— Daniela Cordova 23/06/2026
Luis Roberto perdió su pierna derecha, pero no la fe ni las ganas de vivir.
Hace dos años, el 28 de septiembre, la vida de Luis Roberto Ávila Cedillo cambió para siempre. Un accidente mientras trabajaba como taxista en Monclova, la diabetes que le disparó el azúcar y una gangrena voraz se llevaron su pie derecho en menos de una semana. Tenía 49 años. “Me dijeron que no había remedio, que tenían que amputar arriba de la rodilla porque la infección iba muy fuerte”, recuerda con la voz serena de quien ya lloró todo lo que tenía que llorar.
El golpe fue brutal.
Pensaron amputarle solo el tobillo, pero el doctor fue claro: había que ir más arriba para salvarlo. Ese día, al salir del hospital, alguien de su familia le dijo que ya no podría manejar. Él, con el cuerpo incompleto pero el corazón entero, respondió lo que se ha vuelto su mantra: “No, pues hay que echarle ganas, esto la vida sigue”. Y la vida, terca como él, siguió.

El amor que sostiene cuando el cuerpo flaquea.
No camina solo. Laura Elena Castañeda Saiz, su pareja desde hace cinco años, no lo ha soltado ni un segundo. Tampoco su hijastro de 23 años, ni sus siete hermanos. “Si no me hubieran hecho esa cirugía, yo no estuviera aquí”, dice. Fueron ellos quienes lo levantaron cuando el peso de la andadera era también el peso del alma. Hoy, entre todos, le recuerdan que le falta una pierna, pero le sobra familia.
Aprender a manejar con el alma antes que con el pie.
Sin trabajo fijo, Luis Roberto no se rinde. A veces hace traslados como chofer particular. Su sobrino le consiguió un carro automático. El primer día que se lo llevaron, Laura no estaba. Él se subió, con miedo y con andadera, y se dijo: “Yo voy a poder”. Arrancó. Dio la vuelta a la manzana. Lloró, pero de orgullo.
“Con la prótesis no puedo manejar porque me estorba, pero ya estoy aprendiendo. Me la quito y manejo, o me la pongo y practico subirme y bajarme. No me voy a limitar”.

La repostería, el carrito y las ganas de no doblegarse.
En casa, Laura hace pasteles. Antes vivían en La Rivera y él se ponía en la esquina a venderlos. Hoy, aunque los días son más lentos, el carrito sigue siendo su aliado. La andadera viaja en el asiento de atrás. “Muchas veces sí se siente uno que no va a poder, que no va a ser lo mismo. Pero pues yo le sigo echando ganas. No me doblego”, insiste. Porque le falta una parte del cuerpo, sí, pero no le falta vida.

“Somos sus mejores guerreros”: el mensaje que deja huella.A los jóvenes que sienten que el mundo se les cierra por un problema, Luis Roberto les habla sin rodeos y con el corazón en la mano: “Que le echen ganas. Porque nos quitan un pedazo de nuestro cuerpo, una extremidad, pero seguimos aquí gracias a Dios. Por algo nos tiene, por algo nos puso así: porque somos sus mejores guerreros para seguir luchando la vida”.
Sí, la prótesis pesa. Sí, la ausencia duele. Pero él entendió que rendirse pesa más. Y decidió caminar, aunque sea con un solo pie, con muletas o con el alma. Porque vivir, dice, es el único reto que vale la pena no perder.

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