— Agencias 08/07/2026
La obesidad no puede entenderse únicamente como una consecuencia de los hábitos personales, ya que la genética desempeña un papel importante en la predisposición de cada individuo a ganar peso.
La ciencia ha identificado miles de variantes genéticas relacionadas con la regulación del apetito, el metabolismo y la acumulación de grasa corporal. Sin embargo, estos factores biológicos interactúan con un entorno moderno que favorece el aumento de peso, marcado por la disponibilidad constante de alimentos ultraprocesados y estilos de vida menos activos.
Esta relación entre genética y obesidad ha cambiado la visión tradicional que atribuía el sobrepeso exclusivamente a la falta de disciplina o fuerza de voluntad.
La influencia genética en el peso corporal
Una investigación publicada en la revista PLOS Medicine analizó la transmisión del índice de masa corporal (IMC) dentro de familias noruegas y encontró una fuerte relación entre el peso de los padres y el de sus hijos durante la infancia.
Los investigadores estimaron que la genética explica una proporción importante de la similitud del IMC entre generaciones: aproximadamente el 79% de la relación entre madres e hijos y hasta el 94% en el caso de padres e hijos cuando los niños llegan a los ocho años.
Aunque estos resultados muestran una influencia genética considerable, no significan que el desarrollo de obesidad esté determinado de manera inevitable por el ADN.
Los genes no actúan solos: el papel del ambiente
Los especialistas señalan que la obesidad surge de la interacción entre la herencia biológica y las condiciones del entorno.
Tom Bond, investigador de la Universidad de Bristol, ha destacado que una persona puede tener variantes genéticas asociadas con mayor riesgo de obesidad y, aun así, mantener un peso saludable si crece en un ambiente que favorece hábitos adecuados.
Otros estudios que han analizado varias generaciones de población británica han mostrado que el genoma humano no ha cambiado de manera significativa en las últimas décadas. Lo que sí se ha transformado es el entorno: la mayor disponibilidad de alimentos densamente calóricos, el consumo de productos ultraprocesados y los cambios en los patrones de actividad física han aumentado el impacto de la predisposición genética.
Como explica José M. Ordovás, investigador del Centro Jean Mayer USDA, el ambiente actual puede potenciar la expresión de factores genéticos que antes tenían menor influencia.
La interpretación de los estudios genéticos
Aunque la evidencia sobre la relación entre genética y obesidad es amplia, algunos investigadores advierten que los resultados deben analizarse con precaución.
La doctora Dolores Corella Piquer, especialista en genética nutricional, señala que muchos estudios utilizan modelos estadísticos para calcular la influencia hereditaria y no siempre se basan en la identificación directa de variantes genéticas específicas. Por ello, las estimaciones pueden variar según la población estudiada y los métodos utilizados.
En términos generales, la literatura científica estima que la genética explica aproximadamente entre el 40% y el 70% de la predisposición individual a desarrollar obesidad.
Una enfermedad influida por múltiples factores
Las variantes genéticas relacionadas con la obesidad pueden afectar la forma en que una persona regula el hambre, la saciedad, el almacenamiento de energía y la respuesta del organismo a determinados alimentos.
Sin embargo, tener una predisposición genética no significaba necesariamente desarrollar obesidad en generaciones anteriores, cuando el entorno alimentario era diferente. En la actualidad, la exposición constante a alimentos altamente procesados y diseñados para favorecer un consumo excesivo puede hacer que esa vulnerabilidad genética tenga consecuencias más visibles.
La genética también influye en los tratamientos contra la obesidad
El papel del ADN no solo afecta la probabilidad de aumentar de peso, sino también la respuesta a los tratamientos.
Investigaciones publicadas en la revista Nature han identificado variantes genéticas relacionadas con los receptores GLP-1 y GIP, que son objetivos de algunos de los medicamentos modernos utilizados contra la obesidad. Estas diferencias pueden explicar por qué algunas personas pierden más peso que otras con tratamientos similares.
Debido a esta variabilidad biológica, los especialistas han comenzado a hablar de diferentes tipos de obesidad, en lugar de una única enfermedad. Cada persona puede presentar mecanismos distintos relacionados con el metabolismo, el apetito, la distribución de grasa y el riesgo de desarrollar complicaciones.
Otros estudios han mostrado que la genética también puede influir en por qué algunos individuos con obesidad mantienen una condición metabólica relativamente estable, mientras que otros presentan enfermedades asociadas como diabetes tipo 2 o problemas cardiovasculares.
Conclusión
La obesidad es una enfermedad compleja en la que participan factores genéticos, ambientales, metabólicos y sociales. El ADN puede aumentar la predisposición de una persona a ganar peso, pero no determina por completo su destino.
Comprender esta interacción permite abandonar la idea de que la obesidad es simplemente un problema de voluntad y avanzar hacia estrategias de prevención y tratamientos más personalizados, adaptados a las características biológicas de cada individuo.
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