— Mario Maldonado 09/07/2026
Durante casi tres años, Ken Salazar fue mucho más que el embajador de Estados Unidos en México. Ningún representante de Washington había logrado tantas reuniones privadas con un presidente mexicano en tan poco tiempo ni había construido una relación política tan estrecha con el gobierno en turno. Entraba y salía de Palacio Nacional con una frecuencia inusual, aparecía junto a Andrés Manuel López Obrador en fotografías oficiales, recorría el AIFA, el Tren Maya y otros proyectos emblemáticos de la Cuarta Transformación, acompañaba a integrantes del gabinete y se convirtió en el principal interlocutor entre la administración de Joe Biden y el gobierno mexicano.
Salazar, un veterano político demócrata, exsenador por Colorado y secretario del Interior durante la administración de Barack Obama, llegó a México como una de las apuestas personales de Joe Biden para recomponer una relación bilateral que había transitado de los sobresaltos de Donald Trump a una etapa de cooperación pragmática.
Su experiencia política le permitió entender rápidamente el estilo personal de López Obrador. En lugar de la confrontación pública, privilegió el diálogo y la interlocución directa. A diferencia de otros embajadores estadounidenses, evitó durante mucho tiempo los cuestionamientos abiertos al gobierno mexicano y optó por construir confianza desde Palacio Nacional. Esa estrategia produjo resultados. Ambos gobiernos mantuvieron abiertos los canales de diálogo para enfrentar la crisis migratoria, el combate al tráfico de drogas, así como las diferencias en el marco del T-MEC.
Pero toda relación política tiene fecha de caducidad cuando los intereses dejan de coincidir. El primer exabrupto llegó en agosto de 2024. Salazar rompió con la prudencia que había caracterizado su gestión y calificó la reforma judicial impulsada por López Obrador como un riesgo para la democracia mexicana y para la certeza de las inversiones. Desde su conferencia matutina, AMLO anunció una “pausa” en la relación con la embajada estadounidense y acusó al diplomático de intervenir en asuntos internos del país. Aquella declaración marcó el final de una etapa. El embajador que había sido recibido una y otra vez en Palacio pasó a convertirse en un actor incómodo para la llamada 4T.
Sin embargo, el verdadero rompimiento fue el 25 de julio de 2024, tras la captura de Ismael “El Mayo” Zambada que alteró por completo la relación bilateral. El gobierno mexicano sostuvo que nunca fue informado de la operación y exigió explicaciones sobre la salida de una aeronave desde México con uno de los narcotraficantes más buscados del mundo. Salazar defendió la versión oficial de Washington. Insistió en que no había sido un operativo estadounidense, sino una traición interna encabezada por Joaquín Guzmán López.
Hoy, dos años después, ese caso vuelve a generar fricciones de pronóstico reservado. La Fiscalía General de la República abrió nuevas líneas de investigación para determinar si existieron violaciones a la legislación mexicana y al derecho internacional, mientras el gobierno de Claudia Sheinbaum exige aclarar el papel que desempeñó el FBI después de que saliera a la luz que la aeronave utilizada en el traslado terminó bajo resguardo de esa agencia. El gobierno de México sostiene que recibió información falsa, parcial o insuficiente de las autoridades estadounidenses.
En medio de esa tormenta reapareció Ken Salazar, autor de un flamante libro de memorias donde habla de estos y otros temas relacionados a López Obrador. Este miércoles, en sus redes sociales insistió en que “no era nuestro avión, ni nuestro piloto, ni nuestra operación”, y sostuvo que ningún agente estadounidense viajó en la aeronave que transportó a Zambada. Su defensa coincide con la posición sostenida por la administración Biden desde el primer día.
El asunto es que el contexto político cambió por completo. Salazar ya no habla en nombre del gobierno de Estados Unidos, sino en nombre de una administración demócrata que dejó el poder. Donald Trump regresó a la Casa Blanca con una agenda mucho más agresiva frente al narcotráfico, con una visión diferente sobre las agencias federales y sin incentivos para proteger decisiones adoptadas por el gobierno de Biden.
Ese cambio podría jugar a favor del gobierno mexicano. Si EU decide revisar cómo se condujo la operación que terminó con la captura del Mayo, el principal costo político recaería sobre funcionarios de la administración anterior, no sobre la actual. Salazar, quien durante tres años fue el rostro de la cooperación entre ambos países, corre el riesgo de convertirse en el personaje que explique el episodio que terminó por destruir la confianza entre ambos países.
El embajador que más veces cruzó las puertas de Palacio Nacional podría terminar siendo una de las piezas centrales del caso diplomático más explosivo entre México y Estados Unidos desde la detención y liberación del general Salvador Cienfuegos.
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