— Edith Gámez 19/06/2026
Desde hace casi un año, un hombre de 36 años encontró en una cueva subterránea el lugar donde dice sentirse seguro y tranquilo.
Llegar hasta el terreno ubicado en la colonia Pípila implica dejar atrás las calles transitadas y acercarse a un espacio donde la tierra y la vegetación esconden una historia poco común. Ahí, entre montículos de tierra y una entrada discreta excavada en el suelo, aparece Juan Ignacio Ramón García. Su actitud sorprende desde el primer momento. Recibe con una sonrisa, dispuesto a conversar y explicar cada detalle de la decisión que tomó para vivir bajo tierra. Lejos de mostrarse incómodo o reservado, comparte con naturalidad cómo comenzó a construir el refugio que hoy considera su hogar.
Una cueva construida para quedarse

A sus 36 años, Juan Ignacio asegura que lleva cerca de un año viviendo en la cueva que él mismo excavó. El espacio continúa en proceso de ampliación y adecuación, aunque ya cuenta con lo indispensable para descansar. Reconoce que todavía hay áreas por mejorar y organizar, pero cada avance representa una muestra de esfuerzo personal. Para él, no se trata de una vivienda improvisada, sino de un proyecto que poco a poco ha ido tomando forma con sus propias manos.
Trabajo diario para salir adelante

La historia de Juan Ignacio también está marcada por el trabajo constante. Explica que a lo largo de los años ha aprendido distintos oficios que le han permitido generar ingresos cuando surge la oportunidad. Ha participado en labores de albañilería, pintura, mecánica y reparación de vehículos pesados, conocimientos que adquirió con la experiencia. Actualmente, la actividad que más le ha ayudado es el lavado de automóviles, trabajo que realiza diariamente y que le permite obtener recursos para cubrir sus necesidades básicas. Su filosofía es sencilla: aprovechar cualquier oportunidad honesta para seguir avanzando.
Un hogar autorizado y elegido por voluntad propia

Uno de los aspectos que Juan Ignacio deja claros durante la conversación es que su permanencia en el lugar cuenta con la autorización de los propietarios del terreno. Relata que habló directamente con ellos sobre su situación y recibió el permiso para permanecer ahí. Hasta ahora, esa autorización continúa vigente. Explica que mantenerse en la cueva responde a una decisión personal, pues asegura sentirse cómodo y seguro en ese espacio. Aunque reconoce que existen otras alternativas de vivienda, considera que este lugar le ha funcionado y le permite mantener una vida tranquila.
Preparado para enfrentar las lluvias
Las recientes precipitaciones registradas en Monclova pusieron a prueba la resistencia de muchas viviendas y construcciones. En el caso de Juan Ignacio, asegura que la cueva fue diseñada para evitar filtraciones importantes. Mientras señala la entrada, explica cómo la excavación quedó ubicada en una zona elevada que ayuda a desviar las corrientes de agua. También coloca barreras y pequeños canales para dirigir el flujo lejos del acceso principal. Gracias a esas medidas, afirma que durante los días de lluvia el agua no ingresó al interior. Para él, la cueva representa mucho más que un refugio improvisado; es el resultado de una decisión de vida construida con esfuerzo, adaptación y la convicción de permanecer en un lugar donde, hasta ahora, ha encontrado estabilidad a su manera.
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