Pelé, Hugo, Raúl, Aguirre y la necesidad de festejar…

— Juan Pablo Becerra-Acosta 13/06/2026

Diría el gran Hugo Sánchez que les temblaron las piernitas a varios jugadores del Tri el jueves pasado en el Estadio Azteca. Y sí, así ocurrió, tal como suele burlarse el mejor futbolista mexicano de la historia (¿o algún guapo ostenta mejores números que los suyos?). Javier Aguirre, el entrenador de México, lo explicó a su manera durante una entrevista realizada al finalizar el encuentro contra Sudáfrica: “Tenía jugadores acalambrados. Les pesó el escenario. Es un escenario brutal. Eso te hace que las patitas se te sacudan un poquito”, comentó. Y cómo no, el momento era estupendo, no tanto por el inmueble que sí es muy imponente y podría causarle agorafobia a alguien, sino por la energía tremenda de más de 80 mil 824 personas esperanzadas entonando el Himno Nacional; por eso y por la vibra y los beats de decenas de miles que coreaban el estremecedor "¡Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co!", ese mantra que le enchinaba la piel a cualquiera, por ejemplo al defensa Johan Vázquez (ya en la cancha el jugador se miraba el brazo izquierdo y señalaba su piel de gallina); y también el lugar era abrumador por ese canto de “Cielito lindo” que hacía llorar a otros y a unos más les cerraba la garganta, tal como lo confesaba al aire el mejor cronista televisivo mexicano, Christian Martinoli (por amor de Dios, ya quítenle el micro a Jorge Campos durante los partidos, rara vez se le entiendo algo y sólo se escuchan sus risotadas de origen incierto, diría Dostoievski).

Así que… eso, varios jugadores tuvieron “calambres". Hiperventilaron. Panic attack. Frecuencia cardíaca acelerada. Dificultad para respirar o sensación de atragantamiento. Sensación de desvanecimiento o mareos. Sensación de inestabilidad, entumecimiento u hormigueo. Vértigo. Miedo al miedo. Horror al ridículo. Sudoración excesiva. Escalofríos repentinos. Pavor escénico. Incapacidad para atreverse. Imperiosa necesidad de huir.

Sensación de pérdida de control. Estaban semiparalizados en largos periodos del partido los jugadores de la Selección Nacional. Aguirre bufaba en la banda del campo. Erik Lira, El Jefecito del Vasco en la cancha gritaba para despertar a sus compañeros. Rafa Márquez azuzaba desde la banca. Sólo Julián Quiñones entendía que el ritmo tenía que ser más aventurero y clavaba el primer gol gracias a un robo de balón del otro futbolista que no estaba en modo zombi, Lira, el gran recuperador.

Nada más. Era demasiado para casi todos los seleccionados. Calambres. Emociones acalambradas. En la tribuna era otra cosa. Estábamos hipersensibles, emocionadísimos, embebidos del presente pero barnizada el alma por tantos recuerdos futboleros que evocaban la infancia, la adolescencia y a los que ya no están: el talentoso delantero Raúl Jiménez, el tercer mexicano que no vegetaba en el césped, recordaba no sólo que es un insólito sobreviviente de un golpe brutal, sino que en marzo acababa de perder a su padre, así que luego de anotar el que su primer gol en un Mundial miraba al cielo, profería un alarido, y lloraba para dedicárselo a su viejo que ya no vio su gesta.

Cómo lloramos, cómo gritamos por dos golecitos ante un pésimo rival al que le debimos meter cuatro (Aguirre dixit al abordar la displicencia de sus jugadores en largos momentos del partido). ¿Por qué tantas emociones desbordadas? Luego encontré la respuesta ante 130 mil personas aglomeradas en el Ángel de la Independencia para festejar la victoria de un partido como hubiéramos pasado a la final: yo, como cientos de miles más que salieron a las calles de Ciudad de México y otras urbes, tenemos una enorme necesidad vital de festejar, de alegrarnos colectivamente hasta el olvido de las penas, de los miedos, de las incertidumbres, de los odios, de las diferencias, de la miserable política mexicana y los despiadados criminales del sicariato nacional que no cesan de extorsionar, secuestrar, desaparecer y destrozar familias. Necesitamos reír juntos, abrazarnos, bromear, llorar, hablar, decir, nombrar tantas cosas que sentimos y que necesitamos expiar para consolarnos juntos y socializar unas semanas de felicidad.

Pero no, para mí esta locura y este delirio que es la pasión por el futbol no empezó aquí, esto se inició un domingo muy lejano hace 56 años, el 31 de mayo de 1970 en el Estadio Azteca...

Instala la nueva aplicación de El Tiempo MX

ver en sitio completo: Pelé, Hugo, Raúl, Aguirre y la necesidad de festejar…