— Agencias 24/05/2026
El consumo de alimentos ultraprocesados, ricos en grasas y azúcares, influye de forma importante en la dieta de millones de niños a nivel mundial. Un estudio reciente de la Universidad de Cork, en Irlanda, sugiere que una ingesta elevada de estos productos durante la infancia podría generar cambios duraderos en la estructura del cerebro, incluso si posteriormente se adopta una alimentación más saludable.
La investigación, desarrollada por el equipo de APC Microbiome, encontró que la exposición prolongada a este tipo de alimentos desde edades tempranas no solo modifica los hábitos alimentarios, sino que también afecta zonas cerebrales encargadas de regular el apetito, como el hipotálamo. En modelos experimentales con ratones, se observó que una dieta alta en grasas y azúcares en la infancia produce alteraciones persistentes en la conducta alimentaria durante la vida adulta.
Los resultados, publicados en Nature Communications, indican que estos efectos pueden mantenerse aun cuando la persona mejora su dieta y alcanza un peso corporal normal. Es decir, el impacto no siempre es visible únicamente a través del peso.
El estudio también analizó el papel de la microbiota intestinal en este proceso. Los investigadores probaron el uso de una bacteria beneficiosa (Bifidobacterium longum) junto con fibras prebióticas presentes en alimentos como ajo, cebolla, espárragos o plátano. Ambos enfoques mostraron efectos positivos: el probiótico ayudó a mejorar el comportamiento alimentario, mientras que los prebióticos favorecieron una mayor diversidad de bacterias intestinales.
Desde el punto de vista de salud pública, los expertos advierten que la exposición constante a alimentos ultraprocesados en la niñez puede aumentar el riesgo de obesidad en etapas posteriores. Además, el entorno actual —marcado por la alta disponibilidad de estos productos y la publicidad dirigida a menores— facilita la adopción de hábitos poco saludables que pueden mantenerse a largo plazo.
Los investigadores destacan que intervenir en la microbiota intestinal podría ayudar a reducir los efectos negativos de una mala alimentación temprana. Asimismo, subrayan la importancia de fomentar desde edades tempranas una dieta basada en alimentos frescos, así como el consumo de prebióticos y probióticos.
Finalmente, el estudio refuerza la necesidad de implementar estrategias educativas y regulaciones sobre la promoción de alimentos ultraprocesados dirigidos a niños, además de seguir investigando cómo factores sociales y ambientales influyen en los hábitos alimentarios desde la infancia.
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