— Penélope Cueto 30/08/2026
Saltillo, Coahuila, 30 de agosto de 2026.- La agricultura mexicana enfrenta un desafío que, de acuerdo con el investigador Guillermo Ortiz Ferrara, tarde o temprano obligará a las autoridades a reconocer el valor estratégico de la ciencia agrícola: el cambio climático exige mejores variedades de trigo, maíz, arroz y otros cultivos para garantizar la producción de alimentos.
Egresado de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro (UAAAN) en 1971, Ortiz Ferrara dedicó 41 años de su vida profesional al extranjero, donde trabajó en investigación agrícola internacional y colaboró con el científico Norman Borlaug, ganador del Premio Nobel de la Paz en 1970.
Su trayectoria lo llevó por Medio Oriente, el norte de África y el sur de Asia. Vivió 18 años en Siria y otros 18 en Nepal, desde donde dirigió proyectos de investigación agrícola y ganadera. Hoy, al mirar hacia atrás, considera que su profesión no solo conserva su vigencia, sino que resulta indispensable para el futuro.
¿Cómo comenzó su trayectoria en la investigación agrícola?
Soy egresado de la Narro, de la generación 46, en 1971. Al terminar la licenciatura hice mi maestría y doctorado en Estados Unidos. Después tuve la oportunidad de trabajar en el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo, el CIMMYT.
Ahí me especialicé en el desarrollo genético y el fitomejoramiento de dos cultivos fundamentales: trigo y maíz. Mi trabajo consistió en desarrollar variedades con mejores características para responder a las necesidades de los agricultores y de la producción de alimentos.
En esa etapa tuvo la oportunidad de trabajar con Norman Borlaug. ¿Qué significó para usted?
Fue un privilegio. El doctor Norman Borlaug fue mi mentor y yo fui parte del esfuerzo que encabezó.
A Borlaug le otorgaron el Premio Nobel de la Paz en 1970 por el desarrollo de variedades de trigo que se produjeron aquí en México y después se sembraron en India y Pakistán. Esas variedades permitieron multiplicar de manera extraordinaria la producción de trigo y contribuyeron a evitar hambrunas que pudieron haber provocado la muerte de millones de personas.
Para mí fue una experiencia extraordinaria formar parte de ese trabajo y aprender de una persona cuya investigación tuvo un impacto mundial.
¿Cuál fue su principal responsabilidad durante esos años?
Trabajé durante 18 años en Medio Oriente y el norte de África. Mi labor estuvo relacionada con la investigación agrícola y con el mejoramiento genético de cultivos.
Posteriormente nos trasladamos a Katmandú, Nepal. Desde ahí dirigí la investigación agrícola y ganadera para el sur de Asia, con proyectos que incluían India, Pakistán, Bangladesh, Nepal, Bután y la parte sur de China.
Usted no siguió la docencia en la Narro. ¿Por qué eligió la investigación?
Al salir de la Narro, en 1971, inmediatamente comencé a trabajar en esta institución internacional de investigación agrícola. Nunca tuve la oportunidad de participar en la docencia universitaria; mi camino fue la investigación.
Desde estudiante me interesaban mucho las materias relacionadas con la agronomía, especialmente el fitomejoramiento, la genética y la botánica. También me fascinaba la entomología. Todo lo relacionado con la producción agrícola y la ciencia de los cultivos me llamaba mucho la atención.
Después de tantos años fuera de México, ¿qué experiencia recuerda con mayor cariño?
Sin duda, los 18 años que vivimos en Siria. Mi esposa, mis cuatro hijos y yo vivimos en Alepo, que fue nuestra base durante ese periodo.
Siempre lo he dicho: esos fueron los años más felices de nuestra vida matrimonial. Siria es un país fabuloso. Tiene otra religión, otro idioma, otras costumbres y otras tradiciones, pero su gente es extraordinariamente amable.
¿Qué le enseñó esa experiencia sobre otras culturas?
Que muchas veces tenemos ideas equivocadas sobre los pueblos que no conocemos. Existe una impresión injusta de los árabes. Algunas personas los relacionan únicamente con terrorismo o violencia, de la misma manera que ciertos extranjeros tienen una imagen estereotipada del mexicano.
La realidad que yo conocí fue muy diferente. Encontré personas muy amables y una cultura con muchos aspectos interesantes. También conocí de cerca el islam, una religión con aspectos positivos y negativos, como ocurre con cualquier tradición religiosa.
Fue una experiencia fabulosa. Mi esposa y mis cuatro hijos aprendieron árabe, y eso enriqueció todavía más nuestra vida en aquella región.
Usted también aprendió varios idiomas. ¿Cuáles habla?
El español es mi idioma nativo. Aprendí inglés cuando estudié en Estados Unidos. También aprendí nepalí y un poco de árabe.
No aprendí a leer ni a escribir en árabe, pero sí puedo entenderlo y hablarlo. Cuando existe una conversación, puedo saber de qué están hablando. Mi esposa y mis hijos sí aprendieron a leerlo y escribirlo; ellos fueron más aplicados que yo en ese aspecto.
¿Qué les diría hoy a los estudiantes de la Narro que quieren dedicarse a la agricultura?
Que le echen muchas ganas. Nuestra profesión es muy noble y, además, con el cambio climático se ha vuelto todavía más relevante.
Tarde o temprano las autoridades van a entender la importancia de contar con mejores variedades de trigo, maíz, arroz, frutales y otros cultivos. Cuando eso ocurra, también comprenderán que es necesario apoyar más la investigación y la educación agrícola superior.
Que los estudiantes no se desanimen. La situación actual de México en materia de producción y de importancia de la agricultura puede ser preocupante, pero la agricultura seguirá siendo indispensable.
¿Por qué considera que la investigación agrícola será decisiva en los próximos años?
Porque necesitamos producir alimentos en condiciones cada vez más difíciles. El cambio climático modifica las condiciones en las que trabajan los agricultores y obliga a desarrollar variedades capaces de enfrentar nuevos desafíos.
Por eso la investigación no puede quedar en segundo plano. Necesitamos ciencia, educación agrícola y profesionales preparados para desarrollar soluciones.
Un legado que apunta al futuro
La trayectoria de Guillermo Ortiz Ferrara comenzó en la Narro y se extendió durante décadas por distintos continentes. Su trabajo en el mejoramiento genético del trigo y el maíz lo vinculó con uno de los científicos agrícolas más influyentes del siglo XX y lo llevó a dirigir investigación en regiones donde la seguridad alimentaria representaba un desafío cotidiano.
Su mensaje, sin embargo, no mira al pasado. Desde su experiencia, sostiene que el futuro de la agricultura dependerá de la capacidad para investigar, formar nuevos especialistas y desarrollar variedades que permitan producir alimentos frente al cambio climático.
Para el investigador, la agricultura no perdió importancia: se volvió todavía más necesaria.
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