— Hugo González 14/07/2026
¿Qué pasaría si el América pudiera contratar a Erling Haaland? Estoy seguro de que muchos dirían que sería un error y que el delantero noruego no sirve. Es una afirmación tan absurda que solo puede sostenerse desde una perspectiva ideológica o visceral. Pero el problema no es el futbolista. El problema es que muchos no soportan al América y cualquier cosa relacionada con el club les parece automáticamente mala. Vaya que la ignorancia es temeraria.
Curiosamente, ese mismo fenómeno está ocurriendo con una tecnología mucho más seria. Se trata de los sistemas antidrones, una industria que en buena parte del mundo ya forma parte de la infraestructura crítica de seguridad y que, sin embargo, todavía genera descalificaciones basadas más en prejuicios y chismes que en conocimiento técnico.
Poco importa revisar especificaciones, resultados operativos o casos de éxito. Lo importante es creer todo lo que dice un competidor despechado y después construir el argumento. La ideología termina sustituyendo a la evidencia y el debate técnico se convierte en una competencia de consignas. Se quiere desprestigiar una tecnología, un jugador o una marca, solo por el color con el que juega, aun cuando ya se tengan evidencias de éxito en otras partes del mundo.
La defensa antidrones dejó de ser una capacidad reservada a unidades militares especializadas para convertirse en una infraestructura tecnológica esencial en la protección de gobiernos, aeropuertos, fronteras, instalaciones estratégicas y eventos internacionales.
El mercado de drones en México ya supera los 500 millones de dólares y las proyecciones apuntan a que alcanzará alrededor de mil 190 millones hacia 2034. Ese crecimiento no solo responde a aplicaciones comerciales y agrícolas. También incluye tareas de vigilancia fronteriza y, por desgracia, el uso que organizaciones criminales hacen de estas plataformas.
Por esa razón, países como Estados Unidos, Australia y varias naciones europeas fortalecen desde hace años sus capacidades C-UAS, sistemas diseñados para detectar, identificar, seguir y neutralizar aeronaves no tripuladas. Son plataformas que integran radares, sensores de radiofrecuencia, cámaras electroópticas, inteligencia artificial, análisis de señales e inhibición electrónica para actuar antes de que un dron represente un peligro.
Entre los actores más visibles aparece DroneShield, empresa australiana especializada en guerra electrónica y sistemas antidrones. Su crecimiento ha sido tan acelerado que mantiene contratos con agencias estadounidenses, participa en programas de defensa de Australia y fue seleccionada para fortalecer la seguridad de la frontera sur de Estados Unidos mediante un contrato con la Joint Interagency Task Force 401 (JIATF 401), organismo encargado de coordinar las capacidades antidrones dentro del Departamento de Defensa estadounidense.
En 2024, DroneShield era la empresa australiana de protección con mayor capitalización bursátil. Difícilmente una organización con ese nivel de responsabilidad vendería esas soluciones basándose en simpatías políticas o campañas de mercadotecnia, lo hace con base en desempeño, confiabilidad y resultados.
En México diversas instituciones federales han incorporado capacidades de detección y mitigación electrónica para proteger infraestructura estratégica. En ese proceso participan integradores nacionales como Soluciones Tecnológicas & Protección Aeroespacial, conocida como ONER, que adapta tecnologías desarrolladas por fabricantes internacionales (como DroneShield), a los requerimientos operativos mexicanos. Esa colaboración entre fabricantes globales y empresas nacionales ha fortalecido la capacidad del Estado para responder a amenazas emergentes.
A diferencia de los esquemas tradicionales de defensa, las plataformas como las de DroneShield operan bajo un modelo no cinético, es decir, sin recurrir necesariamente al uso de fuego directo. Su función consiste en identificar una amenaza aérea no tripulada, clasificarla, rastrear su trayectoria y, en caso necesario, interrumpir su enlace de comunicación o navegación para impedir que avance hacia zonas restringidas. Esta capacidad reduce riesgos colaterales y permite respuestas más precisas en espacios donde existe presencia de población civil.
Por eso sorprende la facilidad con la que algunos desacreditan tecnologías complejas únicamente porque el proveedor, el usuario, el integrador o el origen no coincide con sus simpatías políticas o ideológicas. Una discusión técnica merece evidencia, datos y argumentos, no solamente la queja de quienes seguramente no pudieron competir.
Es exactamente el mismo razonamiento de quien sostiene que Haaland sería un mal fichaje para el futbol mexicano solo porque vestiría la camiseta equivocada. En ambos casos, el problema no está en el jugador ni en la tecnología. El verdadero enemigo sigue siendo la ignorancia disfrazada de certeza periodística.
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