Cinco minutos con Pilar... Necesitamos hombres valientes

— Ma. del Pilar García Pacheco 25/08/2026

Cuando un comentarista español daba la nota en días pasados del gran incendio que afectaba al suroeste de la Comunidad de Madrid, avanzando hacia El Escorial, su pueblo; y cómo se ponía en riesgo el Monasterio de San Lorenzo del Escorial, declarado Patrimonio Mundial, yo también me preocupé.    

Al Escorial, he tenido la fortuna de visitarlo 4 veces. Y si la vida me diera otra oportunidad, correría de nuevo hacia la tumba de Don Juan de Austria, quien fue enterrado, en loor de multitud, o sea, con honores, en “El Panteón de los Infantes”. Bellísima, tallada en mármol blanco, su tumba fue diseñada por Ponciano Ponzano. ¡Es una obra de arte! Cuando la vi por primera vez y conocí la historia de Don Juan, como mujer de estos tiempos y sin agraviar a los hombres del presente, me enamoré de él. 

Don Juan de Austria es reconocido por su papel en la “Batalla de Lepanto y como gobernador de Flandes” (hoy Bélgica).  Su rostro e investidura son impresionantes. Abraza su espada, pero no está infundada, aludiendo a que no murió en batalla, aunque sí de enfermedad. Luce con hasta tres anillos en cada dedo de sus manos, por cada amor que conquistó.  Falleció a los 33 años. 

El escritor de “El Quijote de la Mancha”, Miguel de Cervantes Saavedra, lo describió así: “D. Juan de Austria, héroe de Lepanto” «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».  Recordemos que Miguel de Cervantes luchó en esta batalla, en donde perdió la movilidad de su mano izquierda en 1571. Recibió un disparo, en donde le valió el apodo: “El Manco de Lepanto”.

Como antecedente de esta importante batalla, fue el avance del ejército Otomano, que amenazaba con continuar su invasión al centro de Europa. Todos los países temían a este poderoso ejército. Para el ejército Otomano, era extender su religión; en este caso, luchar contra el Cristianismo.

Es curioso, pero la historia nos muestra hechos que son muy parecidos a lo que hoy vivimos. Ya verán.

El historiador argentino, Marcelo Gullo, habla para el Programa Refrentes” en YouTube acerca de: “Lepanto, La caída de las Civilizaciones, la Fe Fundante de Europa”.  El personaje clave es Don Juan de Austria”. Viajemos a la Edad de Oro del siglo español, los años 1500… Marcelo Gullo relata: Juan nació en Alemania, producto de una noche de “debilidad” entre Carlos I de España, V. de Alemania con una joven de 18 años”, que tenía la misma edad que su hijo Felipe.

Los hombres tienen debilidades; si no… serían Ángeles”.

El Emperador del Sacro Imperio Germánico y Rey de España Carlos I informó de la existencia de Jeromín (nombre original de Don Juan de Austria). En su testamento fechado el 6 de junio de 1554, escribió: «Por quanto estando yo en Alemania, después que emviudé, huve un hijo natural de una mujer soltera, el que se llama Gerónimo».

El Rey Felipe II, hijo mayor del Rey no se enteró de la realidad de su hermano Juan hasta que falleció su padre Carlos. Felipe, siguiendo sus indicaciones, reconoció al niño como miembro de la Familia Real, se hizo cargo y le dio educación; trató de inclinar a su hermano hacia el sacerdocio, pero fue imposible, pues el hijo natural del Rey Carlos I gustaba de la compañía femenina y más que iniciar una carrera religiosa deseaba con todas sus fuerzas comenzar la carrera de las armas.  Pronto se dio a conocer por sus habilidades.

El escritor Marcelo Gullo describe la personalidad de Don Juan de la siguiente manera: Don Juan de Austria era español, porque hablaba español y era católico. Él sintetizaba el ser católico, aplicando: El Bien Común, La Verdad y La Belleza. Así no se tenía miedo a la muerte. Esa era la convicción de Don Juan de Austria. “Trascender, muriendo con dignidad”, porque un Español, era valiente y no se rendía nunca.  Y cada mañana se repetía: Hay que practicar el bien, buscando siempre la verdad y la belleza, y morir con dignidad. Pero ser cobarde. ¡Nunca! Dios nos da talentos; a unos les da talento para algo y a otros para otra cosa, pero a Don Juan de Austria le dio talentos extraordinarios para ser un líder carismático, tanto en lo político como en lo militar. Su hermano Felipe lo nombró: “Capitán General de la Mar”.

El Papa Pío V impulsó a “La Liga Santa”, proyecto de unidad entre Venecia y el Papado, para la defensa del Cristianismo, contra los turcos.  Pero ¿quién lideraría a ese ejército? Y, dando misa, leyendo el Evangelio, el Papa dice: “Hay un hombre, llamado Juan”, se queda en silencio, y vuelve a leer la misma frase y vuelve a quedar en silencio; por una tercera vez, vuelve a repetir la frase, pero ahora, viendo a una Virgen que tenía de frente, “Hay un Hombre, llamado Juan”.  El Papa se sintió iluminado y entendió que Don Juan de Austria debía ser “El Jefe de la Liga Santa”.  Ya en reunión con los Cardenales, el Papa les confirma que el elegido para combatir al ejército Otomano, debía ser Don Juan. Todos le reclaman: - “¡Pero si Don Juan tiene apenas 24 años, hay otros generales con experiencia en batallas navales, y Don Juan no tiene ninguna experiencia!”-. Pero el Papa que sigue el mandato de la Virgen, es determinante, y aclama: ¡Es Don Juan! Le envía al joven elegido 3 mensajeros, para decirle: “Que pelee, que, bajo cualquier circunstancia, no deje de luchar, aunque las condiciones le sean desfavorables. Porque la Virgen le garantiza la Victoria”.

A Don Juan de Austria se le compara con Alejandro Magno. Le dan un ejército, con gente mayor, con historias turbias, muchos de ellos con fama de haberse cargado algunas vidas, y venían de las galeras. Pero Don Juan tiene una instrucción: Hacer de esos hombres “Hombres de Fe”. Muchos dudaron de ese reto. Se burlaban, porque eran un grupo de hombres salvajes.

Don Juan impuso que todos debían rezar en las noches. Y al que blasfemara, lo colgaba.  A dos sí los colgó, y asunto resuelto. En cada barco de su ejército había un sacerdote, ya fuera franciscano o dominico. Antes de enfrentarse a la gran batalla contra los moros, todos terminan confesándose y comulgando. Hasta los que eran protestantes, que eran como 700, terminan comulgando.  Don Juan da ejemplo de fe; con su carisma, fortalece a sus hombres, para no tener miedo a combatir, porque ya no le temen a la muerte.

Triunfo de la Batalla de Lepanto.  Al amanecer del 7 de octubre de 1571, en el Golfo de Patras, cerca de la ciudad griega de Naupacto, en ese entonces conocida como Lepanto, los dos ponentes están en orden de batalla. Por un lado: Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, del otro frente: Alí Bajá (Müezzinzade Ali Paşa), almirante de la armada turco-berberisca, reforzada por los jenízaros (la guardia personal del sultán) y por miles de renegados cristianos. Al Oeste, se situaron los navíos de la Liga Santa y al Este, los barcos otomanos.   Los turcos tenían más hombres y más naves que los cristianos. El armamento también era desigual: Los cristianos disparaban arcabuces, mientras que los turcos preferían las flechas envenenadas; además, las galeazas venecianas portaban bastantes cañones. Era una guerra de infantería, en que los barcos chocaban unos con otros. Don Juan tenía instrucción de su hermano Felipe, como todo Rey prudente, de no pelear si las circunstancias no estaban dadas.  Y, por otro lado, estaban los mensajes del Papa, que le decían que peleara, a pesar de cualquier circunstancia, que la Virgen le garantizaba la Victoria.

Ese 7 de octubre, no era un buen día para los cristianos, porque los vientos soplaban en su contra, y sí a favor de los musulmanes, haciéndolos invencibles.  Le advertían a Don Juan de Austria, que no era cobardía retirarse, que valía más la prudencia; pero Don Juan respondió: -“No es momento de llamar a un consejo, es momento de combatir”.  De pronto, los vientos cambiaron de rumbo, favoreciendo a la flota cristiana. Y con ello, el triunfo. Fue tan impactante el valor de esta batalla, que los reinos de Francia e Inglaterra, se unieron para celebrar, y desde entonces, los turcos, jamás, han intentado cualquier otro enfrentamiento frontal.

“Los vientos de la Historia son así. Hoy pareciera que los vientos juegan en nuestra contra, nos desesperamos, pensamos que los malos de pronto son más que nosotros, y tenemos la tentación, de huir y dejar de luchar.    

Amigos, en nuestras batallas, hagamos lo que Don Juan de Austria, tengamos Fe.  ¡Porque de pronto, el viento, soplará a nuestro favor!

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