— Agencias 04/07/2026
El funcionamiento del cuerpo humano está influido por la Ley de Dalton, que establece que la presión total de una mezcla de gases corresponde a la suma de las presiones parciales de cada uno de ellos.
Conforme aumenta la altitud, la presión atmosférica disminuye y, en consecuencia, también lo hace la presión parcial del oxígeno. El cardiólogo del ejercicio Dr. Benjamin Levine explica que esta reducción limita el gradiente de presión necesario para que el oxígeno pase de los alvéolos pulmonares al torrente sanguíneo, lo que provoca una condición conocida como hipoxia hipobárica. En otras palabras, la cantidad de oxígeno en el aire sigue siendo la misma, pero existe menos presión para facilitar su ingreso a la sangre.
Hipoxia y la disminución del VO₂ máximo
Uno de los primeros efectos de la altitud es la reducción de la capacidad aeróbica máxima o VO₂ máx. De acuerdo con el Colegio Americano de Medicina del Deporte, esta capacidad disminuye aproximadamente un 1 % por cada 100 metros de ascenso por encima de los 1,500 metros sobre el nivel del mar.
Esta reducción ocurre porque la hemoglobina transporta menos oxígeno al disminuir su saturación. Como consecuencia, un corredor acostumbrado a competir al nivel del mar puede perder cerca del 10 % de su capacidad física al correr en una ciudad situada a unos 2,240 metros de altitud, como la Ciudad de México, obligando al organismo a modificar la forma en que obtiene energía.
El corazón trabaja más para compensar la falta de oxígeno
Ante la menor disponibilidad de oxígeno, el sistema nervioso simpático incrementa la frecuencia cardiaca para mantener el suministro de oxígeno hacia los músculos.
El especialista en entrenamiento de alto rendimiento, Dr. Robert Chapman, explica que durante las primeras 48 horas en altitud también disminuye el volumen sistólico, es decir, la cantidad de sangre que el corazón expulsa en cada latido, debido a una reducción del volumen plasmático. Como resultado, el corazón necesita latir más rápido incluso durante esfuerzos moderados, aumentando la carga sobre el sistema cardiovascular.
Cambios en la sangre y producción de glóbulos rojos
La adaptación de la sangre a la altura es uno de los procesos fisiológicos más importantes. Cuando el organismo detecta una menor disponibilidad de oxígeno, los riñones liberan eritropoyetina (EPO), una hormona que estimula la formación de nuevos glóbulos rojos.
La International Society for Mountain Medicine (ISMM) señala que, en una primera etapa, el cuerpo elimina agua mediante un aumento de la producción de orina, concentrando así la hemoglobina disponible. Este proceso provoca que la sangre se vuelva más espesa, incrementando el riesgo de fatiga muscular y haciendo aún más importante mantener una hidratación adecuada para disminuir el riesgo de complicaciones como la formación de coágulos.
El organismo depende más de los carbohidratos
En condiciones de gran altitud, el cuerpo modifica su metabolismo para utilizar preferentemente carbohidratos como fuente de energía.
Esto ocurre porque la oxidación de las grasas requiere una mayor cantidad de oxígeno que la utilización de glucosa. Como consecuencia, las reservas de glucógeno muscular se consumen con mayor rapidez. Especialistas en nutrición deportiva estiman que estos depósitos pueden agotarse hasta un 20 % más rápido en altura, aumentando el riesgo de fatiga si no se incrementa el aporte energético durante la actividad física.
Hiperventilación y alteraciones del equilibrio ácido-base
La menor disponibilidad de oxígeno provoca que la respiración se acelere de forma automática para captar más aire.
Sin embargo, al respirar con mayor rapidez también se elimina una cantidad superior de dióxido de carbono (CO₂), elevando el pH de la sangre y produciendo una condición denominada alcalosis respiratoria.
Este desequilibrio puede alterar el funcionamiento de diversas enzimas musculares y ocasionar síntomas como mareos, hormigueo o sensación de inestabilidad. Para compensarlo, los riñones eliminan bicarbonato, un proceso fisiológico que suele completarse entre cuatro y siete días después de llegar a la altitud.
Riesgo de edema pulmonar y cerebral
Ascender por encima de los 2,500 metros sin un proceso adecuado de aclimatación puede aumentar el riesgo de desarrollar complicaciones graves.
Una de ellas es el edema pulmonar de altura (HAPE), que aparece cuando la presión en las arterias pulmonares aumenta hasta provocar la filtración de líquido hacia los alvéolos. La Clínica Mayo identifica esta complicación como una de las principales causas de muerte relacionadas con el mal agudo de montaña.
La aparición de tos persistente, dificultad para respirar o sibilancias requiere atención médica inmediata y, en la mayoría de los casos, el descenso a una menor altitud constituye el tratamiento más eficaz.
Alteraciones del sueño durante la estancia en altura
Incluso mientras se duerme, el organismo continúa enfrentando los efectos de la altitud.
La International Society for Mountain Medicine explica que algunas personas desarrollan apnea central del sueño, un trastorno en el que el cerebro interrumpe temporalmente la respiración debido a las variaciones en los niveles de dióxido de carbono.
Estas interrupciones reducen la calidad del descanso y limitan la recuperación muscular, favoreciendo la aparición de lesiones por sobrecarga cuando el entrenamiento continúa siendo intenso.
Mayor pérdida de líquidos y necesidad de electrolitos
El aire de las zonas montañosas contiene menos humedad y es considerablemente más seco que al nivel del mar.
Como consecuencia, cada respiración provoca una mayor pérdida de agua en forma de vapor, favoreciendo la deshidratación sin que la persona lo perciba fácilmente.
Los especialistas en fisiología respiratoria señalan que esta pérdida de humedad también reseca las vías respiratorias, incrementando el riesgo de broncoespasmos durante el ejercicio. Por ello, además de consumir suficiente agua, es importante reponer electrolitos para mantener el equilibrio de líquidos dentro del organismo.
La aclimatación requiere tiempo
La adaptación a la altura depende de mecanismos biológicos que no pueden acelerarse únicamente con esfuerzo o entrenamiento.
Actualmente, el uso de pulsioxímetros permite controlar la saturación de oxígeno durante el ejercicio. Algunos especialistas consideran que valores muy bajos requieren suspender la actividad y descender para evitar complicaciones derivadas del déficit de oxígeno.
Asimismo, una estrategia ampliamente utilizada por deportistas de alto rendimiento consiste en "entrenar a menor altitud y dormir en mayor altitud", con el objetivo de favorecer las adaptaciones fisiológicas sin incrementar excesivamente el desgaste muscular.
Cambios en la mecánica de carrera y en la recuperación
La menor densidad del aire reduce la resistencia aerodinámica, lo que puede favorecer velocidades ligeramente mayores en distancias cortas. Sin embargo, este beneficio suele verse compensado por una fatiga más temprana, ya que la producción de energía celular mediante ATP se vuelve menos eficiente cuando disminuye la disponibilidad de oxígeno.
Además, el sistema nervioso necesita reajustar la coordinación muscular, razón por la cual muchos corredores experimentan la sensación de que sus piernas responden con mayor lentitud, aun cuando mantienen la fuerza.
Durante los primeros días en altura también aumentan los niveles de cortisol, la principal hormona relacionada con el estrés. Este ambiente favorece el catabolismo muscular, por lo que diversos estudios publicados en High Altitude Medicine & Biology recomiendan reducir aproximadamente un 25 % el volumen de entrenamiento durante la primera semana para facilitar la adaptación de las mitocondrias a las nuevas condiciones.
La radiación ultravioleta también representa un desafío
La exposición a la radiación ultravioleta aumenta conforme se asciende de altitud, incrementándose aproximadamente un 10 % por cada 1,000 metros.
Además, la hipoxia puede favorecer pequeñas hemorragias en la retina en personas susceptibles. Por esta razón, el uso de protección solar y lentes adecuados resulta tan importante como el calzado o la hidratación durante las actividades en montaña.
Adaptarse a la altura es clave para obtener beneficios
La evidencia científica señala que entrenar y competir en altitud puede favorecer mejoras importantes en el rendimiento deportivo, siempre que el organismo disponga del tiempo necesario para adaptarse.
Más que depender de la fuerza de voluntad, este proceso requiere permitir que el sistema cardiovascular y hematológico complete sus ajustes fisiológicos. Comprender cómo cambian la sangre, el corazón y el metabolismo en la altura ayuda a reducir riesgos y aprovechar de forma segura los beneficios que ofrece el entrenamiento en ambientes de montaña.
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