear un ambiente adecuado puede ayudar a mejorar el descanso.
6. Mantener niveles elevados de estrés durante mucho tiempo
El estrés forma parte de la vida cotidiana y no siempre es perjudicial. El problema aparece cuando se mantiene de manera intensa y prolongada sin periodos suficientes de recuperación.
El estrés crónico puede afectar el sueño, el estado de ánimo y diversos procesos fisiológicos. También puede contribuir indirectamente a conductas poco saludables, como fumar, consumir alcohol, comer en exceso o realizar poca actividad física.
Aprender a manejarlo mediante actividad física, descanso adecuado, técnicas de relajación, apoyo social o atención psicológica cuando sea necesario puede ayudar a proteger el bienestar general.
7. Aislarse socialmente
Las relaciones sociales también forman parte de una vida saludable.
La soledad persistente y el aislamiento social se han relacionado en distintos estudios con un mayor riesgo de problemas de salud física y mental, además de una mayor mortalidad.
Sin embargo, no todas las personas necesitan el mismo nivel de interacción social. Lo importante es contar con vínculos significativos y redes de apoyo que permitan compartir experiencias, recibir ayuda y mantener contacto con otras personas.
Participar en actividades familiares, comunitarias, recreativas o sociales puede ser una forma de fortalecer estas conexiones.
8. Evitar las revisiones médicas
Algunas enfermedades pueden avanzar durante años sin producir síntomas evidentes. La hipertensión arterial, las alteraciones del colesterol y algunas lesiones precancerosas son ejemplos de problemas que pueden detectarse antes de provocar complicaciones.
Por esta razón, las consultas preventivas y las pruebas de detección recomendadas según la edad, antecedentes y factores de riesgo pueden ser importantes.
No todas las personas necesitan exactamente los mismos estudios ni una revisión médica con la misma frecuencia. La prevención debe individualizarse de acuerdo con las características de cada paciente.
9. Pasar demasiado tiempo frente a las pantallas
El uso excesivo de dispositivos electrónicos puede convertirse indirectamente en un problema cuando desplaza actividades importantes como dormir, hacer ejercicio, convivir o descansar.
Pasar muchas horas frente a una pantalla también puede favorecer el sedentarismo, provocar fatiga visual y contribuir a molestias musculares o posturales.
Además, utilizar dispositivos cerca de la hora de dormir puede dificultar el descanso en algunas personas, especialmente por la exposición a luz y por la estimulación mental asociada con el contenido.
Por ello, establecer periodos sin pantallas, levantarse regularmente y evitar su uso inmediatamente antes de dormir puede ser una estrategia útil.
10. No prestar atención a la hidratación
El agua es indispensable para numerosas funciones del organismo. Una deshidratación importante puede afectar la circulación, la regulación de la temperatura corporal y el funcionamiento de distintos órganos.
Sin embargo, no existe una cantidad universal de agua que todas las personas deban beber diariamente. Las necesidades dependen de factores como el clima, la actividad física, la alimentación, la edad y determinadas condiciones médicas.
La recomendación de beber exactamente dos litros de agua al día no debe interpretarse como una regla rígida para toda la población.
Una forma sencilla de mantener una hidratación adecuada es beber regularmente y prestar atención a señales como la sed y el color de la orina, teniendo en cuenta que algunas enfermedades y medicamentos pueden modificar estas referencias.
La longevidad también depende de los hábitos acumulados
Ninguno de estos factores determina por sí solo cuánto vivirá una persona. La longevidad es el resultado de una combinación de genética, entorno, condiciones médicas, acceso a la atención sanitaria y hábitos mantenidos durante largos periodos.
Más que buscar una rutina perfecta, lo importante es identificar los comportamientos que pueden modificarse y realizar cambios sostenibles: moverse más, dormir adecuadamente, evitar el tabaco, moderar o evitar el alcohol, mantener una alimentación equilibrada, cuidar las relaciones sociales y acudir a revisiones preventivas cuando corresponda.
Los pequeños cambios mantenidos durante años pueden tener un impacto mucho mayor que las modificaciones extremas que solo se mantienen durante unas semanas.
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