— Mario Maldonado 07/07/2026
La camioneta avanzaba con dificultad por el Periférico entre miles de aficionados que se dirigían hacia el Estadio Azteca. Era una Cadillac Escalade negra, con los vidrios polarizados, en la que viajaba Cuauhtémoc Blanco rumbo al partido entre México e Inglaterra. Un grupo de manifestantes rodeó el vehículo y comenzó a cubrirlo con pintura en aerosol. Los jóvenes exigían “Justicia para Samir” y le gritaban “asesino” y comparsa de criminales. La imagen dio la vuelta al país. Uno de los ídolos del futbol mexicano de las últimas décadas volvía al centro del escándalo.
La protesta revivió uno de los capítulos más oscuros de Morelos. Samir Flores, activista y opositor al Proyecto Integral Morelos, fue asesinado en febrero de 2019, apenas unos meses después de que Blanco asumiera la gubernatura. El crimen sigue sin esclarecerse plenamente y este año la absolución del único detenido reactivó la exigencia de investigar a los autores intelectuales. Desde entonces, el nombre de Samir quedó ligado al deterioro institucional y de seguridad que marcó buena parte del sexenio del exfutbolista. Tras los hechos del domingo, Blanco aseguró que él y su familia fueron rodeados y bloqueados cuando se dirigían al estadio. Denunció actos de intimidación, afirmó que su esposa fue agredida mientras grababa con su teléfono celular lo ocurrido y sostuvo que la protesta puso en riesgo a quienes viajaban en la camioneta.
Sin embargo, la escena resumió mejor que cualquier discurso una de las grandes contradicciones del México contemporáneo. Mientras el país intentaba proyectar al mundo la imagen de una fiesta futbolística, uno de sus mayores símbolos deportivos y de corrupción institucional llegaba al estadio escoltado y con el fuero que le otorga su cargo como diputado federal por Morena.
Cuauhtémoc Blanco dejó el gobierno de Morelos en septiembre de 2024 para buscar protección en la Cámara de Diputados. Tan pronto tomó posesión la nueva administración estatal, a cargo de Margarita González Saravia, presentó denuncias por irregularidades en el manejo de recursos públicos. Asimismo, la Auditoría Superior de la Federación hizo observaciones por miles de millones de pesos durante distintos ejercicios fiscales de su gobierno. A ello se sumaron investigaciones relacionadas con contratos en materia de salud, adquisiciones y obra pública que involucran a exfuncionarios de su administración. Hasta ahora ninguna ha derivado en una imputación penal directa contra el exgobernador, pero el cúmulo de observaciones lo mantienen bajo presión y a quienes formaron parte de su equipo.
Los cuestionamientos en seguridad también siguen siendo recurrentes. Durante su administración, Morelos consolidó algunos de los peores indicadores de violencia del país y se documentó la expansión de grupos criminales en distintas regiones del estado. La fotografía difundida en 2022, en la que Blanco aparece junto a presuntos líderes del crimen organizado, sigue siendo una de las imágenes más comprometedoras de su carrera. El entonces gobernador aseguró que se tomó cientos de fotografías con ciudadanos y que desconocía la identidad de quienes aparecían con él, pero la imagen quedó como símbolo de la colusión entre la política y los grupos criminales en Morelos.
Y el año pasado, la denuncia por tentativa de violación presentada por su media hermana, fue otro escándalo de grandes dimensiones. La mayoría de Morena, el PRI y el Partido Verde en la Cámara de Diputados rechazó iniciar el procedimiento de desafuero, con lo que Blanco conservó la inmunidad constitucional para enfrentar la investigación. La decisión provocó críticas incluso entre legisladoras de la llamada Cuarta Transformación, quienes cuestionaron que el discurso de combate a la impunidad tuviera excepciones cuando se trataba de uno de los suyos.
Así que las pintas sobre la Escalade de Blanco fueron mucho más que un acto de protesta y reflejaron el descrédito de un personaje que alguna vez representó una ilusión futbolística del país y que hoy carga un legado político deleznable.
La eliminación de la Selección volvió a abrir el debate sobre los problemas estructurales del futbol mexicano. No obstante, la escena del domingo recordó que las derrotas más profundas del país están en otros lados. Ahí donde el crimen organizado sigue infiltrando territorios, donde la violencia permanece impune y donde los jóvenes son “desaparecidos” o llevados a campos de adiestramiento en contra de su voluntad.
Cuauhtémoc Blanco es una muestra de la descomposición que rodea a una parte del deporte en México y, no se diga, a la política. La Escalade de tres millones de pesos en la que se transporta un diputado federal que pertenece al movimiento que pregona la austeridad es lo de menos: todas las acusaciones en su contra siguen sin ningún avance, como si lo estuvieran protegiendo. ¿O lo están protegiendo?
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