Rompiendo mitos: la clave de la longevidad a los 85 años

— Agencias 16/06/2026

Cuando una persona alcanza los 85 años con buena salud y mantiene su independencia, tanto ella como su médico suelen pensar que es momento de intensificar las medidas preventivas, perfeccionar cada indicador de salud y corregir cualquier posible riesgo. Sin embargo, la idea que planteo es la opuesta.

Si llegaste a los 85 años sano e independiente, ya has triunfado en el gran desafío de la vida. La respuesta adecuada no consiste en añadir más intervenciones médicas, sino en valorar aquello que te permitió llegar hasta ese punto y evitar alterar un equilibrio que ha funcionado. Existen muy pocas estrategias capaces de prolongar de manera confiable la vida o la salud de una persona de esa edad, mientras que hay innumerables formas de perjudicar ese bienestar.

Lo que realmente significa haber ganado

La esperanza de vida promedio en Estados Unidos ronda los 78 años. Una persona saludable de 85 años ha superado esa expectativa por casi una década. Quien nació en 1940, cuando la esperanza de vida era cercana a los 63 años, ha vivido más de veinte años por encima de lo que indicaban las proyecciones de entonces.

Algo ha contribuido a ese éxito: probablemente una combinación de genética favorable, hábitos saludables y una considerable dosis de buena fortuna. Ninguno de estos factores se comprende por completo, y esa incertidumbre debería guiarnos. Estamos frente a alguien que ha destacado por su capacidad de supervivencia, no ante alguien que haya fracasado en la prevención. Por ello, las medidas diseñadas para adultos mucho más jóvenes no pueden trasladarse automáticamente a personas de esta edad.

También conviene recordar cómo actúan los tratamientos médicos.

La mayoría de las intervenciones benefician de forma importante a una minoría de pacientes y de manera más modesta a otros. Los resultados promedio ocultan estas diferencias. No podemos saber con precisión quién obtendrá el mayor beneficio, y en una persona que ya ha superado ampliamente las expectativas de supervivencia, las probabilidades de que una medida preventiva marque la diferencia son distintas a las que tendría alguien de 55 años.

Tratamientos que producen cambios importantes en personas de mediana edad con alto riesgo suelen aportar beneficios limitados y riesgos reales en individuos sanos que han alcanzado los 80 años avanzados.

El tiempo necesario para obtener beneficios y las limitaciones de los estudios

Muchos de los ensayos clínicos que respaldan las recomendaciones médicas actuales incluyeron principalmente participantes de entre finales de los 50 y principios de los 60 años, e incluso establecieron límites máximos de edad. Sin embargo, después se aplican esas conclusiones a personas considerablemente mayores, con más enfermedades asociadas, más medicamentos y expectativas de vida diferentes. Esto representa una dificultad importante.

El concepto de “tiempo hasta obtener beneficio” ayuda a entenderlo. Por ejemplo, las estatinas utilizadas para prevención primaria suelen requerir entre dos y tres años para mostrar efectos claros en la reducción del riesgo cardiovascular, y aún más tiempo para reflejar beneficios completos sobre la supervivencia. En una persona sana de 87 años sin enfermedad cardiovascular conocida, el tratamiento podría seguir siendo razonable. Pero en alguien con enfermedad pulmonar, deterioro cognitivo leve o cáncer metastásico, probablemente no lo sea. Estas diferencias deberían abordarse de forma abierta con cada paciente.

Formas en que la medicina puede perjudicar

Existen múltiples maneras en que una intervención médica puede afectar negativamente a alguien que ha llegado a una edad avanzada con buena calidad de vida, incluso cuando las intenciones son positivas.

1. Exceso de restricciones alimentarias

La búsqueda constante de una alimentación extremadamente cardioprotectora en una persona ya delgada y funcional puede reducir la ingesta de proteínas, favorecer la pérdida muscular, alterar el equilibrio y aumentar el riesgo de caídas. En adultos mayores, una caída puede desencadenar una cadena de complicaciones que termine reduciendo significativamente la supervivencia. Entre quienes sufren una caída grave, aproximadamente entre una quinta parte y un tercio fallecen durante el año siguiente.

2. Control demasiado estricto de la glucosa

En adultos mayores con diabetes, perseguir metas muy exigentes de glucosa incrementa notablemente el riesgo de hipoglucemia. Esta condición se relaciona con problemas cardiovasculares, caídas, deterioro cognitivo y mortalidad. El estudio ACCORD mostró que un control intensivo de la glucemia, con objetivos de HbA1c inferiores al 6 %, aumentaba la mortalidad global en comparación con estrategias menos agresivas, motivo por el cual esa rama del estudio se suspendió anticipadamente.

3. Uso excesivo de medicamentos

Agregar un antihipertensivo, un fármaco para dormir o incluso un antihistamínico a una persona que ya consume varios medicamentos puede aumentar considerablemente el riesgo de efectos adversos, especialmente caídas, en lugar de aportar un verdadero beneficio preventivo.

4. Detección excesiva de enfermedades

Realizar estudios de cribado de manera intensiva en adultos mayores suele generar hallazgos incidentales que provocan ansiedad, costos adicionales y procedimientos posteriores cuyos riesgos son concretos, mientras que los beneficios potenciales pueden ser limitados debido a la edad y la expectativa de vida.

Nada de esto ocurre inevitablemente, pero sucede con frecuencia debido a la tendencia natural de la medicina a intervenir, fenómeno conocido como “sesgo de acción”.

El sesgo de acción

Curiosamente, muchos pacientes consideran que su médico “no hizo nada” cuando simplemente los escuchó y decidió no intervenir. Sin embargo, esa aparente inacción puede representar una decisión prudente, humana y respaldada por la evidencia. Escuchar, en ocasiones, es la mejor intervención posible.

Los médicos sienten presión para actuar, al igual que los pacientes y sus familias. No hacer nada puede interpretarse erróneamente como indiferencia, aun cuando la observación cuidadosa sea la estrategia más adecuada. Es similar a lo que ocurre con los porteros en los penales: lanzarse parece demostrar esfuerzo, aunque permanecer en el centro pueda ofrecer mejores probabilidades de éxito.

Un mentor médico resumía esta idea con una frase memorable: “No hagas algo simplemente porque puedes; a veces lo correcto es permanecer quieto”.

Además, convertir a una persona mayor saludable en un proyecto médico permanente tiene consecuencias. Conseguir medicamentos, pagarlos, tomarlos correctamente, asistir a consultas, realizarse análisis y monitorear constantemente distintos parámetros consume tiempo y energía. Cada tarea puede parecer pequeña por separado, pero en conjunto transforman años que podrían disfrutarse plenamente en una sucesión de obligaciones médicas.

Por ello, una pregunta útil es: ¿Este resultado cambiará realmente el tratamiento de una manera que mejore significativamente el pronóstico o la calidad de vida? Si la respuesta es sí, vale la pena actuar. Si solo estamos perfeccionando algo que ya funciona adecuadamente, quizás sea mejor dejarlo como está. Cada hora invertida en trámites y salas de espera es una hora menos para vivir.

Prudencia médica no significa abandono

Esto no implica renunciar a la atención médica ni adoptar una actitud fatalista. Existen tratamientos que siguen siendo beneficiosos en edades avanzadas. El control adecuado de la presión arterial, por ejemplo, puede reducir eventos cardiovasculares y disminuir el riesgo de deterioro cognitivo.

Sin embargo, es importante recordar que estudios influyentes como SPRINT excluyeron a muchos pacientes que suelen verse en la práctica diaria, incluidos aquellos con antecedentes de accidente cerebrovascular, insuficiencia cardíaca, diabetes, enfermedad renal avanzada, institucionalización, consumo importante de alcohol o esquemas complejos de medicación. En consecuencia, aplicar sus resultados sin considerar estas diferencias puede representar una interpretación incorrecta de la evidencia.

Las personas con enfermedad cardiovascular establecida continúan beneficiándose de tratamientos como las terapias para reducir el colesterol, independientemente de la edad. No obstante, las preferencias personales y los objetivos de atención deben ocupar siempre el primer lugar, especialmente en quienes han llegado a una edad avanzada manteniendo una buena calidad de vida.

Para estos pacientes cobra sentido otro principio médico: “Lo mejor puede convertirse en enemigo de lo bueno”. Cuando una persona mayor se encuentra bien, quizá la decisión más difícil sea resistir la tentación de añadir más intervenciones y, en cambio, animarla a seguir disfrutando de su vida tal como lo ha hecho hasta ahora.

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