— Agencias 10/08/2026
Los antibióticos son medicamentos utilizados para tratar determinadas infecciones provocadas por bacterias. Cuando se administran de manera adecuada, pueden destruir algunos de estos microorganismos o impedir que continúen reproduciéndose, lo que permite que las defensas del organismo terminen de controlar la infección.
Sin embargo, los antibióticos no afectan únicamente a las bacterias responsables de una enfermedad. También pueden modificar microorganismos beneficiosos que normalmente se encuentran en el intestino, la piel y otras zonas del cuerpo. Por este motivo, durante un tratamiento pueden presentarse molestias digestivas y otros efectos secundarios.
Además, estos medicamentos no sirven para combatir infecciones provocadas por virus. Utilizarlos cuando no son necesarios también puede favorecer el desarrollo de resistencia antimicrobiana, haciendo que algunas bacterias sean más difíciles de tratar en el futuro.
Conocer qué sucede en el organismo después de tomar un antibiótico permite utilizarlos de manera más segura y reconocer cuándo una reacción requiere valoración médica.
El medicamento comienza a actuar sobre las bacterias susceptibles
Después de ingerir un antibiótico, este pasa al organismo y llega a los tejidos donde debe ejercer su efecto. Dependiendo del medicamento, puede eliminar determinadas bacterias o impedir que se reproduzcan.
No todos los antibióticos funcionan contra las mismas bacterias, por lo que es necesario utilizar el fármaco apropiado para el microorganismo que está provocando la infección.
La mejoría tampoco necesariamente ocurre de inmediato. Algunos síntomas pueden permanecer durante cierto tiempo incluso cuando el tratamiento está funcionando correctamente.
Las defensas del organismo siguen participando
Los antibióticos no reemplazan al sistema inmunitario. Su función consiste en reducir o eliminar las bacterias susceptibles para facilitar que las propias defensas del cuerpo terminen de controlar la infección.
La recuperación depende de diversos factores, como el tipo de infección, el estado general de salud de la persona y el órgano o tejido afectado.
Por esta razón, aunque el antibiótico ya haya comenzado a actuar, todavía pueden mantenerse temporalmente síntomas como cansancio, dolor o inflamación. Si no se observa mejoría o la enfermedad empeora, es importante informar al profesional de salud que indicó el tratamiento.
La microbiota intestinal puede verse alterada
Los antibióticos no siempre pueden diferenciar perfectamente entre las bacterias perjudiciales y las que cumplen funciones beneficiosas. Algunos medicamentos pueden modificar de manera temporal la composición de la microbiota intestinal, un conjunto de microorganismos que participa en procesos como la digestión y otras funciones del organismo.
Estos cambios pueden explicar algunas molestias digestivas que aparecen mientras se utiliza el medicamento.
En muchas personas, la microbiota comienza a recuperar gradualmente su equilibrio después de finalizar el tratamiento. Sin embargo, el efecto puede variar dependiendo del tipo de antibiótico, la dosis, la duración del tratamiento y las características individuales de cada persona.
Pueden aparecer diarrea y cambios en las evacuaciones
La diarrea es uno de los efectos secundarios que pueden presentarse con mayor frecuencia durante el uso de antibióticos. Una de las razones es que el medicamento puede alterar temporalmente el equilibrio de las bacterias intestinales.
En muchos casos, la diarrea es leve y desaparece después de terminar el tratamiento. Sin embargo, cuando es intensa o permanece durante un periodo prolongado, especialmente si está acompañada de fiebre o dolor abdominal, puede ser señal de una complicación.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) señalan que el uso de antibióticos puede incrementar el riesgo de desarrollar una infección causada por Clostridioides difficile, una bacteria que puede provocar diarrea y otros problemas intestinales.
También pueden presentarse náuseas y molestias digestivas
Algunos antibióticos pueden provocar náuseas, dolor abdominal, indigestión o una sensación general de malestar en el estómago. La intensidad de estos efectos depende tanto del medicamento como de la sensibilidad de cada persona.
Es importante tomar el antibiótico exactamente de la manera indicada y evitar modificar la dosis por cuenta propia.
También hay que considerar que las instrucciones pueden variar entre medicamentos. Algunos deben tomarse junto con alimentos, mientras que otros requieren consumirse con el estómago vacío. Por ello, es preferible seguir las indicaciones específicas del medicamento en lugar de asumir que todos los antibióticos deben tomarse de la misma manera.
Puede producirse una reacción alérgica
Aunque las reacciones alérgicas no son las más comunes, determinados antibióticos pueden provocarlas.
Algunas personas pueden presentar erupciones leves durante el tratamiento. Sin embargo, síntomas como hinchazón de los labios, la lengua o la garganta, dificultad para respirar, mareos intensos o pérdida del conocimiento pueden ser señales de una reacción alérgica grave y requieren atención médica inmediata.
Es importante señalar que no todas las erupciones que aparecen mientras se toma un antibiótico necesariamente representan una alergia. Aun así, cualquier reacción debe comunicarse al profesional de salud que indicó el medicamento, especialmente antes de volver a utilizarlo en el futuro.
La infección debería comenzar a mostrar mejoría
Cuando el antibiótico elegido es adecuado para combatir la bacteria responsable de la infección, algunos síntomas pueden comenzar a disminuir después de cierto tiempo.
El periodo necesario para observar mejoría depende de la infección, del medicamento utilizado y de las características de cada paciente.
Si los síntomas empeoran, aparece fiebre que persiste o no se observa ninguna mejoría durante el periodo esperado, puede ser necesario volver a evaluar tanto el diagnóstico como el tratamiento.
En algunas infecciones es necesario realizar pruebas para identificar exactamente la bacteria responsable y determinar qué antibióticos pueden combatirla de manera efectiva.
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