— José Mariano Orozco Tenorio 31/07/2026
“El verdadero legado de una copa del mundo no se mide el día de la final, sino diez años después”, según Stefan Szymanski, aunque se refiere más a los resultados finales desde el punto de vista económico y financiero. En efecto, ya hay cifras preliminares en México del reciente pasado mundial de futbol y todo apunta a que no se alcanzaron las metas proyectadas. Según la Secretaría de Turismo se lograron recabar 65 000 millones de pesos (3733 millones de dólares), entre el 8 de junio y el 19 de julio del presente año, de los cuales 42 276 millones de pesos corresponden al sector turístico, mediante una asistencia de 7.8 millones de extranjeros repartidos entre las tres sedes: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El alto costo de los boletos para las entradas a los estadios, el incremento de precios de los boletos de avión y los aumentos en costos para los hospedajes impactaron negativamente y fueron los causantes de no haber llegado a las metas propuestas. De todas maneras, como indica Szymanski, habría que esperar algunos años para tener cifras más confiables. Por ejemplo, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) está reportando que se registraron 100 000 nuevos empleos con motivo del mundial; lo cual sinceramente nos parece una exageración aún y cuando fuesen empleos temporales.
Obviamente la organización de un evento de interés mundial no es cualquier cosa. Conlleva riesgos de gran magnitud tantos económicos, financieros y de seguridad. Para este mundial recién terminado los riesgos fueron compartidos por 3 países: Estados Unidos, Canadá y México, siendo este último el que estaba expuesto en menor medida, ya que solo tenía 3 sedes donde se llevaron a cabo 13 partidos, de un total de 104. El riesgo financiero que enfrentó México fue mucho menor y hasta donde se tiene información los gastos más fuertes fueron en infraestructura pública (12 mil millones de dólares); obras de mejoramiento de movilidad (6 mil millones de dólares); adecuación de los tres estadios (no disponible) y temas de seguridad y operación (no disponible).
Es de destacar el diseño de las estrategias aprobadas por las autoridades de México para minimizar los riesgos económicos entre las que podemos enumerar las siguientes:
1. Aprovechar la infraestructura existente (3 estadios).
2. Coorganización tripartita: Gobierno, iniciativa privada y la FIFA (Federación Internacional de Futbol).
3. Mecanismos de financiamiento la mayoría privado.
4. Evitar endeudar lo menos posible a las sedes locales.
5. Evitar la construcción de nuevos estadios.
6. Riesgos compartidos por los tres países sedes (México, Estados Unidos y Canadá).
7. Aprovechamiento de la infraestructura de las ligas de futbol local.
8. Lanzamiento de fideicomisos y bonos especializados.
9. Impuestos temporales sobre el hospedaje y viajes.
10. Distribución en partes iguales de las cargas logísticas entre las 16 ciudades.
11. Priorización del consumo en comercios locales.
12. Estímulos para el transporte de alimentos vía Rappi y Uber.
13. Alianzas con fondos de inversión en materia hotelera, de comunicaciones y tecnología.
Como sabemos, del 11 de junio al 19 de julio del presente año se llevó a cabo el campeonato mundial de futbol con la participación de 48 equipos, divididos en 12 grupos de 4 naciones cada uno. Aún y cuando se están presentando quejas y reclamaciones sobre los resultados, la Federación Internacional de Futbol (FIFA), principal organizador del certamen, ha dado a conocer la clasificación de los 10 “mejores” equipos: España, Argentina, Inglaterra, Francia, Brasil, Marruecos, Portugal, Bélgica, México y Países Bajos. No pocos mexicanos cuestionan que nuestro país ocupe el lugar 9 a nivel mundial. Hay que tener presente que se trata del torneo con mayor audiencia en el mundo tanto presencial como televisiva. Se estima una asistencia récord de 6 810 966 espectadores entre los 104 partidos celebrados (que equivale a un promedio de 65 490 por juego). La asistencia representa una ocupación del 99.7% de la capacidad de los estadios, siendo el juego inaugural de México-Sudáfrica el más concurrido con 80 824 espectadores. El torneo logró reunir una audiencia televisiva calculada entre 1.6 y 1.8 millones a nivel mundial. El juego de México-Ecuador fue el de mayor audiencia registrando 25.5 millones de connacionales, que equivale a uno de cada cuatro habitantes.
La inversión y gasto se estima en 12 mil millones de dólares destinados a la infraestructura física, seguridad, transporte, señalización, logística, promoción, adecuación de los estadios y remozamiento de los espacios públicos (como jardines y plazas). La Ciudad de México reporta que su erogación fue de 1500 a 2000 millones de pesos; Jalisco y Nuevo León entre 1000 y 1500. Según la firma de Forbes, la Ciudad de México obtuvo ingresos de 1600 millones de dólares; Guadalajara 1000 y Monterrey 600; sin embargo, la misma revista hace notar que son entre 2000 y 2500 millones menos de lo que se tenía proyectado. Hay que tener en cuenta que la Federación Internacional de Futbol (FIFA) se queda con la mayor parte de las utilidades correspondientes a los derechos de televisión, patrocinios y venta de boletos, además de que obliga a las sedes a exentar de impuestos a los patrocinadores. En realidad, ocasionalmente los países recuperan lo invertido. La pregunta que surge de manera espontánea es: ¿Entonces qué ganan los países? Podemos identificar las “utilidades” de manera indirecta, ya que de todas maneras se seguirán utilizando por muchos años los estadios remodelados, el mejoramiento de las vías de comunicación, la promoción para fines turísticos, la modernización del transporte, la capacitación de personal para la organización de eventos de esa magnitud, la remodelación de los aeropuertos, así como aquellos valores intrínsecos que no se pueden capitalizar pero que son fundamentales para todo país como la integración, el nacionalismo, la identidad, el orgullo, la convivencia familiar y social, la imagen institucional y la esperanza de que el país logre ganar y quedar mejor posicionado que los competidores.
Si bien es cierto de que llevar a cabo un torneo de esa magnitud puede acarrear jugosos beneficios económicos, también lo es que puede provocar serios perjuicios por el reparto desigual de los recursos económicos y financieros. En la práctica, está demostrado que los países anfitriones absorben a corto y mediano plazo la mayor parte del gasto operativo y de mantenimiento. Tenemos como ejemplo esos grandes estadios que han construido varios países sedes, como Qatar y Sudáfrica, que ahora son “elefantes blancos” porque requieren grandes sumas de dinero en mantenimiento y en contraparte difícilmente se llegan a ocupar al 100% de su capacidad.
Naturalmente no faltan aquellas voces de los habitantes que reclaman que se debería mejor dedicar la mayor parte del presupuesto de la federación en temas más productivos y prioritarios, como mayores programas sociales, mejoras en la educación, abastecimiento de los medicamentos, construcción de hospitales y otros centros comunitarios, mejor financiamiento para la alimentación, ampliación de las vías de comunicación, hacer llegar la electricidad a las comunidades remota; en fin, a aquellas actividades para lograr el bienestar de la población.
Terminó el mundial de futbol y una vez más nuestro equipo nacional vuelve a quedar en el “ya merito”. A diferencia de otros torneos similares, ahora no hay reclamos porque prevalece la sensación de la entrega de los jugadores. Ha quedado claro que nuestros equipos no dan para más; este es el nivel y hay que asimilarlo. Hay que agradecer a quien corresponda porque el país se volvió a ilusionar y olvidó por unos días la terrible inseguridad que estamos viviendo. Sin olvidar el riesgo económico, se llegó a respirar el orgullo por nuestro país y la identificación con nuestro territorio. Fue impresionante y será memorable la cantidad de la población que portó la camiseta nacional. Así es nuestro México.
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