— Agencias 26/07/2026
El hígado graso no alcohólico es una enfermedad que puede desarrollarse de forma silenciosa durante muchos años, ya que en sus etapas iniciales suele no causar síntomas que permitan detectarla con facilidad. Su aparición está estrechamente relacionada con factores como la obesidad, la diabetes tipo 2 y el colesterol elevado, condiciones que favorecen tanto su desarrollo como su progresión.
Según MedlinePlus, esta enfermedad afecta aproximadamente al 25 % de la población mundial. En este contexto, la alimentación desempeña un papel fundamental, ya que el consumo habitual de ciertos alimentos podría incrementar el riesgo de padecer hígado graso.
Una enfermedad que puede pasar desapercibida
Uno de los principales desafíos del hígado graso no alcohólico es que, en la mayoría de los casos, no produce dolor ni manifestaciones evidentes en sus primeras fases. Como consecuencia, muchas personas pueden vivir con la enfermedad sin saberlo y mantener hábitos alimenticios que favorezcan su avance.
La falta de síntomas no significa que el hígado esté sano. Por ello, los especialistas recomiendan vigilar los factores de riesgo y adoptar un estilo de vida saludable, especialmente en personas con sobrepeso, diabetes tipo 2 o niveles elevados de colesterol.
En México, tanto la Secretaría de Salud como el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) estiman que más de la mitad de la población adulta podría presentar algún grado de hígado graso, lo que resalta la importancia de identificar y modificar los hábitos que aumentan el riesgo de esta enfermedad.
Los alimentos ultraprocesados, bajo la lupa
Una investigación publicada en Frontiers in Nutrition evaluó la relación entre distintos patrones alimentarios y el desarrollo del hígado graso. El estudio incluyó a más de 500 mil participantes, convirtiéndose en uno de los análisis más amplios realizados sobre este padecimiento.
Los investigadores encontraron una asociación entre el consumo frecuente de alimentos ultraprocesados y un mayor riesgo de desarrollar hígado graso.
Los resultados indican que quienes consumen regularmente este tipo de productos presentan un 22 % más de probabilidades de padecer la enfermedad en comparación con quienes los consumen con menor frecuencia. Además, se observó que la presencia constante de ultraprocesados en la dieta se relacionaba con un incremento adicional del riesgo de hasta un 6 %.
Aunque estos hallazgos muestran una asociación y no prueban que un alimento específico cause por sí solo la enfermedad, sí destacan la importancia de evaluar la calidad general de la alimentación y la frecuencia con la que se consumen estos productos.
Alimentos que conviene moderar
Entre los ultraprocesados cuyo consumo se recomienda limitar se encuentran los refrescos, embutidos, galletas industriales, cereales azucarados, papas fritas de bolsa, nuggets, sopas instantáneas y diversos tipos de comida rápida.
Estos alimentos forman parte de la dieta habitual de muchas personas y, cuando se consumen con frecuencia, pueden disminuir la calidad nutricional de la alimentación. Reducir su consumo puede contribuir a mejorar los hábitos alimenticios y proteger la salud del hígado.
Asimismo, también se aconseja moderar la ingesta de alcohol, carne roja, granos refinados y productos elaborados con harina blanca, ya que su consumo excesivo también se ha relacionado con factores de riesgo para el hígado graso.
Cabe destacar que el estudio no propone una dieta específica capaz de prevenir completamente la enfermedad. Las recomendaciones deben considerarse como parte de un conjunto de cambios en el estilo de vida y no como una solución única.
Una alimentación equilibrada favorece la salud hepática
Aunque no existe un plan de alimentación exclusivo para prevenir el hígado graso, los especialistas coinciden en recomendar una dieta equilibrada basada principalmente en alimentos frescos.
Se aconseja priorizar el consumo de verduras, frutas, alimentos ricos en fibra, proteínas magras y grasas saludables. Estas medidas, junto con la práctica regular de actividad física y el mantenimiento de un peso saludable, contribuyen a disminuir el riesgo de desarrollar la enfermedad.
En este sentido, reducir el consumo de alimentos ultraprocesados representa una estrategia importante. Más que eliminar un producto en particular, el objetivo es mejorar la calidad global de la alimentación y adoptar hábitos que ayuden a controlar los factores asociados con el hígado graso.
Complicaciones si la enfermedad progresa
El hígado graso puede convertirse en un problema serio cuando avanza sin tratamiento adecuado. En sus fases más severas, el daño hepático puede evolucionar hacia una cirrosis, afectando de forma importante el funcionamiento del órgano.
Entre las complicaciones posibles se encuentra la ascitis, caracterizada por la acumulación de líquido en el abdomen. También pueden desarrollarse várices esofágicas, que son venas dilatadas en el esófago con riesgo de romperse y provocar hemorragias.
Otra complicación es la encefalopatía hepática, un trastorno que puede ocasionar confusión, somnolencia y dificultades para hablar con claridad. Asimismo, puede presentarse hiperesplenismo, una alteración del funcionamiento del bazo que puede disminuir considerablemente el número de plaquetas.
En los casos más avanzados, la enfermedad también puede favorecer la aparición de cáncer de hígado o evolucionar hacia una insuficiencia hepática terminal, etapa en la que el órgano pierde gran parte de su capacidad para cumplir sus funciones vitales.
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