— Agencias 01/09/2026
Un cambio brusco de dirección, un salto, una aceleración o incluso un apoyo que parece cotidiano pueden someter al tendón de Aquiles a una carga considerable. Cuando la capacidad del tejido para soportar esa fuerza no es suficiente, puede producirse una rotura que obligue al deportista a permanecer fuera de competencia durante varios meses.
En los últimos años, esta lesión ha afectado a numerosas figuras del deporte y ha puesto nuevamente el foco sobre la resistencia de una estructura fundamental para caminar, correr, saltar y cambiar de dirección.
Uno de los casos más recientes fue el de Tyrese Haliburton, de los Indiana Pacers, quien sufrió una rotura del tendón de Aquiles derecho durante el séptimo partido de las Finales de la NBA de 2025. La lesión requirió cirugía y se estimó un periodo de recuperación de aproximadamente ocho a diez meses.
Haliburton se sumó así a una extensa lista de deportistas que han padecido esta lesión, entre ellos Kevin Durant, Kobe Bryant, Klay Thompson, David Beckham, Sergio Agüero y Fernando Gago, este último con tres roturas a lo largo de su carrera profesional.
La frecuencia de estos casos lleva a una pregunta importante: ¿qué ocurre en el tendón antes de que finalmente se produzca una ruptura?
Un tejido que se adapta más lentamente que los músculos
Los tendones son estructuras resistentes formadas principalmente por tejido conectivo que unen los músculos con los huesos y permiten transmitir la fuerza necesaria para producir movimiento.
Aunque son capaces de adaptarse al entrenamiento, esa adaptación no ocurre necesariamente al mismo ritmo que la de los músculos. Por ello, una persona puede sentir que su musculatura está preparada para aumentar la intensidad de sus sesiones mientras sus tendones todavía necesitan más tiempo para responder a las nuevas cargas.
Cuando el entrenamiento se repite con una recuperación insuficiente, el tejido puede acumular pequeñas alteraciones. Esto no significa que inevitablemente vaya a producirse una rotura, pero sí puede contribuir a que el tendón sea menos capaz de tolerar determinadas cargas.
Por esa razón, la progresión del entrenamiento y los periodos adecuados de recuperación son elementos importantes para la salud tendinosa.
No basta con entrenar para producir fuerza
Una de las ideas que han cobrado relevancia en la preparación deportiva es que el cuerpo no solamente debe aprender a generar fuerza, sino también a absorberla y controlarla.
El tendón de Aquiles participa especialmente en movimientos explosivos como correr y saltar. Sin embargo, también recibe una carga considerable cuando el deportista aterriza o desacelera.
Por ello, los programas de acondicionamiento pueden combinar diferentes estímulos:
Ejercicios de fuerza y trabajo excéntrico, como descensos controlados durante elevaciones de pantorrilla.Ejercicios destinados a mejorar la absorción de fuerzas, incluyendo saltos de menor intensidad y rebotes.Movimientos explosivos y aterrizajes, siempre adaptados al nivel y experiencia del deportista.
La progresión debe realizarse de manera individualizada. Introducir de forma repentina saltos de gran intensidad o cargas elevadas en una persona que no está preparada puede aumentar el riesgo de lesión.
Edad y sexo también influyen en la frecuencia de estas lesiones
Una investigación publicada en 2026 encontró que las roturas del tendón de Aquiles son considerablemente más frecuentes en hombres que en mujeres. La mayor incidencia se concentra entre los 30 y los 49 años, mientras que una proporción importante de las lesiones ocurre durante la práctica deportiva.
Estos datos describen tendencias poblacionales, pero no permiten determinar el riesgo individual de una persona únicamente por su edad o sexo. El historial de lesiones, el tipo de deporte, la carga de entrenamiento, la condición física y otros factores también son relevantes.
La salud metabólica podría desempeñar un papel
Además de la carga mecánica, la investigación ha comenzado a prestar mayor atención al estado metabólico y su posible relación con la salud de los tendones.
Uno de los factores estudiados es la glucosa elevada de manera persistente. Cuando existen concentraciones altas de glucosa durante periodos prolongados, pueden producirse reacciones entre los azúcares y las proteínas que favorecen la formación de productos finales de glicación avanzada, conocidos como AGE.
Estas moléculas pueden modificar las propiedades del colágeno. En los tendones, esto podría contribuir a una mayor rigidez y alterar la capacidad del tejido para responder a determinadas cargas.
Algunos estudios observacionales han encontrado una relación entre alteraciones de la glucosa y un mayor riesgo de problemas tendinosos. Sin embargo, estos resultados deben interpretarse con cautela: una asociación no demuestra que la glucosa elevada sea, por sí sola, la causa de una rotura.
También se investiga el posible papel del metabolismo de los lípidos. Experimentos realizados en animales han sugerido que determinadas dietas muy ricas en grasa pueden afectar propiedades del tendón y del colágeno, pero estos resultados no deben extrapolarse directamente a las personas ni interpretarse como que consumir grasa provoca automáticamente una lesión.
¿Qué parámetros pueden ser relevantes?
Cuando existen antecedentes de lesiones tendinosas, síntomas persistentes o sospecha de alteraciones nutricionales o metabólicas, un profesional puede considerar diferentes indicadores según el caso.
Entre los mencionados en este contexto se encuentran:
Hemoglobina glucosilada (HbA1c), relacionada con el control promedio de la glucosa.Vitamina D, cuya función participa en la salud musculoesquelética.Ferritina, utilizada principalmente para valorar las reservas de hierro.Algunos minerales, como zinc, cobre y manganeso, que intervienen en diferentes procesos biológicos relacionados con el tejido conectivo.
Sin embargo, no significa que todas las personas que practican deporte necesiten realizarse estos análisis de manera rutinaria. La utilidad de cada prueba depende de los síntomas, antecedentes, alimentación y características individuales.
Además, los resultados pueden verse afectados por múltiples factores, como genética, función tiroidea, estado nutricional, enfermedades metabólicas y determinados medicamentos.
Una caída del rendimiento puede ser una señal de recuperación insuficiente
Otro aspecto que merece atención es el propio desempeño durante el entrenamiento.
Si un deportista experimenta una disminución inexplicable y persistente de su potencia, velocidad o capacidad para realizar esfuerzos habituales, puede ser conveniente revisar la carga de entrenamiento y la recuperación.
Esto no significa que una caída del rendimiento sea necesariamente una señal de que una rotura está a punto de producirse. El cansancio, la falta de sueño, una enfermedad, el estrés, una alimentación insuficiente o múltiples circunstancias pueden afectar el desempeño.
Pero los cambios persistentes pueden servir como una señal para no seguir aumentando la carga sin evaluar primero qué está ocurriendo.
La prevención depende de más de un factor
No existe un ejercicio, alimento o análisis de sangre capaz de garantizar que una persona no sufrirá una rotura del tendón de Aquiles.
La prevención debe contemplar varios elementos: progresar gradualmente las cargas, fortalecer la musculatura, entrenar la capacidad de absorber fuerzas, respetar la recuperación y atender factores metabólicos o nutricionales cuando exista una indicación clínica.
También es importante consultar ante dolor persistente, inflamación, pérdida de fuerza o cambios importantes en el rendimiento. Una molestia que se mantiene durante semanas no debería ignorarse simplemente porque todavía sea posible entrenar.
El objetivo no es evitar que el tendón reciba carga —la carga es necesaria para que el tejido se adapte—, sino encontrar un equilibrio entre estímulo, recuperación y capacidad de adaptación.
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