Bigorexia en adolescentes: señales de alerta

— Agencias 23/08/2026

La preocupación por la apariencia física durante la adolescencia puede manifestarse de distintas maneras. Aunque trastornos como la anorexia son ampliamente conocidos, existe otro problema que puede pasar desapercibido: la dismorfia muscular, conocida popularmente como bigorexia.

Esta condición puede afectar especialmente a adolescentes y hombres jóvenes que desarrollan una preocupación excesiva por aumentar su musculatura y reducir su grasa corporal. El problema no consiste simplemente en querer estar en forma, sino en que la percepción del propio cuerpo se distorsiona y la necesidad de modificarlo comienza a interferir con la vida cotidiana.

Kara Becker, especialista en trastornos de la conducta alimentaria, explica que la dismorfia muscular implica una percepción alterada del cuerpo centrada principalmente en el tamaño de los músculos y la apariencia física.

¿Qué es la bigorexia?

Una persona con dismorfia muscular puede verse a sí misma como demasiado pequeña o poco musculosa incluso cuando objetivamente posee una musculatura considerable.

Esa percepción puede desencadenar conductas como:

Entrenamiento excesivo o compulsivo. Dietas extremadamente rígidas. Preocupación constante por el porcentaje de grasa. Necesidad permanente de aumentar la masa muscular. Uso de suplementos para modificar la apariencia. Evitar situaciones en las que otras personas puedan observar el cuerpo.

La diferencia entre una rutina saludable y un comportamiento problemático está principalmente en la intensidad de la preocupación y sus consecuencias.

Hacer ejercicio para mejorar la salud o el rendimiento no constituye por sí mismo un trastorno. La situación se vuelve preocupante cuando el entrenamiento comienza a afectar los estudios, las relaciones familiares, la alimentación, el descanso, las actividades sociales o la vida diaria.

¿Por qué puede ser especialmente preocupante durante la adolescencia?

Los adolescentes atraviesan una etapa en la que están construyendo su identidad y desarrollando su percepción del propio cuerpo. Por ello, la presión para alcanzar determinado aspecto físico puede tener un impacto considerable.

Investigaciones realizadas en adolescentes varones han encontrado conductas alimentarias orientadas específicamente a aumentar la musculatura, incluyendo modificaciones de la dieta, utilización de suplementos y otras estrategias para incrementar el tamaño corporal.

Los especialistas advierten que los problemas relacionados con la imagen corporal y los trastornos alimentarios en hombres pueden pasar inadvertidos con mayor facilidad.

Esto ocurre porque algunas conductas pueden confundirse con disciplina deportiva. Pasar varias horas entrenando, seguir una alimentación estricta o hablar constantemente sobre ganar músculo no necesariamente parece problemático al principio.

Sin embargo, el contexto, la intensidad y el impacto sobre la vida del adolescente son fundamentales.

Las redes sociales pueden aumentar la presión

Las redes sociales representan otro factor que puede contribuir a la insatisfacción corporal.

Los adolescentes están expuestos constantemente a fotografías y videos de personas con cuerpos extremadamente musculosos que pueden convertirse en referentes de apariencia, éxito o atractivo.

El problema es que esas imágenes no siempre representan una situación cotidiana. Detrás de algunas publicaciones pueden existir entrenadores personales, nutricionistas, chefs, iluminación profesional, poses específicas, filtros, edición y una selección cuidadosa de las fotografías.

Por ello, comparar el cuerpo propio con una imagen cuidadosamente producida puede generar expectativas poco realistas.

Además, algunos jóvenes pueden sentir que no solamente deben admirar determinados cuerpos, sino que también necesitan mostrar públicamente su propia apariencia física.

El deporte también puede convertirse en un factor de riesgo

La dismorfia muscular no depende exclusivamente de las redes sociales.

Los especialistas han identificado una mayor vulnerabilidad entre algunas personas que practican levantamiento de pesas, culturismo o deportes en los que la apariencia corporal tiene un papel importante.

También existe una diferencia entre entrenar para mejorar el rendimiento y entrenar principalmente para cambiar la apariencia.

Un adolescente puede comenzar levantando pesas para sentirse más fuerte y, progresivamente, convertir el aumento de masa muscular en su principal objetivo. Si el entrenamiento termina dominando su vida, puede ser necesario evaluar qué está ocurriendo.

Bullying, perfeccionismo y baja autoestima también pueden influir

La bigorexia no tiene una causa única. Pueden intervenir factores psicológicos, biológicos y sociales.

Entre los elementos que pueden aumentar la vulnerabilidad se encuentran:

Baja autoestima. Perfeccionismo. Tendencias obsesivas. Ansiedad. Antecedentes familiares de problemas de salud mental. Experiencias de bullying. Burlas relacionadas con el peso, tamaño o apariencia. Presión social para cumplir determinados estándares físicos.

Las burlas durante la infancia o adolescencia pueden provocar que una persona desarrolle una preocupación intensa por modificar su cuerpo.

Si además recibe constantemente mensajes que presentan un determinado tipo de musculatura como sinónimo de atractivo, aceptación o éxito, esa presión puede intensificarse.

Señales que pueden alertar a los padres

Una de las dificultades para detectar la dismorfia muscular es que algunos comportamientos parecen saludables de manera aislada.

Los padres deberían prestar especial atención cuando el ejercicio, la alimentación o la preocupación por el físico comienzan a deteriorar la calidad de vida.

Algunas señales son:

Pasar una cantidad excesiva de tiempo entrenando. Sentir ansiedad o culpa cuando no es posible hacer ejercicio. Pensar constantemente en el tamaño de los músculos. Considerarse demasiado pequeño pese a tener una musculatura desarrollada. Seguir reglas alimentarias excesivamente rígidas. Evitar comidas familiares o reuniones sociales por motivos relacionados con la dieta. Incrementar continuamente la duración o intensidad del entrenamiento. Obsesionarse con el porcentaje de grasa corporal. Abandonar actividades escolares, familiares o sociales para poder entrenar. Experimentar angustia cuando no se consigue el físico deseado.

Una señal particularmente importante es que el ejercicio deje de ser una parte de la vida y se convierta en el centro de ella.

La presencia de una sola de estas conductas no significa que exista un trastorno. Lo importante es observar si forman parte de un patrón persistente y si están afectando el funcionamiento cotidiano.

¿Cómo pueden ayudar los padres?

La comunicación es fundamental. Los especialistas recomiendan abordar el tema sin burlas, críticas ni comentarios que puedan aumentar la vergüenza del adolescente.

En lugar de cuestionar directamente su apariencia, puede ser más útil preguntarle cómo se siente con su cuerpo, qué piensa cuando no puede entrenar y qué importancia tiene para él alcanzar determinado físico.

También puede ser beneficioso hablar sobre las imágenes que aparecen en redes sociales y explicar que muchas fotografías representan únicamente una versión cuidadosamente seleccionada de la realidad.

No siempre es necesario prohibir completamente las redes sociales. También puede enseñarse a los adolescentes a analizar críticamente el contenido que consumen y reconocer elementos como filtros, iluminación, edición, poses y preparación profesional.

El ejemplo familiar también importa

Los adultos pueden influir en la manera en que los adolescentes perciben su propio cuerpo.

Comentarios constantes sobre peso, dietas, grasa corporal o defectos físicos pueden transmitir la idea de que la apariencia determina el valor de una persona.

Por el contrario, es recomendable promover una relación más equilibrada con el cuerpo, destacando la importancia de:

Dormir adecuadamente. Alimentarse de manera variada. Mantenerse físicamente activo. Hidratarse. Permitir suficiente recuperación después del ejercicio. Valorar el cuerpo por sus funciones, no solamente por su apariencia.

También es importante enseñar que los cuerpos naturalmente presentan diferentes tamaños, formas y niveles de musculatura.

¿Cuándo buscar ayuda profesional?

Si la preocupación por el físico, el ejercicio o la alimentación comienza a interferir con la vida del adolescente, es recomendable hablar con un profesional de la salud.

El pediatra o médico de atención primaria puede ser un primer punto de contacto y determinar si es necesario acudir con especialistas en salud mental, nutrición o trastornos de la conducta alimentaria.

El tratamiento puede ayudar al joven a identificar los pensamientos y situaciones que alimentan la preocupación por su cuerpo, desarrollar estrategias para manejarla y recuperar un equilibrio entre ejercicio, alimentación, descanso, estudios y vida social.

La bigorexia no significa que hacer ejercicio o querer ganar músculo sea algo negativo. El problema aparece cuando la necesidad de transformar el cuerpo se vuelve obsesiva y comienza a controlar la vida de la persona. Detectarla temprano puede facilitar la intervención y evitar que estas conductas se vuelvan cada vez más difíciles de modificar.

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