— Agencias 12/07/2026
La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurológico progresivo y degenerativo que afecta principalmente el control del movimiento.
Se produce por la pérdida gradual de neuronas en la sustancia negra, una región del cerebro encargada de producir dopamina, un neurotransmisor esencial para coordinar los movimientos. A medida que disminuyen los niveles de dopamina, el cerebro pierde la capacidad de controlar los músculos de forma precisa y fluida.
En sus etapas iniciales, la enfermedad suele desarrollarse de manera silenciosa y sus primeros síntomas pueden pasar desapercibidos. Generalmente, las manifestaciones comienzan en un solo lado del cuerpo e incluyen una ligera debilidad, dificultad para realizar movimientos finos o cambios sutiles en la expresión facial. Con el paso del tiempo, estos signos se vuelven más evidentes y afectan progresivamente las actividades cotidianas.
Síntomas principales y secundarios
Conforme avanza la enfermedad, aparecen los síntomas motores característicos del Parkinson. Entre ellos destacan el temblor en reposo, que suele comenzar en una mano o en los dedos; la rigidez muscular, que limita el movimiento y puede causar dolor; la bradicinesia o lentitud de movimientos; y la inestabilidad postural, que aumenta el riesgo de caídas y problemas de equilibrio.
Además de los trastornos del movimiento, el Parkinson también provoca síntomas no motores que pueden afectar de forma importante la calidad de vida. Entre ellos se encuentran los trastornos del sueño, la fatiga persistente, la depresión, la ansiedad y, en etapas más avanzadas, el deterioro cognitivo. Asimismo, la pérdida del sentido del olfato y el estreñimiento crónico pueden aparecer varios años antes de que se desarrollen los problemas motores.
Medidas para reducir el riesgo
Aunque actualmente no existe una forma comprobada de prevenir completamente la enfermedad de Parkinson, la evidencia científica indica que algunos hábitos saludables podrían ayudar a disminuir el riesgo de desarrollarla.
Uno de los más importantes es mantener una vida físicamente activa. La práctica regular de ejercicio aeróbico se ha asociado con un efecto protector sobre el cerebro, ya que favorece la circulación sanguínea cerebral, estimula la plasticidad neuronal y promueve la liberación de factores que contribuyen al mantenimiento de las neuronas.
También se recomienda reducir la exposición a sustancias tóxicas presentes en algunos ambientes laborales y agrícolas. Diversos estudios han encontrado una asociación entre la exposición prolongada a ciertos pesticidas, herbicidas y metales pesados y un mayor riesgo de desarrollar Parkinson. Por ello, utilizar equipo de protección adecuado y minimizar el contacto con estas sustancias puede ser una medida preventiva.
La alimentación y la salud cerebral
La alimentación también desempeña un papel importante tanto en la prevención como en el manejo de la enfermedad.
Los especialistas recomiendan seguir un patrón alimentario similar al de la dieta mediterránea, caracterizada por un elevado consumo de frutas, verduras, legumbres, frutos secos, cereales integrales, aceite de oliva y pescado. Este tipo de alimentación aporta antioxidantes, vitaminas y ácidos grasos omega-3, nutrientes que ayudan a combatir el estrés oxidativo y la inflamación, procesos relacionados con la neurodegeneración.
En las personas diagnosticadas con Parkinson, la alimentación también puede contribuir a mejorar la eficacia del tratamiento. Por ejemplo, es recomendable distribuir el consumo de proteínas a lo largo del día, ya que algunos aminoácidos pueden interferir con la absorción de medicamentos como la levodopa.
Asimismo, mantener una adecuada hidratación y consumir suficientes alimentos ricos en fibra favorece el funcionamiento intestinal y ayuda a aliviar el estreñimiento, uno de los síntomas más frecuentes de la enfermedad.
Aunque el Parkinson continúa siendo una enfermedad sin cura, el diagnóstico temprano, el tratamiento médico oportuno y la adopción de hábitos saludables pueden contribuir a controlar los síntomas, retrasar la progresión del deterioro funcional y mejorar la calidad de vida de quienes viven con este trastorno neurológico.
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